martes, 22 de julio de 2014

Cuento: La Cosecha. Verónica Santero

La Cosecha

“Cortés se aposentó en el templo de los ídolos con todos los españoles, y cupieron muy a placer, porque tiene un patio y unas salas muy buenas y grandes”
López de Gómara

  El sol está por encima de Kekek. Las gotas de transpiración recorren los surcos que forman sus arrugas. Sus manos están ásperas por la tierra que se le pega a la piel. El calor, sin embargo, no interrumpe su trabajo. Desgrana las mazorcas y las coloca en un saco que le cuelga del hombro. Está cansado.  Se detiene al escuchar la voz cálida de Erandi que lo llama e inmediatamente se pone en marcha. Erandi, siempre a disposición de la tribu. Erandi, su sabiduría es mayor que las montañas. Erandi, en su cuerpo avejentado vive un alma jovial. El camino que recorre Kekek está lleno de piedras y pastizales altos que le hacen en muchos casos perder el equilibrio y en un momento se cae. A decir verdad, él nunca fue muy cuidadoso. Pero desde que sus ojos se petrificaron puede excusar sus torpezas. Aunque Erandi ya no habla, Kekek sabe que se dirige al lugar correcto porque huele el atole. El dulce aroma lo inunda de recuerdos de su infancia con su hermana Kamise. Solo un intercambio de miradas bastaba para entenderse. Se entristece y maldice el momento en que la oscuridad se apoderó de él. Apenas recuerda su rostro.
  Se sienta a beber el atole y escucha la conversación que está teniendo Erandi con otro miembro de la tribu. Hablan de un grupo de tropas extranjeras que ha llegado a sus tierras. No se siente sorprendido. Unos días atrás escuchó lenguas no pertenecientes a su origen y se asustó. Pensó que estaba perdido pero luego comprendió que seguía en su aldea.
  Ahora que el cielo se tiñe de naranja, todos caminan hacia el templo del Sol a rendir culto por la buena cosecha. El tumulto de aldeanos, entre los que se encuentra Kekek, se paraliza al entrar. Al primer momento de silencio mortificante le sigue una ola de gritos, quejas y lamentos. El eco multiplica la intensidad de los sonidos. Kekek no logra soportar el daño que sus oídos reciben.  Aunque no ve las  cruces sobre los pilares ni tampoco las imágenes de una virgen que atropella y ahoga sin decoro toda creencia y valor de su sociedad, logra percibir la amenaza. Se abre paso entre la multitud de gente que ahora se acerca de todos lados para presenciar aquello de lo que él escapa.
Corre sin rumbo por un tiempo. De repente sus pies se sumergen en el agua. Seguramente es la que usan para regar los cultivos. Se sienta en un tronco que yace a un costado del río y cierra los ojos, reflejo que le había quedado de pequeño cuando quería escaparse de aquello que lo acechaba. Escucha el agua correr y salpicar la tierra que tanto valora. Su casa.
  La tranquilidad que había conseguido finalmente en ese momento se alborota. PUM Un ruido fuerte lo hace estremecerse. Su corazón se acelera. El sonido es corto, vacío, seco e inquietante. Escucha el aleteo precipitado de unos pájaros que levantan vuelo justo por encima de él. La brisa que provocan lo despeina. Otro ruido PUM y otros PUM PUM. El suelo bajo sus pies tiembla por los animales que van en busca de refugio. PUM Comienza a correr. Pese al miedo se dirige hacia ese sonido  con un solo objetivo en mente: encontrar a Erandi. PUM. Esos sonidos intensos se acrecientan con los llantos y gritos de los aldeanos. PUM PUM PUM. Está más cerca e identifica los sollozos de su población que se mezclan con voces extranjeras. A pesar de la ola de sufrimiento que presencia, logra escuchar la voz de Erandi que lo llama. Se le hace difícil alcanzarla. Intenta caminar con un paso acelerado pero se tropieza y cae al suelo sobre algo. Reconoce el cuerpo de un hombre y sus manos tocan algo húmedo y viscoso. Kekek se momifica por un momento y después respira hondo. No es una buena idea: el hedor a sangre caliente le sube al cerebro y lo hace vomitar. Se olvida de su malestar cuando Erandi le grita que vaya a su alcance. Ya no intenta correr porque sabe que se va a encontrar con muchos obstáculos, así que prefiere ir tanteando.  PUM PUM PUM, el ruido tapa la voz de ella. Kekek sigue. Es el camino más largo que recorre, la gente lo choca, se tropieza, vuelve a pararse, se cae PUM PUM. Sigue avanzando cuando PUM un dolor agudo en su pecho lo hace balancearse hasta caer. Se siente mareado. Instantáneamente apoya sus manos sobre la herida y siente cómo éstas se manchan de un líquido. Sabe por sus recuerdos que es de color oscuro como la  noche. Oye, aunque con dificultad por estar aturdido, la voz de Erandi que ahora es cercana. Con un último esfuerzo Kekek estira sus brazos hacia la cara de ella. Su piel siempre suave como la seda. Recorre con sus dedos sus labios gruesos que están agrietados y secos. Su nariz fina y respingada. Desliza sus dedos hasta los ojos, Erandi los cierra. Los dedos de Kekek se humedecen por las lágrimas de esta. Luego recorre su frente hasta llegar al pelo largo y grueso. Kekek toma unos mechones y los lleva detrás de la oreja.  
  El ruido que provoca la muerte de los aldeanos continúa, los gritos también. Pero por primera vez Kekek no escucha nada. Y en su último suspiro reconstruye en su mente la imagen perfecta de lo que sus manos acarician.




1 comentario:

  1. Vero: en tu relato hay pasajes conmovedores e imágenes bellas como vehículo de una idea que no resulta muy original pero que estremece a pesar de ser tan conocida. Creo que ganaría aún más si reemplazaras ciertas explicaciones por imágenes, por descripciones, por la percepción directa del protagonista. Esto está muy bien logrado al comienzo pero se va debilitando a medida que avanza la narración.
    Rever puntuación, párrafos, algunas repeticiones.
    Nota: 8

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