Toda la vida por delante
1383
– ¡Guerra, plaga y desgracias! El fin del
mundo se acerca, recuerden mis palabras.
El ruido de las conversaciones llenaba la
taberna, cuando un hombre entró, sin que nadie se fijara en él.
–Miren, yo vi a la muerte; perdí a la mitad de mi
aldea a la peste negra y peleé en la guerra contra Castilla, y ya saben el
desastre que fue. No es como si no conociera a la muerte.
–Sos un tonto, Geoffrey. La muerte alcanza a
todos. Treinta años, si escapas a la plaga y a los franceses. Cincuenta, con
buena fortuna, y si a Dios le place. Más no vas a durar.
El recién llegado observó a la gente,
escuchando sus conversaciones, pero sin hablar con nadie.
–La única razón por la que la gente muere,
es porque todos los demás lo hacen. Tan sólo están siguiendo la corriente
–respondió –. La muerte no sirve para nada. No quiero nada que ver con ella
–dijo mientras tomaba un trago –. Digo, ¿para qué sirve? Piénsenlo. Yo tomé mi
decisión en la última batalla contra Castilla. “Geoffrey Gidlow,” me dije,
“todos los hombres y mujeres mueren, dicen--”
–Excepto por el judío errante, que le negó
agua a nuestro señor –señaló un viejo.
–Bueno… todos mueren, excepto tal vez por
el judío errante, pero ¿por qué tengo que hacerlo yo? Tal vez tenga suerte;
siempre hay un primera vez –dijo con una sonrisa –. Hay tanto por lo que vivir,
tantas cosas que ver, tanta gente con la que beber. Ustedes tal vez mueran
–otro trago –probablemente lo hagan, porque son estúpidos, pero no yo –dijo
riendo, pero muy en serio.
–¿Te escuché decir que no tienes intención
de morir nunca? –el hombre recién llegado se había acercado sin que nadie se
diera cuenta, y estaba parado al lado de Geoffrey, inclinado sobre él.
–Em… sí, así es –respondió, sorprendido.
No lo había visto, pese a lo llamativo de su elegante vestimenta, completamente
gris, de su piel, blanca como la nieve, y de su cabello, negro como la noche
más oscura –. Es un juego de
tontos, y no voy a tomar parte en él.
–Entonces tenés que decirme cómo se
siente. Juntémonos otra vez. En esta misma taberna. En cien años.
Todos los que escuchaban comenzaron a reír:
–¡Ahí te agarró, Geoff!
–¡Cien años, sí, y yo soy el papa Urbano!
Pero Geoffrey no escuchó. Miró al hombre,
que le sostuvo la mirada, con sus ojos indescifrables, tan negros que no se
podía distinguir entre su pupila y su iris, y respondió:
–No les prestes atención. Son necios como
mulas. Cien años, en este día. Te veré en el año 1483 de nuestro señor,
entonces –se miraron por unos segundos, y luego el hombre de gris se marchó.
–¿Quién era ese, Geoff?
–No tengo ni la más mínima idea. Pero te
diré qué, Abraham. Se lo preguntaré la próxima vez que lo vea, en cien años.
–Jajajajajaja… para, por favor. No puedo
reír más, me vas a matar.
1483
–¿Cómo supiste? ¿Quién sos? ¿Un brujo?
¿Un santo? ¿Un demonio? ¿Hice involuntariamente un trato con el diablo?
–increpó Geoffrey.
–No, simplemente estoy… interesado. Veo que no has
muerto –respondió el hombre, sentado al otro lado de la mesa en su
característico tono inexpresivo.
–Ja. No. Diría lo mismo de vos, pero estás
tan pálido que tal vez me equivoque –se veía exactamente igual, excepto por sus
ropas, que eran más modernas, pero del mismo color gris.
–Sí, podrías. Vine porque estoy
interesado. La muerte no te va a tocar, Geoffrey Gidlow, a menos que eso es lo
que quieras –por primera vez, Geoffrey se quedó callado, sin dar crédito a lo
que oía –. Así que… ¿qué estuviste haciendo estos últimos cien años?
–Mismo trabajo que antes. Mercenario, más
que nada, y bandido, cuando no podía encontrar lo que llamarías exactamente una
guerra. Hace poco empecé a trabajar para un amigo, en un nuevo negocio. Se llama
impresión. No va a durar, pero es mucho mejor que cultivar zanahorias en la
tierra.
–¿Así que todavía querés vivir?
–Sí.
–¿Cien años, entonces?
–Oh sí.
1583
El sujeto de gris entró a la taberna,
considerablemente más limpia, con una chimenea, y ya sin agujeros en las
paredes.
–¡Mi amigo! Siéntate, tengo un par de
botellas para nosotros, ya empecé con una –lo recibió Geoffrey, rebosante de
alegría.
–Hola, Geoffrey.
–Eso me lleva atrás algunos años. Ahora es
Sir Wilhelm Manning. Oh, los dioses han sonreído sobre mí. Veamos… la última
vez que nos vimos estaba trabajando en la imprenta, hice algo de oro con eso,
lo puse en los barcos de transporte de mercancías, hice un pila. Fui al norte,
volví como mi hijo y seguí con el negocio de las naves de comercio –contó –.
¡Doncella, más vino! Hice una pequeña fortuna, y una generosa donación a la
corona me valió el título de caballero. ¡La vida es tan buena! Y eso no es
todo, mira esto –sacó de un bolsillo un pequeño retrato de él junto a una mujer
con un bebé en brazos –. Mi hermosa Lisbeth, y mi pequeño Austin. Es curioso…
así es como soñé que sería el cielo… hace doscientos años. Las calles son
limpias y seguras, hay mucha comida y buen vino. La vida es tan buena.
Habló y habló, mientras comía, pero no le
preguntó nada; era un hombre simple, y su vida iba bien, así que se limitó a
cumplir su parte del trato. Luego de que el sujeto de gris se marchara, Wilhelm
se quedó comiendo.
–Pan blanco –dijo, con la boca llena, en
voz alta –. Podría haber matado por un poco hace doscientos años. De hecho creo
que lo hice, un par de veces –reflexionó –. Tengo todo por delante para vivir.
Y ningún lugar para ir, excepto arriba.
1683
–¡Déjenme pasar, estúpidos! –un tumulto en
la entrada atrajo todas las miradas del salón.
–¡Vete, roñoso! Esta taberna es para gente
decente.
–Déjenlo, es mi invitado –ordenó el hombre
de gris desde su mesa, con la comida ya servida.
–Sabía que estarías aquí –dijo
groseramente –. ¿Tienes idea de lo hambriento que se puede poner un hombre si
no se muere, pero no come?
–dijo groseramente Wilhelm, mientras ignoraba los cubiertos y tomaba con sus
manos una pata de pollo de la mesa.
<<Ella murió. En el parto. Lisbeth. Ni
siquiera recuerdo cómo se veía. Empeñé su retrato hace más de cincuenta años
–relató, entre bocados –. Austin murió en un riña en una taberna, a los veinte
años. No salí mucho después de eso. Estuve allí por cuarenta años, me confié
demasiado. Trataron de ahogarme por brujo. Salí con mi piel y poco más. Después
se puso peor, y peor, y –tragó un bocado –… peor. Luego luché por el rey en la
guerra del Parlamento, un gran error, sí. Odié cada segundo de los últimos ocho
años. Cada maldito segundo.
¿Tienes idea de lo que es eso?
–¿Y todavía deseas vivir? ¿No deseas el
descanso de la muerte?
–¿Estás loco? La muerte es un juego de tontos.
Tengo tanto por lo que vivir.
1783
–Es un negocio. Magnífico sistema,
realmente. Llevamos productos de algodón a África, subimos un cargo de negros,
el mismo barco los lleva a través del Atlántico, y vuelve con tabaco, azúcar y
algodón en bruto –explicó Wilhelm, sentado en un sillón en un cuarto
privado muy elegante, tomando pequeños sorbos de una taza de té.
–¿Tomas orgullo en tratar a tus compañeros
humanos como menos de animales? –por primera vez en cuatrocientos años, Wilhelm
sintió que su antiguo conocido lo juzgaba, pero sus palabras, sin rastro de
emoción alguna, podrían no indicar nada más que curiosidad, o quizás algo más.
–Como dije, es un negocio –la entrevista
siguió como siempre, y Wilhelm le relató todo lo que pudo recordar. Su
situación había mejorado de nuevo. Así es la vida. Pero luego llevó la
conversación a donde a él le interesaba, para satisfacer sus propias dudas –.
Han pasado cuatrocientos años ya, y hay tanto que todavía no sé. ¿Quién sos, realmente?
¿Cuál es tu nombre? –pero fue interrumpido por la intrusión al cuarto de tres
hombres, uno rubio y delgado, y otros dos, corpulentos y de aspecto amenazador.
–¡Ah! Tal vez les pregunte eso mismo a los
dos –prorrumpió el muchacho rubio, mientras los otros dos los tomaban por
detrás y les ponían navajas junto al cuello –. No se molesten en levantarse.
–No creo haber tenido el placer de
conocerlo, señor –dijo Wil, con una sonrisa, a pesar de sentir el metal contra
su yugular. Ya sabía que nada le podía pasar.
–Cuentan una historia, en éstas partes de
Londres, que el diablo y el judío errante se juntan, una vez cada cien años, en
una taberna. Por tres años planeé nuestro rendez
vous –explicó el joven, con
tono satisfecho –. Bueno, ¿no tienen nada que decir?
–Yo no soy ningún demonio –dijo el hombre
de gris, con su rostro de mármol blanco.
–Y yo no soy judío –bromeó Wil.
–Ya descubriremos qué clase de criaturas
son. Ahora síganme, hay mucho que pueden contarme. Hay tanto por aprender…
–dijo el muchacho, impaciente.
–No. No lo creo –exclamó, imponente, el hombre de gris
mientras soplaba de su mano un polvo que durante un segundo iluminó la
habitación.
Sin tener tiempo para reaccionar, los tres
captores cayeron al suelo. Los dos viejos conocidos se levantaron y se
sacudieron. Wilhelm miró con desdén al joven rubio. Tenía los ojos en blanco y
parecía temblar.
–¿Qué les has hecho?
–Sus cuerpos siguen aquí, pero sus mentes
están en un lugar muy lejano. Se encuentran reunidos con sus fantasmas del
pasado –respondió, con las manos en los bolsillos, sin un ápice de interés por
lo que les sucediera a esos sujetos. Luego se dio vuelta y lo miró directamente
a los ojos –. Es una cosa muy mala, el esclavizar a otro. Te sugiero que
encuentres otra línea de trabajo.
1883
–Me di cuenta de que no soy el único que
no muere. Hay una mujer, que habré visto una docena de veces, aunque no siempre
me recuerda. También está el viejo Noam DeWitt, en Goldfarb Street. Debe haber
estado allí por lo menos ciento cincuenta años. ¿La muerte es caprichosa, no? –dijo
Wilhelm, llevándose un puro a la boca.
–Sí, así es.
–Creo que sé porque nos encontramos aquí,
siglo tras siglo. No es porque vos quieras saber qué es lo que le pasa a una
persona cuando no muere; ya viste lo que pasa. Dudo ser más sabio que lo que
era hace quinientos años. Aprendí de mis errores, pero tuve más tiempo para
cometer más errores. Tenías razón acerca del tráfico de esclavos. Nunca me voy
a restituir de eso, pero… –dudó
un momento, y volvió a empezar –conozco a la gente, y no cambiamos, no en las
cosas más importantes. Dudo alguna vez querer morir. Vos lo supiste desde el
comienzo. Yo creo que estás acá por otra cosa.
–¿Y eso qué sería? –su rostro de mármol
levantó un ceja, y Wil se entusiasmó.
–Amistad. Creo que estás solo.
–¿Insinuás que yo me haría amigo de un
mortal? ¿Que uno de mi clase necesitaría compañía? ¿Te atrevés a llamarme
solitario? –se levantó, colérico. Se dio media vuelta y se dirigió hacia la
puerta.
–Sí, me atrevo. Te digo que. Estaré aquí
en cien años. Si vos estas aquí también es porque somos amigos. Ninguna otra
razón, ¿No?... ¿No?
1983
–Yo… no estaba seguro de que fueses a
venir –dijo el mismo Wil sonriente de siempre, excepto esta vez vestido de
traje y corbata completamente azules y con un L&B en la boca.
–¿En serio? Siempre escuché que es descortés
dejar a los amigos esperando. ¿Querés un trago?
Guido: encontrás una manera personal e interesante de dar cuenta de la propuesta, aunque no construís una época ni varias, sino que los hechos se ubican temporalmente y el resto queda sobreentendido. Hubiera sido impactante ver al protagonista y conocer un poco más de su historia; se diluye ya que lo limitás a esa confrontación centenaria que prolonga su vida. Esta falta de encarnadura impide que el lector se conmueva y sienta con el personaje. Creo que el relato ganaría si no recurrieras al diálogo como único recurso; cada etapa podría responder a un formato acorde con la época o alternar pasajes narrativos.
ResponderEliminarRever uso de conectores lógicos, concordancia, vocabulario.
Nota: 8