viernes, 25 de julio de 2014

Recuerdos del sur- Micaela ortino


Desgraciadamente me toco nacer en un momento en que la vida se compraba y se vendía, por un par de monedas. Para ellos, solo era un objeto comercial intercambiable, eso era lo que éramos, solo objetos.
Al principio era un soñador en desarrollo. Creía que las cosas cambiarían y veía mi situación de la mejor manera posible, sin perder la fe. Y gracias a ella, no deje de sonreír ni cuando vi la cara de papa al ver el barco. Ese barco que nos llevaría a nuestro nuevo hogar, ese barco en el que la mugre y la suciedad se notaban más que la luz del día, ese barco en el que no existía comodidad alguna y donde papa no emitió ni una palabra.
Al llegar el panorama no era el esperado. Estábamos rodeados de cientos de campos de cultivo, en los que hombres de piel oscura trabajaban sin parar. No tuvimos presentación alguna, solo un hombre muy bien vestido se acercó hacia nosotros y dirigiéndose a mi padre y a mí nos gritó: “A trabajar”.
 Al principio pensaba que nuestros días no se basarían solo en la cosecha de aquellos campos. Además, pensaba que por ser pequeño me dejarían ir a jugar con los demás niños, amigos de ella, la hija del señor Christopher .Pero con el correr de los días me di cuenta de que me equivocaba.
El tiempo transcurría y nosotros estábamos en los campos desde la salida hasta la puesta del sol, sin importar si hacia frio o calor. Mama era una de las criadas que se encargaba de hacer la comida y el resto de las tareas domésticas. Dormíamos en una especie de casa, lo suficientemente grande para albergar a uno cien esclavos entre niños y adultos, donde el suelo era nuestra cama y en donde nuestros cuerpos se hallaban a la intemperie soportando los fríos climas invernales y los calores abrumadores que traía consigo el verano.  Todos los días nos daban solo un plato de guiso y un plato con agua, lo que nos llevaba a fraccionar la comida para que nos alcanzara para el resto del día y no nos muriéramos de hambre. Nunca nos bañábamos, no teníamos agua para hacerlo, por lo que bebíamos un poco de agua del plato y utilizábamos lo demás para asearnos con un trozo de tela que habíamos arrancado de nuestra ropa.
De vez en cuando, el descontento y el malestar se hacían notar entre todos.  Las quejas y los llantos no cesaban, pero cuando todos bajaban los brazos y se daban por vencidos, él se largaba a dar uno de sus discursos, esos en los que la esperanza volvía a ser el único pilar que nos mantenía  unidos y fuertes para luchar contra las fuerzas opresoras que nos alejaban de aquello que nos habían arrebatado, eso que nos enorgullecía con tan solo nombrar, nuestra libertad. Y era por aquel ser humano tan fuerte y decidido que sacaba la fuerza para seguir luchando contra la injusticia, contra la maldad y la tortura que representaba ser un emarginado social. Es por ello, que papa, representaba tanto para mí como para muchos otros un ejemplo a seguir, un ejemplo de lucha, de sacrificio, de sudor y esfuerzo.

Un día en el que como los demás arriaba la tierra buscándola a ella. Luego de un tiempo, la vi. Ahí estaba, con su vestido morado, y su hermosa sonrisa, era toda una princesa y yo decidí no quedarme atrás, sería su príncipe. Mientras el maestro de tareas junto con los peones nos llevaban al único receso que teníamos para almorzar, logre escabullirme entre las interminables filas de aquellos cuerpos desnudos y alcance a esconderme detrás del tronco de uno de los árboles del camino.
Recuerdo que espere hasta que se dispersaran hacia esa casa en la que dormíamos y fui tanteándome entre árbol y árbol hasta que llegue a la casa central y la distinguí. Estaba con sus demás amigos y corrían de un lado al otro, con toda la alegría y la belleza que la caracterizaba. En el preciso instante en que  la vi acercarse de espaldas, salí a su encuentro y la salude amablemente para no sobresaltarla.  Ella voltio y tras vacilar un momento me devolvió el saludo y me invito a jugar con ellos. En ese momento, la mirada de los demás niños se había detenido en mí y no me importaba su indiferencia porque ella me trataba como a cualquier otro, por lo que proseguí preguntando  sobre que se trataba.  Me explico que el juego consistía en esconderse en algún lugar mientras uno llevaba la cuenta y salía en búsqueda de todos. Me pareció divertido y como no me detuve a analizar la situación que estaba viviendo solo mire a mí alrededor buscando algún escondite. Nunca voy a olvidar el momento en el que me agarro de la mano y con su linda sonrisa nos llevó a escondernos a aquel quincho. Como tampoco voy a olvidar como se fue con la excusa de fijarse como marchaba el juego y no regresar jamás. Pero lo que si voy a recordar por el resto de mi vida es la imagen de las puertas del quincho abriéndose de par en par y como el señor Christopher hacia presencia por primera vez ante mí con un látigo que colgaba de su mano derecha. Lo que siguió a continuación fue tan doloroso que mi mente decidió omitir algunas escenas, pero el ardor y el dolor, sumado a mis gemidos fueron más intensos y no lograron librar a mi mente de aquellos horrorosos recuerdos. Recuerdo como mi puño cerrado presionaba con fuerza los pajares del piso, como mi cuerpo que yacía de espaldas en el lecho de aquel tronco, se sumergía en un mar de sufrimientos desgarradores que se hacían notar entre suplicas y sollozos y como el sentimiento de venganza, de resentimiento y de traición se apoderaban de mi mente, no podía creer a la vez, que ella me hubiera traicionado y eso era algo que nunca olvidaría.
Después de ese día ya nada era como antes. Mi padre miraba las cosas con un rencor casi indescriptible y con un dolor que lo estaba consumiendo por dentro. Sus discursos de lucha  ya no eran los mismos, pero a pesar de todo seguía en pie gracias a esa valentía que lo caracterizaba.
Ese día, terminaba de arriar la tierra junto con papa antes del receso alimentario, pero algo nos detuvo a todos a escuchar atentamente. Se oían bullicios a lo lejos, tiros y una humareda que se acercaba lentamente hacia nosotros. Los peones se montaron en sus caballos y empezaron a cabalgar velozmente como en una especie de huida.
Ninguno de nosotros entendía con exactitud lo que estaba pasando, pero cuando los vimos, confirmamos todas nuestras sospecha. Allí estaban, montados a caballo, con sus instrumentos desdoblados, que lanzaban una polvoreada al aire en señal de victoria.
Todos exclamaban gritos de alegría y una sonrisa de dibujaba poco a poco en la cara de toda la gente, porque eso éramos, gente. Hasta papa se mostraba gratificado y contento, algo que no notaba hacia mucho y eso me llenaba de felicidad. En cambio, yo estaba feliz pero todavía los aires libertadores no dejaban atrás mis aspiraciones, tenía un objetivo preciso y necesitaba cumplirlo.
Mientras las tropas  del norte revisaban la casa y apresaban a los ex mandatarios de la confederación yo lo buscaba. No hallaban ni un rastro de el por ningún lado, pero solo yo, tras pensarlo un momento, sabia donde estaba y di en blanco. En el descuido de uno de los guardias tome un fusil  y lo lleve conmigo hasta aquel lugar.
Al abrir la trastabillada puerta de esa deplorable casa que nos había acobijado en los últimos meses, lo distinguí, trato de escapar por la parte trasera pero se halló arrinconado y se detuvo. Recuerdo como me suplico arrodillado en el piso y como el poder del fusil culminaba en mí, por lo que sin pensarlo dos veces, accione la palanca. En el preciso instante, en el que el cartucho calibre 44 salía expulsado de la boca del fusil con una carga propulsora de28 gramos de pólvora negra un cuerpo se interpuso en su camino y le termino dando al blanco equivocado. En el piso con un tiro en el medio del pecho, yacía mi padre, con mirada vacilante. Nunca voy a entender porque lo hizo, pero la libertad no valía nada sin su compañía.
El 9 de mayo de 1865 no solo significo, el reconocimiento de mi dignidad como persona y la libertad esperada por muchos esclavos sino también la pérdida de un hombre que me enseño como enfrentar la vida en busca de mis sueños.


1 comentario:

  1. Micaela: si bien construís una buena historia, no logra conmover como podría porque los hechos se presentan de tal manera que resultan muy previsibles y un tanto inverosímiles por la facilidad con que se resuelven y el vínculo de los niños en semejante contexto. Tampoco construís la época sino que la das por sobreentendida. queda pendiente incorporar recursos, tener en cuenta al lector, repensar artificio, extrañamiento...
    Rever construcción de oraciones, tiempos verbales, puntuación, párrafos, vocabulario (términos mal usados), ortografía.
    Nota: 6

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