domingo, 26 de octubre de 2014

Tarea

Hamlet, de Shakespeare


Trabajo en equipo


  Todo texto, como representante del período histórico al que pertenece, acarrea una serie de significados implícitos  acerca de los valores de la época en que fue escrito; presenta una visión de los ideales y valores en conflicto y por lo tanto es una representación valiosa de la época histórica.  Así, nuestra interpretación de Hamlet  se verá afectada por nuestra comprensión de la época isabelina. Por ejemplo,  como una crítica de la cultura de la corte o el cuestionamiento de la religión, que el autor no podía hacer "en sus propias palabras", a través de algunos de los personajes, o la distinción entre poder legítimo e ilegítimo.
     Por esto y para profundizar nuestra lectura de Hamlet, vamos a investigar sobre Shakespeare y la Inglaterra de su tiempo.


Consigna:

Realizar entre todos una presentación en Power Point que informe sobre el autor, la época, la obra ( género,  temas, personajes, actualidad, transposición a otros discursos).
Para lograrlo, traerán a la clase del miércoles 29: imágenes, información útil, videos. No olvidar registrar direcciones de donde se obtiene el material a utilizar. Traer las netbooks.

Edipo Rey, de Sófocles




Después de la lectura y  del trabajo realizado en el aula, los invito a ver una presentación  en el siguiente enlace:

EDIPO

lunes, 11 de agosto de 2014

Sentimientos de Dachau - Macarena Costantini

Recuerdo el día en que allanamos su hogar. Ella permanecía escondida detrás de un armario, sentí su miedo; temblaba, estaba asustada, su mirada era vacía. La agarre de los brazos con violencia, se ahogo en un llanto desesperado. Hizo un grito de injusticia ajena, pero de un cachetazo le tuve que dar vuelta la cara, tape toda su cabeza con una manta y la metí en el camión verde. Debo confesar que estoy acostumbrado a tratar así los judíos, pero nunca había sentido lo que sentí por Anna Brulovsky en ese momento. Pena y amor, odio y rencor. Disfruto de la tortura día a día; amo matar gente con armas, me excito violando mujeres para sentirme más fuerte. Veo el dolor, el trabajo y el sufrimiento ajeno para realmente confirmar que soy una raza superior. Pero al momento en que Anna llega a la sala de tortura, me siento frágil y vacio por dentro. ¿Por qué con ella siento cosas diferentes al resto de las ratas inmundas que hay en este lugar? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a ella? Miles de preguntas se cruzan en mi mente pero tengo que seguir adelante, tengo que verla sufrir. Es una orden. Las tropas enemigas avanzan. Todo se está saliendo de control. El jefe quiere a todos muertos. Me siento y muevo el pie rápidamente en sentido de ansiedad. Aprieto los dientes con bronca, respiro entrecortado y dejo caer lágrimas por mis mejillas, hoy, diez de junio, la tengo que matar. Veo al grupo entrar a la sala. Reconozco su mirada llena de temor y miles de cosas pasan por mi macabra mente. Los sentimientos son totalmente diferentes; en mi existe una mezcla de amor y compasión. En ella solo existe el odio. Es el momento. Me dan una orden concreta: “Mátala. Pero antes, hacela sufrir” Anna me mira entregándose a la muerte, comienzo a violarla violentamente y en lo más profundo de mi alma le estoy haciendo el amor. Mis compañeros me apuran, en un abrir y cerrar de ojos estamos enfrentados, tengo que disparar. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a ella? No soporto este calvario, el amor ha vencido al odio. Jalo el gatillo. A diez años de mi liberación camino por el lugar donde sucedió todo. Encuentro este escrito. Se me eriza el vello y me siento apenas mareada. Anna Brulovsky soy yo.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Desde adentro - Camila Centurión


                Recostada en el sillón, Bärbel tomó el control y presionó el protuberante botón rojo encendiendo la voz de Schabowski, quien anunciaba palabras que ella atribuía ajenas a su discurso general. Hubiese querido que las repitiera, para asegurarse, pero fue su entusiasmo el que las confirmó. No había necesidad de pedir permisos.
En ese momento oyó el zumbido de un cuerpo rompiendo el aire. Lo siguió fuera del departamento, hasta la calle. Creyó que se silenciaría allí, más bien que se perdería entre otros ruidos, pero se volvió más fuerte, más claro. Miró hacia arriba e incrédula distinguió una figura equilibrista del tamaño del pie de un niño a unos metros de su cabeza, su aspecto era brillante, estaba bañada en color plata, tenía un potente par de élitros metalizados y un casco acaracolado. Comenzó a moverse, dio vueltas a su alrededor invitándola a acompañarla. Bärbel dudó, pero se dijo que a sí misma que, fortuitamente, todo podía suceder ese día.
Con la velocidad y la precisión de una flecha guió a Bärbel quien corría con gran agitación. Ambas sabían hacia dónde se dirigían. Sus alas eran veloces, sus pasos eran decisivos, no desperdiciaban sus movimientos. Y allí estaba, imponente, cuántos abrazos habría impedido, cuántos encuentros, cuánta desesperación habría en los gritos esperando una respuesta del otro lado, y luego de gastar su voz llegando hartazgo, cuántos habrían caído intentando buscarla. Allí estaba y se mantenía porque al perecer estos no eran cuestionamientos relevantes.
Bärbel se detuvo a cierta distancia, en cambio, su fugaz compañera aún más diminuta comparada a las proporciones de su blanco se aproximó más y más, dispuesta a destrozarlo comenzó a girar sobre su propio eje, y el aire se volvió turbio a su alrededor. Lo acaracolado de su cabecilla era indistinguible, dirigía una especie de remolino horizontal con un impulso infinito. Dañó lo que había sido impenetrable acero, bien podría haberlo sobrevolado, pero no era ese su cometido. Ingresó. Bärbel, todavía atónita, se acercó, apoyó sus manos en los bordes ásperos e irregulares y sus dedos se resintieron por las bajas temperaturas de la superficie. Miró a través de la brecha.
Definitivamente no esperaba presenciar aquel pandemónium. El clima era propicio para el crecimiento de albas edelweiss de cubierta azucarada pero insípida. El núcleo de la estructura estaba poblado por seres muy similares a su compañera quien se había mezclado en la multitud. Estos parecían piezas de ingeniería y pese a que un pequeño yelmo ocultaba sus expresiones faciales, podía deducirse que estaban atrapados en un ambiente de tensión.
El aliento de Bärbel producía vapor caliente. Su rostro asomaba desde una cómoda perspectiva, contemplaba cómo el roce de las vestimentas de estos seres que andaban a empujones liberaba chispas, desgastándolas. Hacia el este, había fuertes enfrentamientos, disparaban retos peligrosos y lanzaban amenazas con sabor a tercera guerra mundial. La función de las ideas era inalienable. Los conflictos se contagiaban, no podían estar juntos, necesitaban límites. Lucharon por ellos.
Algunos vomitaban quejas mientras ocultaban sus intenciones de oscuro petróleo. Otros, agobiados por las batallas, se sentaban y pensaban, al dejar circular sus ocurrencias, la superficie de sus yelmos comenzó a deformarse, un surco se dibujaba, progresivamente aumentaba su profundidad, dando origen a una distintiva espiral, ya conocida por Bärbel. Estos últimos se codearon con otros para comunicar las novedades. Pudieron sentir cómo en sus espaldas algo interno vencía el metal, luego el esmalte, abriendo dos orificios paralelos de los cuales brotaron sus alas encapulladas y finalmente, se desplegaron. Comenzaron a ascender y a agruparse, sin miedo, la cacería de brujas era historia.
Una vez completos, se movieron con fervor, elevándose a la altura del rostro de Bärbel, quien levantó la mirada y creyó que se atropellarían por salir a través de la grieta, estaba a punto de moverse cuando sintió el viento provocado por los aleteos mover su cabello; estaban de frente a la otra cara del muro y sin tomar impulso, arremetieron contra ella, abriéndola.
                Apartó su mirada de la brecha, que crecía como la euforia de sus vecinos. Volteó y la multitud se aproximaba. En un instante estaban a su lado y sus golpes se hundían en años de retención, de distanciamiento, de golpes recibidos; en el cemento. Los represores se paralizaron y, en un gesto cómplice, se abrió el telón.

martes, 5 de agosto de 2014

Sin título - Mora

Su caldero le mostraba todo lo que ella quisiera ver: podía explorar vastos desiertos, junglas, selvas, océanos y ciudades, escuchar insignificantes conversaciones que sucedían tanto en la proximidad como en la lejanía, espiar hechos que tuvieron lugar tanto en un tiempo pasado como los que ocurrirán en el futuro. Esa olla de metal era milagrosa, bastaba solo con pedirle algo para que lo realizara. Giovanna, la dueña de ese pedazo de magia metalizada, a pesar de las infinitas facultades que le podía brindar, no lo utilizaba con la misma frecuencia que las demás hechiceras, porque consideraba que el simple hecho de poseerlo ponía en desventaja a aquellas personas que no gozaban de los beneficios del oráculo.
Una noche de abril, el agua que llenaba la olla se tiñó de rojo. Giovanna buscó, rebuscó y volvió a buscar en diversos libros qué podía significar este repentino e inesperado cambio. Ningún texto mencionaba siquiera que el agua podía cambiar de color, por lo que pronto atravesó pantanos y bosques para llegar hasta la casa de Rufa, la mujer que le brindó todos los conocimientos de hechicería que posee hoy.
La puerta estaba entreabierta, por la pequeña franja que daba paso al interior penumbroso no se podía vislumbrar nada, a excepción del brillo del pelaje de un gato que dormía en el piso. A pesar de la invitación y curiosidad que genera una puerta sin cerrar se resistió a la tentación de entrar sin anunciarse y, por educación, golpeó con los nudillos tres veces la madera resquebrajada. Nadie respondió. Toc-toc. Silencio. Un frío le recorrió el cuerpo y su instinto la apuró a correr pero permaneció allí, golpeó otra vez e ingresó. El pequeño cuarto estaba destrozado: hojas rotas tapizaban el suelo, los muebles desparramados y despedazados hacían que caminar por la habitación fuese una travesía, pedacitos de vidrios que antes fueron frascos contenedores de ingredientes exóticos, necesarios para la mayoría de las brujerías,  ahora adornaban todas las superficies. Luego de recorrer todo el desbarajuste concluyó que el caldero había desaparecido, y lo único que permanecía en el mismo lugar en el que lo conoció era su base.
Asustada, se dirigió a la casa de cada bruja a la que conocía, pero ninguna le supo responder qué le había ocurrido a Rufa ni por qué el agua de su caldero se había vuelto roja. Inmediatamente, todas juntas emprendieron una exhaustiva búsqueda por el bosque y el pantano que rodeaba al conjunto de casas cuidadosamente separadas pero también cercanas para facilitar la comunicación, que llegó a su fin al encontrar, en una hoguera, un cuerpo carbonizado, que bajo sus ropajes tenía una tobillera de oro. Estimaron que el cadáver era de Rufa, porque ella solía usar vestidos largos, con muchas capas y había heredado de su madre una joya similar que siempre llevaba para recordarla.
Rufa, la hechicera más sabia, de la que todas las brujas habían aprendido, a la que habían querido y preguntado todas sus inquietudes, ahora estaba muerta, la habían matado. Sin poder llegar a resolver quién, quiénes o por qué, recurrieron todas juntas a la casa más cercana a la hoguera, para despejar sus dudas con el caldero, que les aclaró las incógnitas: La cacería había empezado, las brujas ahora eran el objetivo de la Inquisición. Bastaba solo una denuncia vecinal, aunque ninguna poseía más vecinos que el grupo de brujas mismas, para que fueran quemadas vivas en la hoguera.
 Alguien había denunciado a Rufa. El agua seguía roja. No podía confiar en nadie. Pensó en huir ahora, que por el momento estaba a salvo y ninguna hechicera sospecharía que ese es su plan. Pero el caldero, él tiene el poder de responder cualquier cosa que le preguntes, él podría contarles su ubicación, en caso de que escapara, también podría decirles que está pensando en irse. Concluyó que debía comenzar a usarlo ella también.
Pasó días estudiando las maneras correctas de usarlo, y, cuando terminó de instruirse , el agua continuaba roja, lo que hacía que ninguna pregunta o hechizo fuera respondido. Estaba inutilizado, el tiempo pasó y no se llevó el color. Estaba segura de que eso era un hechizo de la misma bruja que denunció a Rufa y que, probablemente, todas ahora estén en la misma situación que ella, pero tenía miedo de ver alguna bruja devuelta, así que no podía confirmar ninguna teoría.
La idea de escapar se hacía cada vez más presente ya que la ventaja que tenía contra las demás personas ahora había desaparecido o inutilizado y había un peligro inminente hasta en el respirar dentro de su propia casa. Así que tomó las cosas más esenciales: un libro de hechizos, comida y unas pocas ropas y se marchó sin saber a dónde.
El bosque, que siempre la había acogido cuando era niña en sus horas tristes, y había logrado convertir esa amargura en felicidad, ahora la aterraba: se veía quemándose viva atada a cualquier árbol, perseguida por cualquier persona o animal, muriéndose de hambre. Su terror era tal que no logró dormir ningún día ni ninguna noche y tras intensas jornadas de caminata casi sonámbula llegó a una ciudad, pero ¿era la ciudad lo que estaba buscando? ¿no huía justamente de los vecinos?
Sin embargo necesitaba un lugar para dormir, porque el sueño acumulado de los días que pasó en el bosque le dificultaba cualquier tarea que se propusiera realizar, por eso fue a un hotel que quedaba en las afueras de la ciudad, próximo al bosque del que salió. Se hospedó, con el plan de pasar allí una noche y volver descansada al bosque para hallar el camino hacia su casa, comprobar cómo estaban las demás brujas, desde una distancia prudencial y controlar si su caldero seguía inutilizable.
Subió a la habitación que le asignaron, y a penas cerró los ojos se quedó dormida. Cuando se despertó era de mañana, tenía la sensación de haber dormido poco. El dinero que tenía le alcanzaba solo para pagar una noche. Se dirigió a la recepción para abonar y no pudo evitar sorprenderse al oír que había permanecido durmiendo cinco días. Le dijo a la mujer, quien esperaba cobrarle en ese momento, que quería usar el cuarto una noche más. Ella aceptó y Giovanna subió las escaleras que conducían a la habitación para pensar cómo podía escaparse de allí, y resolvió que la mejor opción sería utilizar un hechizo para volar y caer en directamente en el bosque, pasando desapercibida. Sacó el libro del pequeño bolso que llevaba, pronunció las palabras y saltó.
Flotó unos pocos segundos, luego sintió cómo el hechizo se debilitaba, el aire intentando llevarla hasta la tierra y el dolor que iba a sufrir al caer. La poca gente que estaba presente la observó derrumbarse, impresionada de que alguien pudiera volar.

Los habitantes prepararon la hoguera sin demora y Giovanna fue quemada junto con todas sus vecinas, quienes también habían sido descubiertas.

lunes, 4 de agosto de 2014

Dioses Humanos -- Luna Mendez

   Mis padres militaban en Montoneros. Ella era María, tenía veinte años. El se llamaba Pedro, cumplía veintitrés el día que se los llevaron. Yo tenía solo cinco años.
   De mi corta vida con ellos no me quedo mucho. Recuerdo como mi mamá me cantaba en las noches,  como mi papá me lanzaba hacía arriba para luego agarrarme y abrazarme fuerte. Recuerdo la sonrisa de ella, enorme y perfecta. La risa de él, fuerte y alta, llena de vida. Me acuerdo del día en que me dijeron que iba a tener un hermanito, yo estaba muy feliz, quería tener un hermano. Pero por culpa de ellos no pude.
   Estábamos en casa, los tres, festejando el cumpleaños de mi papá. Mi mama le había hecho una torta y yo la había ayudado. Ella se acariciaba mucho la panza en esos momentos, faltaba poco para que naciera.
   Entraron rompiendo la puerta, gritándonos; después aparecí en la casa de mi abuela. De lo que paso en el medio no me acuerdo nada.
   Hoy es el peor día del año para mí. Hoy, 27 de Junio, es el cumpleaños de mi papá. Es el aniversario número treinta del día en el que yo perdí a mi familia, del día en que lo perdí todo.
   Pero este año es distinto, la fecha ya no es lo primordial hoy. Voy a encontrarme con mi hermano. Ya se hizo el ADN, ya dio positivo, ya lo acepto, ya es mi hermano. Es el primer día que nos vemos fuera del ámbito burocrático, como familia. Nuestro primer encuentro verdadero diría yo.
   Me pongo linda, quiero que me vea bien, quiero que se alegre de que yo sea su hermana. Me tomo el bondi, cuento las paradas. Estoy muy nerviosa. Bajo del colectivo, camino hacia el café en el que acordamos encontrarnos. Entro y lo veo sentado, mirando por la ventana.
 -Hola ¿Cómo estás?- Cuando levanta la cabeza y me ve. Al principio estaba serio, pensativo. Luego eso da paso a una gran sonrisa. El corazón se me para un instante, nunca lo había visto sonreír. Tiene la misma sonrisa que ella. Eso me duele, pero a la vez me gusta.
   Él me saludo, hicimos nuestro pedido. Mientras esperábamos hablamos de cosas triviales. Como había sido mi semana, como estaba su mujer, como le estaba yendo estudiando para ser abogado, como me estaba yendo a mí con mi carrera de psicóloga, que raro estaba el clima, entre otros.
   Llego el café. Reino el silencio por unos minutos, hasta que lo rompió.
 - ¿Cómo eran?- Levante la mirada y lo que vi en sus ojos me sorprende, pero lo entiendo. Dolor, angustia, desesperación.
 - Es difícil describírtelos, no me acuerdo mucho. Para mi eran perfectos, pero yo era una nena, la perfección en mi mundo estaba representada por ellos. Te puedo decir que cuando ella sonreía el mundo brillaba diferente; que cuando él te abrazaba, lo demás dejaba de asustar. Pero después no sé.
Volvimos a estar callados un rato, el volvió a romper el silencio.
 - ¿Sabes que es lo que más me duele? Perdí una familia de mentira para encontrarme con una familia que no está. Solo te tengo a vos ahora.- Intente mirarlo a los ojos, pero él estaba mirando su café.
 - Pero ellos si están. Están en vos, en mí, en nuestros abuelos. Están en todos los que no olvidan. Yo te entien…
 - No lo digas, no digas que me entendés. No me pueden entender, vos no viviste toda tu vida en una mentira, para enterarte de ella veintisiete años tarde. No te das una idea del dolor que siento.
- Vos no te atrevas a decir que no tengo ni idea del dolor que sentís. Puede que no sintamos el mismo dolor, pero la magnitud es idéntica. No sos el único que sufre acá, yo perdí a mi familia de un día para el otro. Vos sos lo más fuerte y nítido que me queda de ellos.- Una lagrima cae por mi mejilla, borro su rastro rápidamente.
   Clavó sus ojos en los míos y los dejo ahí por un rato. Me duele que piense así.
-        -- Tenes razón, discúlpame. Es que a veces esta situación me sobre pasa. Cuanto más pasa el tiempo más difícil es. Pensar que ahora soy más grande de lo que ellos fueron también es complicado. Quiero hablar con ellos para saber que pensaban; si me querían. Mi apropiador nunca fue como un padre; mi papá biológico probablemente no me conoció ¿Cómo puedo vivir yo sabiendo que alguien por jugar a ser dios me saco la posibilidad de una vida normal?- Es una persona fuerte, eso se nota.
      Mire mi café, el cual seguía intacto ¿Qué responder a eso?
      Nada, absolutamente nada.
      Me pare, él se paró y nos abrazamos. Y ese abrazo dijo todo.