miércoles, 16 de julio de 2014

cuento alec

Haciendo aquella larga fila esperando para subir, se me cruzaban todo tipo de pensamientos, y también recuerdos. Tiempos de infancia en los que lo único que les importaba a mis padres era mi bienestar, yo era el único que cenaba en casa, aunque algún día en el que el trabajo había sido bueno, cenaba mi madre. Pero mi padre casi nunca, o por lo menos yo, lo vi muy pocas veces cenar con nosotros. Toda la ganancia iba destinada a mi y a mi futuro. Tampoco es que había mucha ganancia, pero así son los padres, quieren lo mejor para sus hijos.
Subir para morir, morir para dar. Al terminar de formular esa frase en mi mente escuché mi nombre y subí.
Al llegar arriba, me encontré con un mundo de gente, demasiada para lo que yo estaba acostumbrado. Todo allí era lujo, trajes de gala, mujeres con las mejores joyas, se rumoreaba que estaba un ministro muy importante allí arriba, pero eso no era de mi importancia, o indirectamente si. Yo a pesar de no pertenecer a la elite social, estaba vestido adecuado a la situación, y siendo humilde, era una persona atractiva. Subí al ascensor, en el venia una mujer muy hermosa, con un largo vestido blanco, el cabello atado y dos aretes que parecían estar hechos de diamantes. Sorpresivamente ella fue quien me hablo:
-Buenas noches, soy Rose.
-Buenas noches, mi nombre es Sean.
-Un gusto, espero verlo en la cena de gala esta noche, de que ciudad viene?
-Ohh, emm, de la mejor parte de Londres señorita y usted?
-De Manchester.
Yo cada vez me ponía más colorado y más nervioso, por suerte justo llego el ascensor a destino y descendimos los dos, que al mismo tiempo hicimos el mismo ademan en señal de saludo.
Ya había bebido una o dos copas, había comido también esas comidas raras que te daban allí, a las que yo no estaba acostumbrado, no había sopa, solo caviar y pequeñas cosas para comer con la mano. El traje me incomodaba, estaba muy nervioso y ansioso porque llegase el momento, tenía que ser muy preciso y actuar al pie de la letra. Mi jefe había sido muy claro, al llegar la cena de gala tenía que actuar.
Para matar el tiempo y mi ansiedad subí a lo más alto, y pude observar la maravillosa paz que había allí, mas alla de el murmullo constante de las miles de personas que estaban, pero dentro mio encontré una paz inmensa, un último momento feliz en mi vida.
Por los altoparlantes sonó un anuncio acerca de la cena de gala, aquellos importantes rápidamente corrieron hacia adentro para formar parte de ella. Mientras, yo sabía que estaba llegando el momento de actuar.
Bajé al sótano donde estaba toda la parte técnica de asunto, estaba claro que no pertenecía ahí yo. Estaban todos con uniforme y yo con el traje. Al llegar abajo me cruce con un hombre de aspecto viejo y sabio, con un uniforme únicamente distinto a los demás. Este paró y me dijo:
-Buenas noches señor, que se le ofrece por aquí? Un importante como usted no debería estar por aquí.
Alcancé a ver el nombre que llevaba en el uniforme y le respondí:
-Disculpe Edward Jhon Smith, debo estar perdido.
-No hay problema –me dijo- puede salir por aquella escalera que está allí.
Hice que me iba a ir por aquella escalera, pero en cuanto se fue Edward regresé al sótano. Estuve a punto de fallar, el tiempo me estaba corriendo.
Pronto llegué a la zona en la que debía hacer mi trabajo. Corté la válvula por la cual ingresaba el líquido hidráulico del timon, luego alteré los niveles de vapor por los cuales se activaban los frenos y por último, aumenté la intensidad de las brasas que funcionaban como moderador de velocidad.
Mi trabajo estaba hecho, ahora era solo cuestión de minutos. Yo había actuado en tiempo y forma, estábamos en zonas de grandes bloques de hielo. Subí arriba de todo y me puse a observar. A lo lejos ya veía el objetivo, en cuestión de 6, 7 u 8 minutos todo se acabaría.
Pronto me puse a pensar en mi mujer y mis 3 hijas, en aquella maleta con 50.000 libras que le dejé a mi esposa sobre la cama antes de partir mientras dormía. Pensé en el futuro que dejé para mis hijas, sabiendo que no me tendrían más, pero yo también sabía que era la única forma que podrían salir de aquel barrio precario en el que no podían salir a la calle porque robaban, que podrían ir al colegio y a partir de allí formar ellas su propio futuro, yo solo sería el motor.
Estaba ubicado justo debajo del carajo. Comenzó a caer una fría lágrima sobre mi mejilla, yo era el único que sabía lo que en pocos  instantes iba a suceder. No se si fue la decisión más acertada, pero en su momento creí que era la correcta, y no había vuelta atrás.
Se escuchó el choque, y pocos segundos después todo era gritos y angustia, miles de personas que morirían ahogadas en el medio del océano.
Subí para morir, morí para dar.
Fui el primero en arrojarme hacia el agua, ya no tenía más que hacer.


1 comentario:

  1. Alec: planteás una idea sencilla y clara, bien hilvanada a medida que avanza; sin embargo, el giro novedoso que le das al hecho conocido deja algunos hilos sueltos: ¿cuál sería el beneficio de hundir el transatlántico?; ¿a quién y cómo beneficiaría? Resulta demasiado simple el sabotaje y no justifica el siniestro, pues la maniobra no puede anticipar la presencia del iceberg que causa la catástrofe. Bien manejados suspenso y tensión.
    Repensar cómo se construye una época, ya que no hay una elaboración sino que se la da por sobreentendida a través de la historia narrada.
    Rever puntuación, párrafos, vocabulario (¿sótano en un barco? Saber cómo se llaman los lugares claves es fundamental), ortografía.
    Nota: 6

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