martes, 29 de julio de 2014

La Primera Libertad - Luciano Funez

Corría el invierno de 1917 en Rusia. Teníamos una casa muy pequeña en la capital de Petrogrado, donde vivíamos con mi compañero  y nuestro hijo. Ambos militábamos en la fracción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata.
La revolución era nuestra causa en la vida, el marxismo había llegado a nosotros  al calor de las discusiones que tenía la clase obrera de la época. Ya habíamos tenido nuestras experiencias con el socialismo “reformista” que propugnaban los mencheviques, tan cómodamente adaptados al régimen, que habían abandonado la causa revolucionaria por un par de cargos en la Duma. En cambio los bolcheviques seguían firmes en las calles, luchando por derrotar a la burguesía sin alianzas.
La primera guerra mundial había traído tras sí uno de los inviernos más crudos. Escaseaba la comida y los salarios de miseria apenas alcanzaban para sobrevivir. La censura y la represión, por el contrario, crecían. Eran tiempos difíciles, muchos se exiliaban y otros terminaban presos.
En esos tiempos yo trabajaba en una fábrica textil de la ciudad. Éramos todas mujeres. Con la guerra, los hombres habían dejado sus puestos de trabajo, y muchos nunca regresaron. Nosotras peleábamos por el fin de la misma, nos oponíamos a matar a nuestros hermanos y hermanas de otras naciones solo por los intereses de los gobiernos,  que poco tenían que ver con los nuestros. Queríamos que la guerra imperialista se transformara en guerra civil para que las armas se volvieran contra nuestros explotadores. ”Guerra a la Guerra” era nuestra consigna.
El soviet de Petrogrado, asamblea popular, crecía cada nuevo día en número de comunistas,  eso nos indicaba que la insurrección estaba cerca.
Esa noche después de una reunión organizativa de lo que iba a ser una de las primeras movilizaciones por el día internacional de la mujer trabajadora en nuestro país, me separé de mi compañero porque unos policías nos seguían. La militancia clandestina se volvía cada día más difícil. Nos interceptaban nuestras prensas, nos cerraban imprentas, incendiaban lugares de reunión y hacían listas negras. Esa noche el frio se sentía como cuchillos entrando en la garganta. Plejánov y yo habíamos discutido y tomado caminos distintos. Caminaba en la soledad nocturna, temiendo en cada esquina. Tarareaba “La Internacional” para sentir fuerza, para pensar que el final estaba cerca y que tiempos nuevos se acercaban. “La tierra será el paraíso, patria de la humanidad” me repetía. Llegué a casa, mi hermana cuidaba de mi hijo. Plejánov no había llegado aún, lo imaginé discutiendo con algún compañero, con algún vecino,” siempre difundiendo las novedades y preparando la lucha que se viene” me dije. A las cuatro de la mañana no podía dormir: algo había pasado, se lo habían llevado.
A primer hora de la mañana fui a buscarlo a la cárcel, ahí estaba, no me dejaron verlo. Les grité a los policías, “reaccionarios, traidores”. Nada funcionó, casi me encierran a mí también. No lo hicieron, lo consideraron un regalo, era 8 de marzo. Claro, esperaban devolvérmelo en la calle, preparaban una represión sangrienta.
Cuando el sol de la tarde se encontraba en su mejor lugar, nosotras ya estábamos listas para arrancar. Llevábamos nuestras pancartas y una bandera que encabezaba “Pan, Paz, y Trabajo”.  Queríamos poder comer, queríamos poder vivir, pero nuestros horizontes estaban tanto más lejos. Soñábamos con la emancipación femenina, y con la de toda la humanidad, no queríamos más prostitución, ni explotación, ni muertes por abortos clandestinos: queríamos el voto y los mismos privilegios que los hombres.
Esa mañana junto con los “festejos” del día, optamos por  la huelga en nuestra fábrica, hecho que se extendió a muchas fábricas de la ciudad. La movilización que nosotros pensábamos incipiente se había transformado para las cuatro de la tarde en centenares de obreras y obreros que abrazaban la causa.
La protesta fue interceptada por la policía, intentamos cambiar el rumbo pero estábamos rodeados, no podíamos avanzar. Piedras, palos, balas. Y comenzaron a apresar mujeres. Una a una se las iban llevando. Empezamos a correr cada uno en una dirección distinta.
Yo hui sin ser vista, di vuelta una esquina y caminé tres calles mientras sostenía una pancarta. Caminaba tranquila, cuando repente, en una esquina, ahí estaba. El mismo policía que había conocido horas atrás en la cárcel, él mismo que horas antes no había hecho nada conmigo, a pesar de mi escándalo en la cárcel, ahora me apresaba.
Me llevaron junto con muchas mujeres a unos aposentos oscuros, todo era lúgubre, y frío. Teníamos hambre, teníamos sed pero sobretodo el sentimiento de derrota. Hacía que el tiempo ahí se volviera insoportable y triste. ¿Nos iban a exiliar? ¿Nos iban a exterminar? Qué era peor, yo no tenía dinero para escapar a ningún país. Mi hijo en casa, con sus padres encarcelados, ¿quién se ganaría el pan ahora? Lloraba, lloraba, y me secaba los sueños. La gloria, la revolución, ¿dónde estaban?
A las once de la noche ruidos y olor a pólvora me despertaron mientras dormitaba con mis compañeras de celda. Una explosión, y los cantos de millones se escuchaban a los lejos, eran cantos de alegría, ¿habíamos triunfado?
A la medianoche volvíamos a sentir la brisa nocturna de la calle una vez más. Los obreros y obreras habían tomado las calles, y liberado a los presos políticos. Horas más tarde me rencontré con mi hijo y su padre.
¡Habíamos triunfado! Quién hubiera dicho que el primer día de la revolución rusa empezaría con los festejos del día de la mujer.

Así nacía el primer estado obrero de la historia. El soviet de Petrogrado había vencido.  El poder desde abajo, el de los oprimidos, había levantado, en su pugna, todo lo que estaba por encima de él.

viernes, 25 de julio de 2014

Recuerdos del sur- Micaela ortino


Desgraciadamente me toco nacer en un momento en que la vida se compraba y se vendía, por un par de monedas. Para ellos, solo era un objeto comercial intercambiable, eso era lo que éramos, solo objetos.
Al principio era un soñador en desarrollo. Creía que las cosas cambiarían y veía mi situación de la mejor manera posible, sin perder la fe. Y gracias a ella, no deje de sonreír ni cuando vi la cara de papa al ver el barco. Ese barco que nos llevaría a nuestro nuevo hogar, ese barco en el que la mugre y la suciedad se notaban más que la luz del día, ese barco en el que no existía comodidad alguna y donde papa no emitió ni una palabra.
Al llegar el panorama no era el esperado. Estábamos rodeados de cientos de campos de cultivo, en los que hombres de piel oscura trabajaban sin parar. No tuvimos presentación alguna, solo un hombre muy bien vestido se acercó hacia nosotros y dirigiéndose a mi padre y a mí nos gritó: “A trabajar”.
 Al principio pensaba que nuestros días no se basarían solo en la cosecha de aquellos campos. Además, pensaba que por ser pequeño me dejarían ir a jugar con los demás niños, amigos de ella, la hija del señor Christopher .Pero con el correr de los días me di cuenta de que me equivocaba.
El tiempo transcurría y nosotros estábamos en los campos desde la salida hasta la puesta del sol, sin importar si hacia frio o calor. Mama era una de las criadas que se encargaba de hacer la comida y el resto de las tareas domésticas. Dormíamos en una especie de casa, lo suficientemente grande para albergar a uno cien esclavos entre niños y adultos, donde el suelo era nuestra cama y en donde nuestros cuerpos se hallaban a la intemperie soportando los fríos climas invernales y los calores abrumadores que traía consigo el verano.  Todos los días nos daban solo un plato de guiso y un plato con agua, lo que nos llevaba a fraccionar la comida para que nos alcanzara para el resto del día y no nos muriéramos de hambre. Nunca nos bañábamos, no teníamos agua para hacerlo, por lo que bebíamos un poco de agua del plato y utilizábamos lo demás para asearnos con un trozo de tela que habíamos arrancado de nuestra ropa.
De vez en cuando, el descontento y el malestar se hacían notar entre todos.  Las quejas y los llantos no cesaban, pero cuando todos bajaban los brazos y se daban por vencidos, él se largaba a dar uno de sus discursos, esos en los que la esperanza volvía a ser el único pilar que nos mantenía  unidos y fuertes para luchar contra las fuerzas opresoras que nos alejaban de aquello que nos habían arrebatado, eso que nos enorgullecía con tan solo nombrar, nuestra libertad. Y era por aquel ser humano tan fuerte y decidido que sacaba la fuerza para seguir luchando contra la injusticia, contra la maldad y la tortura que representaba ser un emarginado social. Es por ello, que papa, representaba tanto para mí como para muchos otros un ejemplo a seguir, un ejemplo de lucha, de sacrificio, de sudor y esfuerzo.

Un día en el que como los demás arriaba la tierra buscándola a ella. Luego de un tiempo, la vi. Ahí estaba, con su vestido morado, y su hermosa sonrisa, era toda una princesa y yo decidí no quedarme atrás, sería su príncipe. Mientras el maestro de tareas junto con los peones nos llevaban al único receso que teníamos para almorzar, logre escabullirme entre las interminables filas de aquellos cuerpos desnudos y alcance a esconderme detrás del tronco de uno de los árboles del camino.
Recuerdo que espere hasta que se dispersaran hacia esa casa en la que dormíamos y fui tanteándome entre árbol y árbol hasta que llegue a la casa central y la distinguí. Estaba con sus demás amigos y corrían de un lado al otro, con toda la alegría y la belleza que la caracterizaba. En el preciso instante en que  la vi acercarse de espaldas, salí a su encuentro y la salude amablemente para no sobresaltarla.  Ella voltio y tras vacilar un momento me devolvió el saludo y me invito a jugar con ellos. En ese momento, la mirada de los demás niños se había detenido en mí y no me importaba su indiferencia porque ella me trataba como a cualquier otro, por lo que proseguí preguntando  sobre que se trataba.  Me explico que el juego consistía en esconderse en algún lugar mientras uno llevaba la cuenta y salía en búsqueda de todos. Me pareció divertido y como no me detuve a analizar la situación que estaba viviendo solo mire a mí alrededor buscando algún escondite. Nunca voy a olvidar el momento en el que me agarro de la mano y con su linda sonrisa nos llevó a escondernos a aquel quincho. Como tampoco voy a olvidar como se fue con la excusa de fijarse como marchaba el juego y no regresar jamás. Pero lo que si voy a recordar por el resto de mi vida es la imagen de las puertas del quincho abriéndose de par en par y como el señor Christopher hacia presencia por primera vez ante mí con un látigo que colgaba de su mano derecha. Lo que siguió a continuación fue tan doloroso que mi mente decidió omitir algunas escenas, pero el ardor y el dolor, sumado a mis gemidos fueron más intensos y no lograron librar a mi mente de aquellos horrorosos recuerdos. Recuerdo como mi puño cerrado presionaba con fuerza los pajares del piso, como mi cuerpo que yacía de espaldas en el lecho de aquel tronco, se sumergía en un mar de sufrimientos desgarradores que se hacían notar entre suplicas y sollozos y como el sentimiento de venganza, de resentimiento y de traición se apoderaban de mi mente, no podía creer a la vez, que ella me hubiera traicionado y eso era algo que nunca olvidaría.
Después de ese día ya nada era como antes. Mi padre miraba las cosas con un rencor casi indescriptible y con un dolor que lo estaba consumiendo por dentro. Sus discursos de lucha  ya no eran los mismos, pero a pesar de todo seguía en pie gracias a esa valentía que lo caracterizaba.
Ese día, terminaba de arriar la tierra junto con papa antes del receso alimentario, pero algo nos detuvo a todos a escuchar atentamente. Se oían bullicios a lo lejos, tiros y una humareda que se acercaba lentamente hacia nosotros. Los peones se montaron en sus caballos y empezaron a cabalgar velozmente como en una especie de huida.
Ninguno de nosotros entendía con exactitud lo que estaba pasando, pero cuando los vimos, confirmamos todas nuestras sospecha. Allí estaban, montados a caballo, con sus instrumentos desdoblados, que lanzaban una polvoreada al aire en señal de victoria.
Todos exclamaban gritos de alegría y una sonrisa de dibujaba poco a poco en la cara de toda la gente, porque eso éramos, gente. Hasta papa se mostraba gratificado y contento, algo que no notaba hacia mucho y eso me llenaba de felicidad. En cambio, yo estaba feliz pero todavía los aires libertadores no dejaban atrás mis aspiraciones, tenía un objetivo preciso y necesitaba cumplirlo.
Mientras las tropas  del norte revisaban la casa y apresaban a los ex mandatarios de la confederación yo lo buscaba. No hallaban ni un rastro de el por ningún lado, pero solo yo, tras pensarlo un momento, sabia donde estaba y di en blanco. En el descuido de uno de los guardias tome un fusil  y lo lleve conmigo hasta aquel lugar.
Al abrir la trastabillada puerta de esa deplorable casa que nos había acobijado en los últimos meses, lo distinguí, trato de escapar por la parte trasera pero se halló arrinconado y se detuvo. Recuerdo como me suplico arrodillado en el piso y como el poder del fusil culminaba en mí, por lo que sin pensarlo dos veces, accione la palanca. En el preciso instante, en el que el cartucho calibre 44 salía expulsado de la boca del fusil con una carga propulsora de28 gramos de pólvora negra un cuerpo se interpuso en su camino y le termino dando al blanco equivocado. En el piso con un tiro en el medio del pecho, yacía mi padre, con mirada vacilante. Nunca voy a entender porque lo hizo, pero la libertad no valía nada sin su compañía.
El 9 de mayo de 1865 no solo significo, el reconocimiento de mi dignidad como persona y la libertad esperada por muchos esclavos sino también la pérdida de un hombre que me enseño como enfrentar la vida en busca de mis sueños.


jueves, 24 de julio de 2014

(sin título) - Sol Psiurski

 Esa noche no había podido conciliar el sueño. Sabía que al otro día iba a tener que dejar el país. Ya lo tenía resuelto hacía meses. La idea estaba en mi cabeza, pero dolía igual. Tener que dejar a Felisa con los chicos sin saber si los iba a volver a ver, me desgarraba. Entre silenciosas lágrimas y el final del cigarrillo, me prometí hacer lo posible por regresar.  
  Al alba me sequé las lágrimas, no podía ablandarme enfrente de ellos. Me asomé por la ventana y contemplé a Felisa que labraba la huerta. Sus cabellos recogidos, sus pequeñas manos agrietadas, el brillo de sus ojos. Cómo iba a extrañarla.
  Mis hijos dormidos con tan inocente paz me daban la fuerza que me faltaba. Si me estaba yendo a América, era por ellos. Desde allá iba a poder darles lo que desde Italia no podía.
  No los quise despertar, ver en sus facciones la tristeza. No quería dar lugar a los sentimientos encontrados: la bronca, el enojo frente a un sistema que daba asco.
  Con un beso en la frente a los seis, me despedí.
  Felisa me estaba esperando en la puerta. Estaba a punto de estallar. La conjunción entre la ira, la desesperación y el desamparo. La rodeé con mis brazos sin intención de soltarla, de ella brotó un mar que humedeció mi saco gris. En mi bolsillo puso una foto vieja y polvorienta de ella.
  Con un 'volveré' y un beso en la frente lleno de esperanzas, me despedí.
  Ocho largas horas en ferrocarril me esperaban. En el viaje conocí a Nicola, un joven piamontés con el mismo destino que yo, Argentina. Las razones eran distintas, a él lo perseguían por cuestiones políticas e ideológicas, y había sido obligado a exiliarse para proteger a su madre.
  En el trayecto desde mi pueblo a Génova, fuimos ganando confianza y terminamos contándonos historias anecdóticas. En un cuarto de día llegué a llamarlo amigo, quizás por la necesidad de no sentirme solo. Quizás porque me sentía comprendido, quizás porque...
  El viaje en ultramar se hizo tedioso e incómodo en todos los sentidos. En el barco, los pasajeros éramos separados por sexo. Los hombres éramos ubicados en grandes dormitorios comunes y las mujeres y los niños en otros. Toda la vida a bordo estaba reglamentada. Había horarios para estar en la cubierta, para comer, dormir e higienizarse. Sólo podíamos usar el agua una vez al día, puedo contar con los dedos la cantidad de veces que me bañé en ese mes.
  A veces en la cubierta, me sentaba solo y pasaba horas mirando la foto que Felisa me había dado antes de partir. Le escribía cartas todos los días contándole sobre Nicola, sobre los juegos de cartas que había aprendido y acerca de lo mucho que la extrañaba a ella y a los chicos.
  José, un comerciante genovés que se dirigía a hacer la América, todos los días nos enseñaba frases en castellano que nos serían útiles cuando arribáramos y tuviéramos que echarnos a la suerte del inmigrante.
  Ya en suelo americano, nos dieron indicaciones de los lugares a donde teníamos que ir para legalizar nuestra presencia. A todo respondí muchas gracias. Después de haber pasado por la Aduana, me encontré con Nicola y dos muchachos y nos dirigimos al hotel.
  El complejo era gigante, me intimidaba el solo estar ahí. Nos recibieron como si no mereciésemos estar en el lugar. Nos gritaron las pautas de convivencia pero yo estaba muy desconcertado como para enojarme por el trato. Nos asignaron un dormitorio en el cual dormiríamos durante cinco días. Las camas me daban la sensación de que eran incómodas y duras como piedra.
  A las seis de la tarde, nos llamaron a cenar. Un comedor larguísimo y un guiso de carne. Nicola al lado mío, ya planeaba el día de mañana: la búsqueda de trabajo y vivienda. Yo solo quería saber dónde estaba el correo, quería enviar las cartas que le había escrito a mi familia. En el manual que nos habían dado en Italia no mencionaban cómo llegar.
  Al otro día, en la ciudad, ya habíamos conseguido dos puestos de trabajo como obreros en una fábrica gracias a Pietro, un italiano que había llegado al país un mes antes que nosotros, y había logrado que nos aceptaran rápidamente.
  Al cabo de una semana, estábamos viviendo en un conventillo en La Boca, cerca de la fábrica. El salario me alcanzaba para pagar el alquiler, pasar el día a día y enviarles un poco a mi familia.
  Un domingo por la noche se cumplieron tres meses desde que había llegado a Buenos Aires, y cuatro desde la última vez que estuve en mi hogar. El tiempo había ido pasando, los días eran intensos, pero cada día me sentía mejor. Un extraño sentimiento de que estaba viviendo una nueva vida, una vida mejor, donde me sentía bien con lo que hacía y con quien era, me sorprendía y emocionaba.
  Nicola y yo salimos a caminar. Nos mantuvimos en las manzanas próximas por miedo a perdernos. Teníamos por delante un océano; detrás de él, toda nuestra vida, de donde veníamos, lo que habíamos sido hasta llegar a esta tierra. Pero con él me sentía seguro. Podía descargarme con la certeza de que no me iba a juzgar. Me era incómodo, pero lindo. Varias veces me había encontrado observándolo. Sus gestos, su forma de hablar, de caminar.
  Nos detuvimos frente al río. Encendimos un cigarrillo y quedamos en silencio. Ya no tuve miedo. Decidí que era el momento.
  Pensé que desde hacía mucho tiempo venía ocultando quien era de los ojos de mi familia, Felisa, y mis amigos. Incluso de mí. Me sentía avergonzado de la verdad.
  Ese día, lejos de mi ciudad natal, en un nuevo continente, me di permiso. Me había dado cuenta que Nicola era la persona a la que siempre había buscado. No sentía culpa por Felisa. Ella había sido mi mejor amiga, mi compañera, mi mejor hazaña pero no la deseaba. La vida era más que una dulce compañera.
  Cerré los ojos y sentí que jamás me olvidaría de ellos, pero este viaje, la distancia me habían llevado a encontrarme con quien realmente yo era. Nunca los abandonaría, pero me quedaría aquí, intentando este nuevo camino.
  Abrí los ojos, y frente a mí estaba Nicola, sonriendo. Nos reconocimos en ese silencio, en ese abrazo interminable. Y ese fue el principio de una nueva historia.

miércoles, 23 de julio de 2014

Cuento - Guido Di Marco

Toda la vida por delante

1383
– ¡Guerra, plaga y desgracias! El fin del mundo se acerca, recuerden mis palabras.
El ruido de las conversaciones llenaba la taberna, cuando un hombre entró, sin que nadie se fijara en él.
–Miren, yo vi a la muerte; perdí a la mitad de mi aldea a la peste negra y peleé en la guerra contra Castilla, y ya saben el desastre que fue. No es como si no conociera a la muerte.
–Sos un tonto, Geoffrey. La muerte alcanza a todos. Treinta años, si escapas a la plaga y a los franceses. Cincuenta, con buena fortuna, y si a Dios le place. Más no vas a durar.
El recién llegado observó a la gente, escuchando sus conversaciones, pero sin hablar con nadie.
–La única razón por la que la gente muere, es porque todos los demás lo hacen. Tan sólo están siguiendo la corriente –respondió –. La muerte no sirve para nada. No quiero nada que ver con ella –dijo mientras tomaba un trago –. Digo, ¿para qué sirve? Piénsenlo. Yo tomé mi decisión en la última batalla contra Castilla. “Geoffrey Gidlow,” me dije, “todos los hombres y mujeres mueren, dicen--”
–Excepto por el judío errante, que le negó agua a nuestro señor –señaló un viejo.
–Bueno… todos mueren, excepto tal vez por el judío errante, pero ¿por qué tengo que hacerlo yo? Tal vez tenga suerte; siempre hay un primera vez –dijo con una sonrisa –. Hay tanto por lo que vivir, tantas cosas que ver, tanta gente con la que beber. Ustedes tal vez mueran –otro trago –probablemente lo hagan, porque son estúpidos, pero no yo –dijo riendo, pero muy en serio.
–¿Te escuché decir que no tienes intención de morir nunca? –el hombre recién llegado se había acercado sin que nadie se diera cuenta, y estaba parado al lado de Geoffrey, inclinado sobre él.
–Em… sí, así es –respondió, sorprendido. No lo había visto, pese a lo llamativo de su elegante vestimenta, completamente gris, de su piel, blanca como la nieve, y de su cabello, negro como la noche más oscura –. Es un juego de tontos, y no voy a tomar parte en él.
–Entonces tenés que decirme cómo se siente. Juntémonos otra vez. En esta misma taberna. En cien años.
Todos los que escuchaban comenzaron a reír:
–¡Ahí te agarró, Geoff!
–¡Cien años, sí, y yo soy el papa Urbano!
Pero Geoffrey no escuchó. Miró al hombre, que le sostuvo la mirada, con sus ojos indescifrables, tan negros que no se podía distinguir entre su pupila y su iris, y respondió:
–No les prestes atención. Son necios como mulas. Cien años, en este día. Te veré en el año 1483 de nuestro señor, entonces –se miraron por unos segundos, y luego el hombre de gris se marchó.
–¿Quién era ese, Geoff?
–No tengo ni la más mínima idea. Pero te diré qué, Abraham. Se lo preguntaré la próxima vez que lo vea, en cien años.
–Jajajajajaja… para, por favor. No puedo reír más, me vas a matar.

1483
–¿Cómo supiste? ¿Quién sos? ¿Un brujo? ¿Un santo? ¿Un demonio? ¿Hice involuntariamente un trato con el diablo? –increpó Geoffrey.
–No, simplemente estoy… interesado. Veo que no has muerto –respondió el hombre, sentado al otro lado de la mesa en su característico tono inexpresivo.
–Ja. No. Diría lo mismo de vos, pero estás tan pálido que tal vez me equivoque –se veía exactamente igual, excepto por sus ropas, que eran más modernas, pero del mismo color gris.
–Sí, podrías. Vine porque estoy interesado. La muerte no te va a tocar, Geoffrey Gidlow, a menos que eso es lo que quieras –por primera vez, Geoffrey se quedó callado, sin dar crédito a lo que oía –. Así que… ¿qué estuviste haciendo estos últimos cien años?
–Mismo trabajo que antes. Mercenario, más que nada, y bandido, cuando no podía encontrar lo que llamarías exactamente una guerra. Hace poco empecé a trabajar para un amigo, en un nuevo negocio. Se llama impresión. No va a durar, pero es mucho mejor que cultivar zanahorias en la tierra.
–¿Así que todavía querés vivir?
–Sí.
–¿Cien años, entonces?
–Oh sí.

1583
El sujeto de gris entró a la taberna, considerablemente más limpia, con una chimenea, y ya sin agujeros en las paredes.
–¡Mi amigo! Siéntate, tengo un par de botellas para nosotros, ya empecé con una –lo recibió Geoffrey, rebosante de alegría.
–Hola, Geoffrey.
–Eso me lleva atrás algunos años. Ahora es Sir Wilhelm Manning. Oh, los dioses han sonreído sobre mí. Veamos… la última vez que nos vimos estaba trabajando en la imprenta, hice algo de oro con eso, lo puse en los barcos de transporte de mercancías, hice un pila. Fui al norte, volví como mi hijo y seguí con el negocio de las naves de comercio –contó –. ¡Doncella, más vino! Hice una pequeña fortuna, y una generosa donación a la corona me valió el título de caballero. ¡La vida es tan buena! Y eso no es todo, mira esto –sacó de un bolsillo un pequeño retrato de él junto a una mujer con un bebé en brazos –. Mi hermosa Lisbeth, y mi pequeño Austin. Es curioso… así es como soñé que sería el cielo… hace doscientos años. Las calles son limpias y seguras, hay mucha comida y buen vino. La vida es tan buena.
Habló y habló, mientras comía, pero no le preguntó nada; era un hombre simple, y su vida iba bien, así que se limitó a cumplir su parte del trato. Luego de que el sujeto de gris se marchara, Wilhelm se quedó comiendo.
–Pan blanco –dijo, con la boca llena, en voz alta –. Podría haber matado por un poco hace doscientos años. De hecho creo que lo hice, un par de veces –reflexionó –. Tengo todo por delante para vivir. Y ningún lugar para ir, excepto arriba.

1683
–¡Déjenme pasar, estúpidos! –un tumulto en la entrada atrajo todas las miradas del salón.
–¡Vete, roñoso! Esta taberna es para gente decente.
–Déjenlo, es mi invitado –ordenó el hombre de gris desde su mesa, con la comida ya servida.
–Sabía que estarías aquí –dijo groseramente –. ¿Tienes idea de lo hambriento que se puede poner un hombre si no se muere, pero no come? –dijo groseramente Wilhelm, mientras ignoraba los cubiertos y tomaba con sus manos una pata de pollo de la mesa.
<<Ella murió. En el parto. Lisbeth. Ni siquiera recuerdo cómo se veía. Empeñé su retrato hace más de cincuenta años –relató, entre bocados –. Austin murió en un riña en una taberna, a los veinte años. No salí mucho después de eso. Estuve allí por cuarenta años, me confié demasiado. Trataron de ahogarme por brujo. Salí con mi piel y poco más. Después se puso peor, y peor, y –tragó un bocado –… peor. Luego luché por el rey en la guerra del Parlamento, un gran error, sí. Odié cada segundo de los últimos ocho años. Cada maldito segundo. ¿Tienes idea de lo que es eso?
–¿Y todavía deseas vivir? ¿No deseas el descanso de la muerte?
–¿Estás loco? La muerte es un juego de tontos. Tengo tanto por lo que vivir.

1783
–Es un negocio. Magnífico sistema, realmente. Llevamos productos de algodón a África, subimos un cargo de negros, el mismo barco los lleva a través del Atlántico, y vuelve con tabaco, azúcar y algodón en bruto –explicó Wilhelm, sentado en un sillón en un cuarto privado muy elegante, tomando pequeños sorbos de una taza de té.
–¿Tomas orgullo en tratar a tus compañeros humanos como menos de animales? –por primera vez en cuatrocientos años, Wilhelm sintió que su antiguo conocido lo juzgaba, pero sus palabras, sin rastro de emoción alguna, podrían no indicar nada más que curiosidad, o quizás algo más.
–Como dije, es un negocio –la entrevista siguió como siempre, y Wilhelm le relató todo lo que pudo recordar. Su situación había mejorado de nuevo. Así es la vida. Pero luego llevó la conversación a donde a él le interesaba, para satisfacer sus propias dudas –. Han pasado cuatrocientos años ya, y hay tanto que todavía no sé. ¿Quién sos, realmente? ¿Cuál es tu nombre? –pero fue interrumpido por la intrusión al cuarto de tres hombres, uno rubio y delgado, y otros dos, corpulentos y de aspecto amenazador.
–¡Ah! Tal vez les pregunte eso mismo a los dos –prorrumpió el muchacho rubio, mientras los otros dos los tomaban por detrás y les ponían navajas junto al cuello –. No se molesten en levantarse.
–No creo haber tenido el placer de conocerlo, señor –dijo Wil, con una sonrisa, a pesar de sentir el metal contra su yugular. Ya sabía que nada le podía pasar.
–Cuentan  una historia, en éstas partes de Londres, que el diablo y el judío errante se juntan, una vez cada cien años, en una taberna. Por tres años planeé nuestro rendez vous –explicó el joven, con tono satisfecho –. Bueno, ¿no tienen nada que decir?
–Yo no soy ningún demonio –dijo el hombre de gris, con su rostro de mármol blanco.
–Y yo no soy judío –bromeó Wil.
–Ya descubriremos qué clase de criaturas son. Ahora síganme, hay mucho que pueden contarme. Hay tanto por aprender… –dijo el muchacho, impaciente.
No. No lo creo –exclamó, imponente, el hombre de gris mientras soplaba de su mano un polvo que durante un segundo iluminó la habitación.
Sin tener tiempo para reaccionar, los tres captores cayeron al suelo. Los dos viejos conocidos se levantaron y se sacudieron. Wilhelm miró con desdén al joven rubio. Tenía los ojos en blanco y parecía temblar.
–¿Qué les has hecho?
–Sus cuerpos siguen aquí, pero sus mentes están en un lugar muy lejano. Se encuentran reunidos con sus fantasmas del pasado –respondió, con las manos en los bolsillos, sin un ápice de interés por lo que les sucediera a esos sujetos. Luego se dio vuelta y lo miró directamente a los ojos –. Es una cosa muy mala, el esclavizar a otro. Te sugiero que encuentres otra línea de trabajo.

1883
–Me di cuenta de que no soy el único que no muere. Hay una mujer, que habré visto una docena de veces, aunque no siempre me recuerda. También está el viejo Noam DeWitt, en Goldfarb Street. Debe haber estado allí por lo menos ciento cincuenta años. ¿La muerte es caprichosa, no? –dijo Wilhelm, llevándose un puro a la boca.
–Sí, así es.
–Creo que sé porque nos encontramos aquí, siglo tras siglo. No es porque vos quieras saber qué es lo que le pasa a una persona cuando no muere; ya viste lo que pasa. Dudo ser más sabio que lo que era hace quinientos años. Aprendí de mis errores, pero tuve más tiempo para cometer más errores. Tenías razón acerca del tráfico de esclavos. Nunca me voy a restituir de eso, pero…  –dudó un momento, y volvió a empezar –conozco a la gente, y no cambiamos, no en las cosas más importantes. Dudo alguna vez querer morir. Vos lo supiste desde el comienzo. Yo creo que estás acá por otra cosa.
–¿Y eso qué sería? –su rostro de mármol levantó un ceja, y Wil se entusiasmó.
–Amistad. Creo que estás solo.
–¿Insinuás que yo me haría amigo de un mortal? ¿Que uno de mi clase necesitaría compañía? ¿Te atrevés a llamarme solitario? –se levantó, colérico. Se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.
–Sí, me atrevo. Te digo que. Estaré aquí en cien años. Si vos estas aquí también es porque somos amigos. Ninguna otra razón, ¿No?... ¿No?

1983
–Yo… no estaba seguro de que fueses a venir –dijo el mismo Wil sonriente de siempre, excepto esta vez vestido de traje y corbata completamente azules y con un L&B en la boca.
–¿En serio? Siempre escuché que es descortés dejar a los amigos esperando. ¿Querés un trago?

martes, 22 de julio de 2014

Cuento: La Cosecha. Verónica Santero

La Cosecha

“Cortés se aposentó en el templo de los ídolos con todos los españoles, y cupieron muy a placer, porque tiene un patio y unas salas muy buenas y grandes”
López de Gómara

  El sol está por encima de Kekek. Las gotas de transpiración recorren los surcos que forman sus arrugas. Sus manos están ásperas por la tierra que se le pega a la piel. El calor, sin embargo, no interrumpe su trabajo. Desgrana las mazorcas y las coloca en un saco que le cuelga del hombro. Está cansado.  Se detiene al escuchar la voz cálida de Erandi que lo llama e inmediatamente se pone en marcha. Erandi, siempre a disposición de la tribu. Erandi, su sabiduría es mayor que las montañas. Erandi, en su cuerpo avejentado vive un alma jovial. El camino que recorre Kekek está lleno de piedras y pastizales altos que le hacen en muchos casos perder el equilibrio y en un momento se cae. A decir verdad, él nunca fue muy cuidadoso. Pero desde que sus ojos se petrificaron puede excusar sus torpezas. Aunque Erandi ya no habla, Kekek sabe que se dirige al lugar correcto porque huele el atole. El dulce aroma lo inunda de recuerdos de su infancia con su hermana Kamise. Solo un intercambio de miradas bastaba para entenderse. Se entristece y maldice el momento en que la oscuridad se apoderó de él. Apenas recuerda su rostro.
  Se sienta a beber el atole y escucha la conversación que está teniendo Erandi con otro miembro de la tribu. Hablan de un grupo de tropas extranjeras que ha llegado a sus tierras. No se siente sorprendido. Unos días atrás escuchó lenguas no pertenecientes a su origen y se asustó. Pensó que estaba perdido pero luego comprendió que seguía en su aldea.
  Ahora que el cielo se tiñe de naranja, todos caminan hacia el templo del Sol a rendir culto por la buena cosecha. El tumulto de aldeanos, entre los que se encuentra Kekek, se paraliza al entrar. Al primer momento de silencio mortificante le sigue una ola de gritos, quejas y lamentos. El eco multiplica la intensidad de los sonidos. Kekek no logra soportar el daño que sus oídos reciben.  Aunque no ve las  cruces sobre los pilares ni tampoco las imágenes de una virgen que atropella y ahoga sin decoro toda creencia y valor de su sociedad, logra percibir la amenaza. Se abre paso entre la multitud de gente que ahora se acerca de todos lados para presenciar aquello de lo que él escapa.
Corre sin rumbo por un tiempo. De repente sus pies se sumergen en el agua. Seguramente es la que usan para regar los cultivos. Se sienta en un tronco que yace a un costado del río y cierra los ojos, reflejo que le había quedado de pequeño cuando quería escaparse de aquello que lo acechaba. Escucha el agua correr y salpicar la tierra que tanto valora. Su casa.
  La tranquilidad que había conseguido finalmente en ese momento se alborota. PUM Un ruido fuerte lo hace estremecerse. Su corazón se acelera. El sonido es corto, vacío, seco e inquietante. Escucha el aleteo precipitado de unos pájaros que levantan vuelo justo por encima de él. La brisa que provocan lo despeina. Otro ruido PUM y otros PUM PUM. El suelo bajo sus pies tiembla por los animales que van en busca de refugio. PUM Comienza a correr. Pese al miedo se dirige hacia ese sonido  con un solo objetivo en mente: encontrar a Erandi. PUM. Esos sonidos intensos se acrecientan con los llantos y gritos de los aldeanos. PUM PUM PUM. Está más cerca e identifica los sollozos de su población que se mezclan con voces extranjeras. A pesar de la ola de sufrimiento que presencia, logra escuchar la voz de Erandi que lo llama. Se le hace difícil alcanzarla. Intenta caminar con un paso acelerado pero se tropieza y cae al suelo sobre algo. Reconoce el cuerpo de un hombre y sus manos tocan algo húmedo y viscoso. Kekek se momifica por un momento y después respira hondo. No es una buena idea: el hedor a sangre caliente le sube al cerebro y lo hace vomitar. Se olvida de su malestar cuando Erandi le grita que vaya a su alcance. Ya no intenta correr porque sabe que se va a encontrar con muchos obstáculos, así que prefiere ir tanteando.  PUM PUM PUM, el ruido tapa la voz de ella. Kekek sigue. Es el camino más largo que recorre, la gente lo choca, se tropieza, vuelve a pararse, se cae PUM PUM. Sigue avanzando cuando PUM un dolor agudo en su pecho lo hace balancearse hasta caer. Se siente mareado. Instantáneamente apoya sus manos sobre la herida y siente cómo éstas se manchan de un líquido. Sabe por sus recuerdos que es de color oscuro como la  noche. Oye, aunque con dificultad por estar aturdido, la voz de Erandi que ahora es cercana. Con un último esfuerzo Kekek estira sus brazos hacia la cara de ella. Su piel siempre suave como la seda. Recorre con sus dedos sus labios gruesos que están agrietados y secos. Su nariz fina y respingada. Desliza sus dedos hasta los ojos, Erandi los cierra. Los dedos de Kekek se humedecen por las lágrimas de esta. Luego recorre su frente hasta llegar al pelo largo y grueso. Kekek toma unos mechones y los lleva detrás de la oreja.  
  El ruido que provoca la muerte de los aldeanos continúa, los gritos también. Pero por primera vez Kekek no escucha nada. Y en su último suspiro reconstruye en su mente la imagen perfecta de lo que sus manos acarician.




A Mora

Abrazada a la lámpara apagada palpa la nada malvada
Maltratada, malgastada, malsana, llama a la banal alma tarada para atraparla, matarla, lanzarla
Batalla atragantada, la amasada la amansa. Parca tras parca.

Paz

Cuento Aurelia

El viento soplaba en las calles de Japón. El olor a Sashimi* que provenía de calles más abajo inundaba el aire. Akira estaba sentada contra el muro de su escuela en la ciudad de Kōbe. Se suponía que su hermano Satoshi pasaría a buscarla luego de las clases, luego irían, con su madre, a casa de su abuela ya que esta era la más cercana al búnker general.
Había pasado una hora cuando decidió que su hermano no llegaría y decidió partir hacia su casa, seguramente se encontraría con Satoshi en el camino.
 Este día era uno de los ansiados “Días Claros”, llamados así por los habitantes de Kōbe. Eran “claros” porque raramente en varias semanas el cielo podía verse con claridad. No había rastros de humo en el cielo ni de polvo en las calles y no se escuchaba ni una voz.
Había recorrido 6 cuadras cuando escuchó la primer bomba. Resonó en sus oídos sin piedad hasta aturdirla, luego cayó al piso de dolor. Definitivamente había caído muy cerca, a unas 10 o 15 cuadras seguramente. Levantó los ojos en dirección hacia donde creía, había caído la bomba. Vio cientos de personas que escapaban de sus casas y a toda velocidad descendían por las calles en dirección al búnker. Cuando logró ponerse en pie y recobrar la audición notó que la ciudad explotaba en gritos, nubes oscuras y enormes cubrían el cielo y su corazón casi se detuvo al ver que el humo y los gritos provenían de un hospital muy cercano a su casa. No había rastros de un Día Claro.
Enseguida supo que lo más coherente sería correr hacia el búnker y allí refugiarse, pero solo la idea de que su hermano se encontrara solo y con miedo, la paralizó y sin dudarlo siguió corriendo hacia su casa. Mientras corría debía esquivar escombros que cubrían el piso y el aire se sentía cada vez más pesado a medida que se acercaba hacia el hospital. Detrás suyo escuchó la segunda bomba.
Si la anterior fue mala, esta fue terrible. Supuso que habría caído a unas 4 cuadras de distancia. Sintió el piso vibrar a sus pies y el sonido fue mil veces más ensordecedor, escombros volaban a su alrededor, gritos desgarradores resonaban en sus oídos, en un segundo se encontró tirada en el piso, con el brazo sangrando, un fierro la había cortado. Siguió corriendo sin dudarlo, su mochila le pesaba toneladas, pero no podía dejarla.  Llegó a una esquina que por más que la recorriera cada día, no podía reconocerla, los destrozos eran de tal magnitud que no la distinguía.  “¡Satoshi!”, gritó con todas sus fuerzas pero nadie contesto, “¡SATOSHI!” gritó una segunda vez. Y esta vez pudo distinguir una frágil voz por debajo de los gritos a su alrededor. Era tan débil que no podía distinguir de dónde provenía. “¡SATOSHI!” gritó, y escuchó a su hermano llamarla, su voz sonaba tan triste que se hubiera inundado en un mar de lágrimas si eso no la hubiera hecho ver como una niña pequeña frente a su hermano.
 Satoshi estaba sepultado bajo una pila de escombros, casi una pared completa estaba sobre él, lo único que impedía que esta lo aplastara era una viga que la sostenía, pero también atrapaba su pierna sin dejarlo salir.
-¡Satoshi! ¡Satoshi! Tenemos que salir, tenemos que irnos al búnker. ¡Mamá! ¿¡Dónde está mamá!?
-Ya debe estar allí, le dije que se adelantara. Insistí en ir a buscarte.
Akira intentó mover con todas sus fuerzas la viga, pero era imposible hacerlo de una forma que no le destruyera la pierna a su hermano. Otra bomba cayó, pero esta vez más lejos. Akira ni la escuchó, solo pensaba en encontrar una forma de liberar a Satoshi, y ya perdía la esperanza cuando vio una piedra debajo de su pierna. La removió y su hermano pudo soltarse. Se abrazaron y por un momento se olvidaron de las bombas, de los gritos, de la muerte y la destrucción, y solo se abrazaron.
Rápidamente Akira se agachó para quitarse la mochila de la espalda, sacó un par de libros, carpetas y su Bento* vacío y la devolvió a sus hombros.
- ¿Por qué no solo la dejas aquí?- Le preguntó su hermano.
-No puedo.
Juntos siguieron caminando a la mayor velocidad que la pierna de Satoshi podía manejar. Aún se sentía aturdida y sentía que la herida de su brazo ahora cubierta de polvo y mugre latía haciéndola sentir aún peor. Llegaron al búnker y al abrir la escotilla escucharon la última bomba, más cerca que las anteriores y sin poder reaccionar ambos cayeron dentro, cerrando la puertecilla de un golpe.
Pasaron varios minutos hasta que Akira recuperó la conciencia, al despertar vio a su madre recostada a su lado y a su hermano sentado a sus pies.
- Akira. Estás despierta.- Le dijo Satoshi entusiasmado.- Mamá… mamá no está bien. Aún no había llegado al búnker cuando la tercera bomba cayó, aturdida tropezó y se golpeó al caer. Solo estamos esperando.
Y en ese momento Akira no tuvo miedo de verse como una niña pequeña frente a su hermano y se hundió en un mar de lágrimas. Las bombas seguían sonando arriba, acompañándola. Pasaron minutos, horas, días hasta que dejaron de sonar. Para ese entonces la comida ya escaseaba y el espacio en el búnker era cada vez más limitado. Cuando ya habían aceptado la idea de que morirían en ese agujero, la escotilla se abrió. Fuerzas militares japonesas los ayudaron a salir. Y una vez fuera Akira pudo presenciar por última vez como el sol brillaba sobre el hermoso rostro de su madre, era la imagen más preciosa que había visto en toda su vida. Junto con Satoshi se sentaron junto a su madre y la acompañaron en sus últimos minutos, sus caras fueron lo último que ella vio. Cuando paró de respirar, Akira no lloró, en su lugar abrió su mochila y tomo de su interior un pequeño cuadro empolvado en el que se veía una foto de los tres juntos en una vacaciones en China. Dejó el marco sobre el pecho de su madre con lágrimas en los ojos pero sin dejarlas salir.
-Adiós mamá.- Dijo Akira tomando de la mano a su hermano.
-Adios madre.- Repitió Satoshi.


Algunas aclaraciones sobre el idioma:

-Akira es un nombre japonés que significa "Luz, claridad"
- Satoshi significa "valentía, coraje, hábil"
-Sashimi es una comida tradicional japonesa.
-Bento es una comida japonesa para llevar. Vendría a ser la "vianda" que nos llevamos al liceo por ejemplo. 

miércoles, 16 de julio de 2014

De la A a la Z

Actitud bastaba, caminando derecho, estaba fascinado. 
       Gastaba hormonas inadvirtiendo jardines, kilómetros lejos mantenía novias.
                        Ñandúes observaba parpadeando.
Qué raros son todos, unos vuelan xenofóbicos, yacen zancadilleando.

cuento alec

Haciendo aquella larga fila esperando para subir, se me cruzaban todo tipo de pensamientos, y también recuerdos. Tiempos de infancia en los que lo único que les importaba a mis padres era mi bienestar, yo era el único que cenaba en casa, aunque algún día en el que el trabajo había sido bueno, cenaba mi madre. Pero mi padre casi nunca, o por lo menos yo, lo vi muy pocas veces cenar con nosotros. Toda la ganancia iba destinada a mi y a mi futuro. Tampoco es que había mucha ganancia, pero así son los padres, quieren lo mejor para sus hijos.
Subir para morir, morir para dar. Al terminar de formular esa frase en mi mente escuché mi nombre y subí.
Al llegar arriba, me encontré con un mundo de gente, demasiada para lo que yo estaba acostumbrado. Todo allí era lujo, trajes de gala, mujeres con las mejores joyas, se rumoreaba que estaba un ministro muy importante allí arriba, pero eso no era de mi importancia, o indirectamente si. Yo a pesar de no pertenecer a la elite social, estaba vestido adecuado a la situación, y siendo humilde, era una persona atractiva. Subí al ascensor, en el venia una mujer muy hermosa, con un largo vestido blanco, el cabello atado y dos aretes que parecían estar hechos de diamantes. Sorpresivamente ella fue quien me hablo:
-Buenas noches, soy Rose.
-Buenas noches, mi nombre es Sean.
-Un gusto, espero verlo en la cena de gala esta noche, de que ciudad viene?
-Ohh, emm, de la mejor parte de Londres señorita y usted?
-De Manchester.
Yo cada vez me ponía más colorado y más nervioso, por suerte justo llego el ascensor a destino y descendimos los dos, que al mismo tiempo hicimos el mismo ademan en señal de saludo.
Ya había bebido una o dos copas, había comido también esas comidas raras que te daban allí, a las que yo no estaba acostumbrado, no había sopa, solo caviar y pequeñas cosas para comer con la mano. El traje me incomodaba, estaba muy nervioso y ansioso porque llegase el momento, tenía que ser muy preciso y actuar al pie de la letra. Mi jefe había sido muy claro, al llegar la cena de gala tenía que actuar.
Para matar el tiempo y mi ansiedad subí a lo más alto, y pude observar la maravillosa paz que había allí, mas alla de el murmullo constante de las miles de personas que estaban, pero dentro mio encontré una paz inmensa, un último momento feliz en mi vida.
Por los altoparlantes sonó un anuncio acerca de la cena de gala, aquellos importantes rápidamente corrieron hacia adentro para formar parte de ella. Mientras, yo sabía que estaba llegando el momento de actuar.
Bajé al sótano donde estaba toda la parte técnica de asunto, estaba claro que no pertenecía ahí yo. Estaban todos con uniforme y yo con el traje. Al llegar abajo me cruce con un hombre de aspecto viejo y sabio, con un uniforme únicamente distinto a los demás. Este paró y me dijo:
-Buenas noches señor, que se le ofrece por aquí? Un importante como usted no debería estar por aquí.
Alcancé a ver el nombre que llevaba en el uniforme y le respondí:
-Disculpe Edward Jhon Smith, debo estar perdido.
-No hay problema –me dijo- puede salir por aquella escalera que está allí.
Hice que me iba a ir por aquella escalera, pero en cuanto se fue Edward regresé al sótano. Estuve a punto de fallar, el tiempo me estaba corriendo.
Pronto llegué a la zona en la que debía hacer mi trabajo. Corté la válvula por la cual ingresaba el líquido hidráulico del timon, luego alteré los niveles de vapor por los cuales se activaban los frenos y por último, aumenté la intensidad de las brasas que funcionaban como moderador de velocidad.
Mi trabajo estaba hecho, ahora era solo cuestión de minutos. Yo había actuado en tiempo y forma, estábamos en zonas de grandes bloques de hielo. Subí arriba de todo y me puse a observar. A lo lejos ya veía el objetivo, en cuestión de 6, 7 u 8 minutos todo se acabaría.
Pronto me puse a pensar en mi mujer y mis 3 hijas, en aquella maleta con 50.000 libras que le dejé a mi esposa sobre la cama antes de partir mientras dormía. Pensé en el futuro que dejé para mis hijas, sabiendo que no me tendrían más, pero yo también sabía que era la única forma que podrían salir de aquel barrio precario en el que no podían salir a la calle porque robaban, que podrían ir al colegio y a partir de allí formar ellas su propio futuro, yo solo sería el motor.
Estaba ubicado justo debajo del carajo. Comenzó a caer una fría lágrima sobre mi mejilla, yo era el único que sabía lo que en pocos  instantes iba a suceder. No se si fue la decisión más acertada, pero en su momento creí que era la correcta, y no había vuelta atrás.
Se escuchó el choque, y pocos segundos después todo era gritos y angustia, miles de personas que morirían ahogadas en el medio del océano.
Subí para morir, morí para dar.
Fui el primero en arrojarme hacia el agua, ya no tenía más que hacer.