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| Nuestro trabajo colaborativo |
Cuarto sentido
lunes, 17 de noviembre de 2014
domingo, 26 de octubre de 2014
Tarea
Hamlet, de Shakespeare
Trabajo en equipo
Todo texto, como representante del período histórico al que pertenece, acarrea una serie de significados implícitos acerca de
los valores de la época en que fue escrito; presenta una visión de los ideales y valores en conflicto y
por lo tanto es una representación valiosa de la época histórica. Así, nuestra interpretación de Hamlet se verá afectada por nuestra comprensión de la época isabelina. Por ejemplo, como una
crítica de la cultura de la corte o el cuestionamiento de la religión, que el autor no podía hacer "en sus propias palabras", a través de algunos de los personajes, o la distinción entre poder legítimo e ilegítimo.
Por esto y para profundizar nuestra lectura de Hamlet, vamos a investigar sobre Shakespeare y la Inglaterra de su tiempo.
Consigna:
Realizar entre todos una presentación en Power Point que informe sobre el autor, la época, la obra ( género, temas, personajes, actualidad, transposición a otros discursos).
Para lograrlo, traerán a la clase del miércoles 29: imágenes, información útil, videos. No olvidar registrar direcciones de donde se obtiene el material a utilizar. Traer las netbooks.
Edipo Rey, de Sófocles
Después de la lectura y del trabajo realizado en el aula, los invito a ver una presentación en el siguiente enlace:
EDIPO
lunes, 11 de agosto de 2014
Sentimientos de Dachau - Macarena Costantini
Recuerdo el día en que allanamos su hogar. Ella permanecía escondida detrás de un armario, sentí su miedo; temblaba, estaba asustada, su mirada era vacía. La agarre de los brazos con violencia, se ahogo en un llanto desesperado. Hizo un grito de injusticia ajena, pero de un cachetazo le tuve que dar vuelta la cara, tape toda su cabeza con una manta y la metí en el camión verde. Debo confesar que estoy acostumbrado a tratar así los judíos, pero nunca había sentido lo que sentí por Anna Brulovsky en ese momento. Pena y amor, odio y rencor.
Disfruto de la tortura día a día; amo matar gente con armas, me excito violando mujeres para sentirme más fuerte. Veo el dolor, el trabajo y el sufrimiento ajeno para realmente confirmar que soy una raza superior. Pero al momento en que Anna llega a la sala de tortura, me siento frágil y vacio por dentro. ¿Por qué con ella siento cosas diferentes al resto de las ratas inmundas que hay en este lugar? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a ella? Miles de preguntas se cruzan en mi mente pero tengo que seguir adelante, tengo que verla sufrir. Es una orden.
Las tropas enemigas avanzan. Todo se está saliendo de control. El jefe quiere a todos muertos. Me siento y muevo el pie rápidamente en sentido de ansiedad. Aprieto los dientes con bronca, respiro entrecortado y dejo caer lágrimas por mis mejillas, hoy, diez de junio, la tengo que matar.
Veo al grupo entrar a la sala. Reconozco su mirada llena de temor y miles de cosas pasan por mi macabra mente. Los sentimientos son totalmente diferentes; en mi existe una mezcla de amor y compasión. En ella solo existe el odio.
Es el momento. Me dan una orden concreta: “Mátala. Pero antes, hacela sufrir” Anna me mira entregándose a la muerte, comienzo a violarla violentamente y en lo más profundo de mi alma le estoy haciendo el amor. Mis compañeros me apuran, en un abrir y cerrar de ojos estamos enfrentados, tengo que disparar. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a ella? No soporto este calvario, el amor ha vencido al odio. Jalo el gatillo.
A diez años de mi liberación camino por el lugar donde sucedió todo. Encuentro este escrito. Se me eriza el vello y me siento apenas mareada. Anna Brulovsky soy yo.
miércoles, 6 de agosto de 2014
Desde adentro - Camila Centurión
Recostada
en el sillón, Bärbel tomó el control y presionó el protuberante botón rojo encendiendo
la voz de Schabowski, quien anunciaba palabras que ella atribuía ajenas a su
discurso general. Hubiese querido que las repitiera, para asegurarse, pero fue
su entusiasmo el que las confirmó. No había necesidad de pedir permisos.
En ese momento
oyó el zumbido de un cuerpo rompiendo el aire. Lo siguió fuera del
departamento, hasta la calle. Creyó que se silenciaría allí, más bien que se
perdería entre otros ruidos, pero se volvió más fuerte, más claro. Miró hacia
arriba e incrédula distinguió una figura equilibrista del tamaño del pie de un
niño a unos metros de su cabeza, su aspecto era brillante, estaba bañada en
color plata, tenía un potente par de élitros metalizados y un casco
acaracolado. Comenzó a moverse, dio vueltas a su alrededor invitándola a
acompañarla. Bärbel dudó, pero se dijo que a sí misma que, fortuitamente, todo
podía suceder ese día.
Con la
velocidad y la precisión de una flecha guió a Bärbel quien corría con gran
agitación. Ambas sabían hacia dónde se dirigían. Sus alas eran veloces, sus
pasos eran decisivos, no desperdiciaban sus movimientos. Y allí estaba,
imponente, cuántos abrazos habría impedido, cuántos encuentros, cuánta desesperación
habría en los gritos esperando una respuesta del otro lado, y luego de gastar
su voz llegando hartazgo, cuántos habrían caído intentando buscarla. Allí
estaba y se mantenía porque al perecer estos no eran cuestionamientos
relevantes.
Bärbel se
detuvo a cierta distancia, en cambio, su fugaz compañera aún más diminuta
comparada a las proporciones de su blanco se aproximó más y más, dispuesta a
destrozarlo comenzó a girar sobre su propio eje, y el aire se volvió turbio a
su alrededor. Lo acaracolado de su cabecilla era indistinguible, dirigía una
especie de remolino horizontal con un impulso infinito. Dañó lo que había sido
impenetrable acero, bien podría haberlo sobrevolado, pero no era ese su cometido.
Ingresó. Bärbel, todavía atónita, se acercó, apoyó sus manos en los bordes
ásperos e irregulares y sus dedos se resintieron por las bajas temperaturas de
la superficie. Miró a través de la brecha.
Definitivamente
no esperaba presenciar aquel pandemónium. El clima era propicio para el
crecimiento de albas edelweiss de cubierta azucarada pero insípida. El núcleo
de la estructura estaba poblado por seres muy similares a su compañera quien se
había mezclado en la multitud. Estos parecían piezas de ingeniería y pese a que
un pequeño yelmo ocultaba sus expresiones faciales, podía deducirse que estaban
atrapados en un ambiente de tensión.
El aliento de Bärbel
producía vapor caliente. Su rostro asomaba desde una cómoda perspectiva,
contemplaba cómo el roce de las vestimentas de estos seres que andaban a
empujones liberaba chispas, desgastándolas. Hacia el este, había fuertes
enfrentamientos, disparaban retos peligrosos y lanzaban amenazas con sabor a
tercera guerra mundial. La función de las ideas era inalienable. Los conflictos
se contagiaban, no podían estar juntos, necesitaban límites. Lucharon por
ellos.
Algunos
vomitaban quejas mientras ocultaban sus intenciones de oscuro petróleo. Otros,
agobiados por las batallas, se sentaban y pensaban, al dejar circular sus
ocurrencias, la superficie de sus yelmos comenzó a deformarse, un surco se
dibujaba, progresivamente aumentaba su profundidad, dando origen a una
distintiva espiral, ya conocida por Bärbel. Estos últimos se codearon con otros
para comunicar las novedades. Pudieron sentir cómo en sus espaldas algo
interno vencía el metal, luego el esmalte, abriendo dos orificios paralelos de
los cuales brotaron sus alas encapulladas y finalmente, se desplegaron. Comenzaron
a ascender y a agruparse, sin miedo, la cacería de brujas era historia.
Una vez
completos, se movieron con fervor, elevándose a la altura del rostro de Bärbel,
quien levantó la mirada y creyó que se atropellarían por salir a través de la
grieta, estaba a punto de moverse cuando sintió el viento provocado por los
aleteos mover su cabello; estaban de frente a la otra cara del muro y sin tomar
impulso, arremetieron contra ella, abriéndola.
Apartó
su mirada de la brecha, que crecía como la euforia de sus vecinos. Volteó y la
multitud se aproximaba. En un instante estaban a su lado y sus golpes se hundían
en años de retención, de distanciamiento, de golpes recibidos; en el cemento.
Los represores se paralizaron y, en un gesto cómplice, se abrió el telón.
martes, 5 de agosto de 2014
Sin título - Mora
Su
caldero le mostraba todo lo que ella quisiera ver: podía explorar vastos
desiertos, junglas, selvas, océanos y ciudades, escuchar insignificantes
conversaciones que sucedían tanto en la proximidad como en la lejanía, espiar
hechos que tuvieron lugar tanto en un tiempo pasado como los que ocurrirán en
el futuro. Esa olla de metal era milagrosa, bastaba solo con pedirle algo para
que lo realizara. Giovanna, la dueña de ese pedazo de magia metalizada, a pesar
de las infinitas facultades que le podía brindar, no lo utilizaba con la misma
frecuencia que las demás hechiceras, porque consideraba que el simple hecho de
poseerlo ponía en desventaja a aquellas personas que no gozaban de los
beneficios del oráculo.
Una
noche de abril, el agua que llenaba la olla se tiñó de rojo. Giovanna buscó,
rebuscó y volvió a buscar en diversos libros qué podía significar este
repentino e inesperado cambio. Ningún texto mencionaba siquiera que el agua
podía cambiar de color, por lo que pronto atravesó pantanos y bosques para llegar
hasta la casa de Rufa, la mujer que le brindó todos los conocimientos de
hechicería que posee hoy.
La
puerta estaba entreabierta, por la pequeña franja que daba paso al interior
penumbroso no se podía vislumbrar nada, a excepción del brillo del pelaje de un
gato que dormía en el piso. A pesar de la invitación y curiosidad que genera
una puerta sin cerrar se resistió a la tentación de entrar sin anunciarse y,
por educación, golpeó con los nudillos tres veces la madera resquebrajada.
Nadie respondió. Toc-toc. Silencio. Un frío le recorrió el cuerpo y su instinto
la apuró a correr pero permaneció allí, golpeó otra vez e ingresó. El pequeño
cuarto estaba destrozado: hojas rotas tapizaban el suelo, los muebles
desparramados y despedazados hacían que caminar por la habitación fuese una
travesía, pedacitos de vidrios que antes fueron frascos contenedores de
ingredientes exóticos, necesarios para la mayoría de las brujerías, ahora adornaban todas las superficies. Luego
de recorrer todo el desbarajuste concluyó que el caldero había desaparecido, y
lo único que permanecía en el mismo lugar en el que lo conoció era su base.
Asustada,
se dirigió a la casa de cada bruja a la que conocía, pero ninguna le supo
responder qué le había ocurrido a Rufa ni por qué el agua de su caldero se
había vuelto roja. Inmediatamente, todas juntas emprendieron una exhaustiva
búsqueda por el bosque y el pantano que rodeaba al conjunto de casas
cuidadosamente separadas pero también cercanas para facilitar la comunicación,
que llegó a su fin al encontrar, en una hoguera, un cuerpo carbonizado, que
bajo sus ropajes tenía una tobillera de oro. Estimaron que el cadáver era de
Rufa, porque ella solía usar vestidos largos, con muchas capas y había heredado
de su madre una joya similar que siempre llevaba para recordarla.
Rufa,
la hechicera más sabia, de la que todas las brujas habían aprendido, a la que
habían querido y preguntado todas sus inquietudes, ahora estaba muerta, la
habían matado. Sin poder llegar a resolver quién, quiénes o por qué,
recurrieron todas juntas a la casa más cercana a la hoguera, para despejar sus
dudas con el caldero, que les aclaró las incógnitas: La cacería había empezado,
las brujas ahora eran el objetivo de la Inquisición. Bastaba solo una denuncia
vecinal, aunque ninguna poseía más vecinos que el grupo de brujas mismas, para
que fueran quemadas vivas en la hoguera.
Alguien había denunciado a Rufa. El agua
seguía roja. No podía confiar en nadie. Pensó en huir ahora, que por el momento
estaba a salvo y ninguna hechicera sospecharía que ese es su plan. Pero el
caldero, él tiene el poder de responder cualquier cosa que le preguntes, él
podría contarles su ubicación, en caso de que escapara, también podría decirles
que está pensando en irse. Concluyó que debía comenzar a usarlo ella también.
Pasó
días estudiando las maneras correctas de usarlo, y, cuando terminó de
instruirse , el agua continuaba roja, lo que hacía que ninguna pregunta o
hechizo fuera respondido. Estaba inutilizado, el tiempo pasó y no se llevó el
color. Estaba segura de que eso era un hechizo de la misma bruja que denunció a
Rufa y que, probablemente, todas ahora estén en la misma situación que ella,
pero tenía miedo de ver alguna bruja devuelta, así que no podía confirmar
ninguna teoría.
La
idea de escapar se hacía cada vez más presente ya que la ventaja que tenía
contra las demás personas ahora había desaparecido o inutilizado y había un
peligro inminente hasta en el respirar dentro de su propia casa. Así que tomó
las cosas más esenciales: un libro de hechizos, comida y unas pocas ropas y se
marchó sin saber a dónde.
El
bosque, que siempre la había acogido cuando era niña en sus horas tristes, y
había logrado convertir esa amargura en felicidad, ahora la aterraba: se veía
quemándose viva atada a cualquier árbol, perseguida por cualquier persona o
animal, muriéndose de hambre. Su terror era tal que no logró dormir ningún día
ni ninguna noche y tras intensas jornadas de caminata casi sonámbula llegó a
una ciudad, pero ¿era la ciudad lo que estaba buscando? ¿no huía justamente de
los vecinos?
Sin
embargo necesitaba un lugar para dormir, porque el sueño acumulado de los días
que pasó en el bosque le dificultaba cualquier tarea que se propusiera
realizar, por eso fue a un hotel que quedaba en las afueras de la ciudad, próximo
al bosque del que salió. Se hospedó, con el plan de pasar allí una noche y
volver descansada al bosque para hallar el camino hacia su casa, comprobar cómo
estaban las demás brujas, desde una distancia prudencial y controlar si su
caldero seguía inutilizable.
Subió
a la habitación que le asignaron, y a penas cerró los ojos se quedó dormida.
Cuando se despertó era de mañana, tenía la sensación de haber dormido poco. El
dinero que tenía le alcanzaba solo para pagar una noche. Se dirigió a la
recepción para abonar y no pudo evitar sorprenderse al oír que había
permanecido durmiendo cinco días. Le dijo a la mujer, quien esperaba cobrarle
en ese momento, que quería usar el cuarto una noche más. Ella aceptó y Giovanna
subió las escaleras que conducían a la habitación para pensar cómo podía
escaparse de allí, y resolvió que la mejor opción sería utilizar un hechizo
para volar y caer en directamente en el bosque, pasando desapercibida. Sacó el
libro del pequeño bolso que llevaba, pronunció las palabras y saltó.
Flotó
unos pocos segundos, luego sintió cómo el hechizo se debilitaba, el aire
intentando llevarla hasta la tierra y el dolor que iba a sufrir al caer. La
poca gente que estaba presente la observó derrumbarse, impresionada de que alguien
pudiera volar.
Los
habitantes prepararon la hoguera sin demora y Giovanna fue quemada junto con
todas sus vecinas, quienes también habían sido descubiertas.
lunes, 4 de agosto de 2014
Dioses Humanos -- Luna Mendez
Mis padres militaban en Montoneros. Ella era María,
tenía veinte años. El se llamaba Pedro, cumplía veintitrés el día que se los
llevaron. Yo tenía solo cinco años.
De mi corta vida con ellos no me quedo mucho. Recuerdo
como mi mamá me cantaba en las noches,
como mi papá me lanzaba hacía arriba para luego agarrarme y abrazarme
fuerte. Recuerdo la sonrisa de ella, enorme y perfecta. La risa de él, fuerte y
alta, llena de vida. Me acuerdo del día en que me dijeron que iba a tener un
hermanito, yo estaba muy feliz, quería tener un hermano. Pero por culpa de
ellos no pude.
Estábamos en casa, los tres, festejando el cumpleaños de
mi papá. Mi mama le había hecho una torta y yo la había ayudado. Ella se
acariciaba mucho la panza en esos momentos, faltaba poco para que naciera.
Entraron rompiendo la puerta, gritándonos; después
aparecí en la casa de mi abuela. De lo que paso en el medio no me acuerdo nada.
Hoy es el peor día del año para mí. Hoy, 27 de Junio, es
el cumpleaños de mi papá. Es el aniversario número treinta del día en el que yo
perdí a mi familia, del día en que lo perdí todo.
Pero este año es distinto, la fecha ya no es lo
primordial hoy. Voy a encontrarme con mi hermano. Ya se hizo el ADN, ya dio
positivo, ya lo acepto, ya es mi hermano. Es el primer día que nos vemos fuera
del ámbito burocrático, como familia. Nuestro primer encuentro verdadero diría
yo.
Me pongo linda, quiero que me vea bien, quiero que se
alegre de que yo sea su hermana. Me tomo el bondi, cuento las paradas. Estoy muy
nerviosa. Bajo del colectivo, camino hacia el café en el que acordamos
encontrarnos. Entro y lo veo sentado, mirando por la ventana.
-Hola ¿Cómo estás?- Cuando levanta la cabeza y me ve. Al
principio estaba serio, pensativo. Luego eso da paso a una gran sonrisa. El
corazón se me para un instante, nunca lo había visto sonreír. Tiene la misma
sonrisa que ella. Eso me duele, pero a la vez me gusta.
Él me saludo, hicimos nuestro pedido. Mientras
esperábamos hablamos de cosas triviales. Como había sido mi semana, como estaba
su mujer, como le estaba yendo estudiando para ser abogado, como me estaba
yendo a mí con mi carrera de psicóloga, que raro estaba el clima, entre otros.
Llego el café. Reino el silencio por unos minutos, hasta
que lo rompió.
- ¿Cómo eran?- Levante la mirada y lo que vi en sus ojos
me sorprende, pero lo entiendo. Dolor, angustia, desesperación.
- Es difícil describírtelos, no me acuerdo mucho. Para
mi eran perfectos, pero yo era una nena, la perfección en mi mundo estaba
representada por ellos. Te puedo decir que cuando ella sonreía el mundo
brillaba diferente; que cuando él te abrazaba, lo demás dejaba de asustar. Pero
después no sé.
Volvimos a estar callados un rato, el volvió a romper el
silencio.
- ¿Sabes que es lo que más me duele? Perdí una familia
de mentira para encontrarme con una familia que no está. Solo te tengo a vos
ahora.- Intente mirarlo a los ojos, pero él estaba mirando su café.
- Pero ellos si están. Están en vos, en mí, en nuestros
abuelos. Están en todos los que no olvidan. Yo te entien…
- No lo digas, no digas que me entendés. No me pueden
entender, vos no viviste toda tu vida en una mentira, para enterarte de ella
veintisiete años tarde. No te das una idea del dolor que siento.
- Vos no te atrevas a decir que no tengo ni idea del
dolor que sentís. Puede que no sintamos el mismo dolor, pero la magnitud es
idéntica. No sos el único que sufre acá, yo perdí a mi familia de un día para
el otro. Vos sos lo más fuerte y nítido que me queda de ellos.- Una lagrima cae
por mi mejilla, borro su rastro rápidamente.
Clavó sus ojos en los míos y los dejo ahí por un rato.
Me duele que piense así.
- -- Tenes
razón, discúlpame. Es que a veces esta situación me sobre pasa. Cuanto más pasa
el tiempo más difícil es. Pensar que ahora soy más grande de lo que ellos
fueron también es complicado. Quiero hablar con ellos para saber que pensaban;
si me querían. Mi apropiador nunca fue como un padre; mi papá biológico
probablemente no me conoció ¿Cómo puedo vivir yo sabiendo que alguien por jugar
a ser dios me saco la posibilidad de una vida normal?- Es una persona fuerte,
eso se nota.
Mire mi café, el cual
seguía intacto ¿Qué responder a eso?
Nada, absolutamente nada.
Me pare, él se paró y nos
abrazamos. Y ese abrazo dijo todo.
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