Corría el invierno de 1917 en Rusia. Teníamos una casa muy
pequeña en la capital de Petrogrado, donde vivíamos con mi compañero y nuestro hijo. Ambos militábamos en la
fracción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata.
La revolución era nuestra causa en la vida, el marxismo
había llegado a nosotros al calor de las
discusiones que tenía la clase obrera de la época. Ya habíamos tenido nuestras
experiencias con el socialismo “reformista” que propugnaban los mencheviques,
tan cómodamente adaptados al régimen, que habían abandonado la causa
revolucionaria por un par de cargos en la Duma. En cambio los bolcheviques
seguían firmes en las calles, luchando por derrotar a la burguesía sin alianzas.
La primera guerra mundial había traído tras sí uno de los
inviernos más crudos. Escaseaba la comida y los salarios de miseria apenas
alcanzaban para sobrevivir. La censura y la represión, por el contrario,
crecían. Eran tiempos difíciles, muchos se exiliaban y otros terminaban presos.
En esos tiempos yo trabajaba en una fábrica textil de la
ciudad. Éramos todas mujeres. Con la guerra, los hombres habían dejado sus
puestos de trabajo, y muchos nunca regresaron. Nosotras peleábamos por el fin
de la misma, nos oponíamos a matar a nuestros hermanos y hermanas de otras
naciones solo por los intereses de los gobiernos, que poco tenían que ver con los nuestros.
Queríamos que la guerra imperialista se transformara en guerra civil para que
las armas se volvieran contra nuestros explotadores. ”Guerra a la Guerra” era
nuestra consigna.
El soviet de Petrogrado, asamblea popular, crecía cada nuevo
día en número de comunistas, eso nos
indicaba que la insurrección estaba cerca.
Esa noche después de una reunión organizativa de lo que iba
a ser una de las primeras movilizaciones por el día internacional de la mujer
trabajadora en nuestro país, me separé de mi compañero porque unos policías nos
seguían. La militancia clandestina se volvía cada día más difícil. Nos
interceptaban nuestras prensas, nos cerraban imprentas, incendiaban lugares de
reunión y hacían listas negras. Esa noche el frio se sentía como cuchillos
entrando en la garganta. Plejánov y yo habíamos discutido y tomado caminos
distintos. Caminaba en la soledad nocturna, temiendo en cada esquina. Tarareaba
“La Internacional” para sentir fuerza, para pensar que el final estaba cerca y
que tiempos nuevos se acercaban. “La tierra será el paraíso, patria de la
humanidad” me repetía. Llegué a casa, mi hermana cuidaba de mi hijo. Plejánov
no había llegado aún, lo imaginé discutiendo con algún compañero, con algún
vecino,” siempre difundiendo las novedades y preparando la lucha que se viene”
me dije. A las cuatro de la mañana no podía dormir: algo había pasado, se lo
habían llevado.
A primer hora de la mañana fui a buscarlo a la cárcel, ahí
estaba, no me dejaron verlo. Les grité a los policías, “reaccionarios,
traidores”. Nada funcionó, casi me encierran a mí también. No lo hicieron, lo
consideraron un regalo, era 8 de marzo. Claro, esperaban devolvérmelo en la
calle, preparaban una represión sangrienta.
Cuando el sol de la tarde se encontraba en su mejor lugar,
nosotras ya estábamos listas para arrancar. Llevábamos nuestras pancartas y una
bandera que encabezaba “Pan, Paz, y Trabajo”.
Queríamos poder comer, queríamos poder vivir, pero nuestros horizontes
estaban tanto más lejos. Soñábamos con la emancipación femenina, y con la de
toda la humanidad, no queríamos más prostitución, ni explotación, ni muertes
por abortos clandestinos: queríamos el voto y los mismos privilegios que los
hombres.
Esa mañana junto con los “festejos” del día, optamos por la huelga en nuestra fábrica, hecho que se
extendió a muchas fábricas de la ciudad. La movilización que nosotros
pensábamos incipiente se había transformado para las cuatro de la tarde en
centenares de obreras y obreros que abrazaban la causa.
La protesta fue interceptada por la policía, intentamos
cambiar el rumbo pero estábamos rodeados, no podíamos avanzar. Piedras, palos,
balas. Y comenzaron a apresar mujeres. Una a una se las iban llevando.
Empezamos a correr cada uno en una dirección distinta.
Yo hui sin ser vista, di vuelta una esquina y caminé tres
calles mientras sostenía una pancarta. Caminaba tranquila, cuando repente, en
una esquina, ahí estaba. El mismo policía que había conocido horas atrás en la
cárcel, él mismo que horas antes no había hecho nada conmigo, a pesar de mi
escándalo en la cárcel, ahora me apresaba.
Me llevaron junto con muchas mujeres a unos aposentos
oscuros, todo era lúgubre, y frío. Teníamos hambre, teníamos sed pero sobretodo
el sentimiento de derrota. Hacía que el tiempo ahí se volviera insoportable y
triste. ¿Nos iban a exiliar? ¿Nos iban a exterminar? Qué era peor, yo no tenía
dinero para escapar a ningún país. Mi hijo en casa, con sus padres
encarcelados, ¿quién se ganaría el pan ahora? Lloraba, lloraba, y me secaba los
sueños. La gloria, la revolución, ¿dónde estaban?
A las once de la noche ruidos y olor a pólvora me despertaron
mientras dormitaba con mis compañeras de celda. Una explosión, y los cantos de
millones se escuchaban a los lejos, eran cantos de alegría, ¿habíamos
triunfado?
A la medianoche volvíamos a sentir la brisa nocturna de la
calle una vez más. Los obreros y obreras habían tomado las calles, y liberado a
los presos políticos. Horas más tarde me rencontré con mi hijo y su padre.
¡Habíamos triunfado! Quién hubiera dicho que el primer día
de la revolución rusa empezaría con los festejos del día de la mujer.
Así nacía el primer estado obrero de la historia. El soviet
de Petrogrado había vencido. El poder
desde abajo, el de los oprimidos, había levantado, en su pugna, todo lo que estaba
por encima de él.