miércoles, 23 de julio de 2014

Cuento - Guido Di Marco

Toda la vida por delante

1383
– ¡Guerra, plaga y desgracias! El fin del mundo se acerca, recuerden mis palabras.
El ruido de las conversaciones llenaba la taberna, cuando un hombre entró, sin que nadie se fijara en él.
–Miren, yo vi a la muerte; perdí a la mitad de mi aldea a la peste negra y peleé en la guerra contra Castilla, y ya saben el desastre que fue. No es como si no conociera a la muerte.
–Sos un tonto, Geoffrey. La muerte alcanza a todos. Treinta años, si escapas a la plaga y a los franceses. Cincuenta, con buena fortuna, y si a Dios le place. Más no vas a durar.
El recién llegado observó a la gente, escuchando sus conversaciones, pero sin hablar con nadie.
–La única razón por la que la gente muere, es porque todos los demás lo hacen. Tan sólo están siguiendo la corriente –respondió –. La muerte no sirve para nada. No quiero nada que ver con ella –dijo mientras tomaba un trago –. Digo, ¿para qué sirve? Piénsenlo. Yo tomé mi decisión en la última batalla contra Castilla. “Geoffrey Gidlow,” me dije, “todos los hombres y mujeres mueren, dicen--”
–Excepto por el judío errante, que le negó agua a nuestro señor –señaló un viejo.
–Bueno… todos mueren, excepto tal vez por el judío errante, pero ¿por qué tengo que hacerlo yo? Tal vez tenga suerte; siempre hay un primera vez –dijo con una sonrisa –. Hay tanto por lo que vivir, tantas cosas que ver, tanta gente con la que beber. Ustedes tal vez mueran –otro trago –probablemente lo hagan, porque son estúpidos, pero no yo –dijo riendo, pero muy en serio.
–¿Te escuché decir que no tienes intención de morir nunca? –el hombre recién llegado se había acercado sin que nadie se diera cuenta, y estaba parado al lado de Geoffrey, inclinado sobre él.
–Em… sí, así es –respondió, sorprendido. No lo había visto, pese a lo llamativo de su elegante vestimenta, completamente gris, de su piel, blanca como la nieve, y de su cabello, negro como la noche más oscura –. Es un juego de tontos, y no voy a tomar parte en él.
–Entonces tenés que decirme cómo se siente. Juntémonos otra vez. En esta misma taberna. En cien años.
Todos los que escuchaban comenzaron a reír:
–¡Ahí te agarró, Geoff!
–¡Cien años, sí, y yo soy el papa Urbano!
Pero Geoffrey no escuchó. Miró al hombre, que le sostuvo la mirada, con sus ojos indescifrables, tan negros que no se podía distinguir entre su pupila y su iris, y respondió:
–No les prestes atención. Son necios como mulas. Cien años, en este día. Te veré en el año 1483 de nuestro señor, entonces –se miraron por unos segundos, y luego el hombre de gris se marchó.
–¿Quién era ese, Geoff?
–No tengo ni la más mínima idea. Pero te diré qué, Abraham. Se lo preguntaré la próxima vez que lo vea, en cien años.
–Jajajajajaja… para, por favor. No puedo reír más, me vas a matar.

1483
–¿Cómo supiste? ¿Quién sos? ¿Un brujo? ¿Un santo? ¿Un demonio? ¿Hice involuntariamente un trato con el diablo? –increpó Geoffrey.
–No, simplemente estoy… interesado. Veo que no has muerto –respondió el hombre, sentado al otro lado de la mesa en su característico tono inexpresivo.
–Ja. No. Diría lo mismo de vos, pero estás tan pálido que tal vez me equivoque –se veía exactamente igual, excepto por sus ropas, que eran más modernas, pero del mismo color gris.
–Sí, podrías. Vine porque estoy interesado. La muerte no te va a tocar, Geoffrey Gidlow, a menos que eso es lo que quieras –por primera vez, Geoffrey se quedó callado, sin dar crédito a lo que oía –. Así que… ¿qué estuviste haciendo estos últimos cien años?
–Mismo trabajo que antes. Mercenario, más que nada, y bandido, cuando no podía encontrar lo que llamarías exactamente una guerra. Hace poco empecé a trabajar para un amigo, en un nuevo negocio. Se llama impresión. No va a durar, pero es mucho mejor que cultivar zanahorias en la tierra.
–¿Así que todavía querés vivir?
–Sí.
–¿Cien años, entonces?
–Oh sí.

1583
El sujeto de gris entró a la taberna, considerablemente más limpia, con una chimenea, y ya sin agujeros en las paredes.
–¡Mi amigo! Siéntate, tengo un par de botellas para nosotros, ya empecé con una –lo recibió Geoffrey, rebosante de alegría.
–Hola, Geoffrey.
–Eso me lleva atrás algunos años. Ahora es Sir Wilhelm Manning. Oh, los dioses han sonreído sobre mí. Veamos… la última vez que nos vimos estaba trabajando en la imprenta, hice algo de oro con eso, lo puse en los barcos de transporte de mercancías, hice un pila. Fui al norte, volví como mi hijo y seguí con el negocio de las naves de comercio –contó –. ¡Doncella, más vino! Hice una pequeña fortuna, y una generosa donación a la corona me valió el título de caballero. ¡La vida es tan buena! Y eso no es todo, mira esto –sacó de un bolsillo un pequeño retrato de él junto a una mujer con un bebé en brazos –. Mi hermosa Lisbeth, y mi pequeño Austin. Es curioso… así es como soñé que sería el cielo… hace doscientos años. Las calles son limpias y seguras, hay mucha comida y buen vino. La vida es tan buena.
Habló y habló, mientras comía, pero no le preguntó nada; era un hombre simple, y su vida iba bien, así que se limitó a cumplir su parte del trato. Luego de que el sujeto de gris se marchara, Wilhelm se quedó comiendo.
–Pan blanco –dijo, con la boca llena, en voz alta –. Podría haber matado por un poco hace doscientos años. De hecho creo que lo hice, un par de veces –reflexionó –. Tengo todo por delante para vivir. Y ningún lugar para ir, excepto arriba.

1683
–¡Déjenme pasar, estúpidos! –un tumulto en la entrada atrajo todas las miradas del salón.
–¡Vete, roñoso! Esta taberna es para gente decente.
–Déjenlo, es mi invitado –ordenó el hombre de gris desde su mesa, con la comida ya servida.
–Sabía que estarías aquí –dijo groseramente –. ¿Tienes idea de lo hambriento que se puede poner un hombre si no se muere, pero no come? –dijo groseramente Wilhelm, mientras ignoraba los cubiertos y tomaba con sus manos una pata de pollo de la mesa.
<<Ella murió. En el parto. Lisbeth. Ni siquiera recuerdo cómo se veía. Empeñé su retrato hace más de cincuenta años –relató, entre bocados –. Austin murió en un riña en una taberna, a los veinte años. No salí mucho después de eso. Estuve allí por cuarenta años, me confié demasiado. Trataron de ahogarme por brujo. Salí con mi piel y poco más. Después se puso peor, y peor, y –tragó un bocado –… peor. Luego luché por el rey en la guerra del Parlamento, un gran error, sí. Odié cada segundo de los últimos ocho años. Cada maldito segundo. ¿Tienes idea de lo que es eso?
–¿Y todavía deseas vivir? ¿No deseas el descanso de la muerte?
–¿Estás loco? La muerte es un juego de tontos. Tengo tanto por lo que vivir.

1783
–Es un negocio. Magnífico sistema, realmente. Llevamos productos de algodón a África, subimos un cargo de negros, el mismo barco los lleva a través del Atlántico, y vuelve con tabaco, azúcar y algodón en bruto –explicó Wilhelm, sentado en un sillón en un cuarto privado muy elegante, tomando pequeños sorbos de una taza de té.
–¿Tomas orgullo en tratar a tus compañeros humanos como menos de animales? –por primera vez en cuatrocientos años, Wilhelm sintió que su antiguo conocido lo juzgaba, pero sus palabras, sin rastro de emoción alguna, podrían no indicar nada más que curiosidad, o quizás algo más.
–Como dije, es un negocio –la entrevista siguió como siempre, y Wilhelm le relató todo lo que pudo recordar. Su situación había mejorado de nuevo. Así es la vida. Pero luego llevó la conversación a donde a él le interesaba, para satisfacer sus propias dudas –. Han pasado cuatrocientos años ya, y hay tanto que todavía no sé. ¿Quién sos, realmente? ¿Cuál es tu nombre? –pero fue interrumpido por la intrusión al cuarto de tres hombres, uno rubio y delgado, y otros dos, corpulentos y de aspecto amenazador.
–¡Ah! Tal vez les pregunte eso mismo a los dos –prorrumpió el muchacho rubio, mientras los otros dos los tomaban por detrás y les ponían navajas junto al cuello –. No se molesten en levantarse.
–No creo haber tenido el placer de conocerlo, señor –dijo Wil, con una sonrisa, a pesar de sentir el metal contra su yugular. Ya sabía que nada le podía pasar.
–Cuentan  una historia, en éstas partes de Londres, que el diablo y el judío errante se juntan, una vez cada cien años, en una taberna. Por tres años planeé nuestro rendez vous –explicó el joven, con tono satisfecho –. Bueno, ¿no tienen nada que decir?
–Yo no soy ningún demonio –dijo el hombre de gris, con su rostro de mármol blanco.
–Y yo no soy judío –bromeó Wil.
–Ya descubriremos qué clase de criaturas son. Ahora síganme, hay mucho que pueden contarme. Hay tanto por aprender… –dijo el muchacho, impaciente.
No. No lo creo –exclamó, imponente, el hombre de gris mientras soplaba de su mano un polvo que durante un segundo iluminó la habitación.
Sin tener tiempo para reaccionar, los tres captores cayeron al suelo. Los dos viejos conocidos se levantaron y se sacudieron. Wilhelm miró con desdén al joven rubio. Tenía los ojos en blanco y parecía temblar.
–¿Qué les has hecho?
–Sus cuerpos siguen aquí, pero sus mentes están en un lugar muy lejano. Se encuentran reunidos con sus fantasmas del pasado –respondió, con las manos en los bolsillos, sin un ápice de interés por lo que les sucediera a esos sujetos. Luego se dio vuelta y lo miró directamente a los ojos –. Es una cosa muy mala, el esclavizar a otro. Te sugiero que encuentres otra línea de trabajo.

1883
–Me di cuenta de que no soy el único que no muere. Hay una mujer, que habré visto una docena de veces, aunque no siempre me recuerda. También está el viejo Noam DeWitt, en Goldfarb Street. Debe haber estado allí por lo menos ciento cincuenta años. ¿La muerte es caprichosa, no? –dijo Wilhelm, llevándose un puro a la boca.
–Sí, así es.
–Creo que sé porque nos encontramos aquí, siglo tras siglo. No es porque vos quieras saber qué es lo que le pasa a una persona cuando no muere; ya viste lo que pasa. Dudo ser más sabio que lo que era hace quinientos años. Aprendí de mis errores, pero tuve más tiempo para cometer más errores. Tenías razón acerca del tráfico de esclavos. Nunca me voy a restituir de eso, pero…  –dudó un momento, y volvió a empezar –conozco a la gente, y no cambiamos, no en las cosas más importantes. Dudo alguna vez querer morir. Vos lo supiste desde el comienzo. Yo creo que estás acá por otra cosa.
–¿Y eso qué sería? –su rostro de mármol levantó un ceja, y Wil se entusiasmó.
–Amistad. Creo que estás solo.
–¿Insinuás que yo me haría amigo de un mortal? ¿Que uno de mi clase necesitaría compañía? ¿Te atrevés a llamarme solitario? –se levantó, colérico. Se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.
–Sí, me atrevo. Te digo que. Estaré aquí en cien años. Si vos estas aquí también es porque somos amigos. Ninguna otra razón, ¿No?... ¿No?

1983
–Yo… no estaba seguro de que fueses a venir –dijo el mismo Wil sonriente de siempre, excepto esta vez vestido de traje y corbata completamente azules y con un L&B en la boca.
–¿En serio? Siempre escuché que es descortés dejar a los amigos esperando. ¿Querés un trago?

1 comentario:

  1. Guido: encontrás una manera personal e interesante de dar cuenta de la propuesta, aunque no construís una época ni varias, sino que los hechos se ubican temporalmente y el resto queda sobreentendido. Hubiera sido impactante ver al protagonista y conocer un poco más de su historia; se diluye ya que lo limitás a esa confrontación centenaria que prolonga su vida. Esta falta de encarnadura impide que el lector se conmueva y sienta con el personaje. Creo que el relato ganaría si no recurrieras al diálogo como único recurso; cada etapa podría responder a un formato acorde con la época o alternar pasajes narrativos.
    Rever uso de conectores lógicos, concordancia, vocabulario.
    Nota: 8

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