Esa noche no había podido conciliar el sueño.
Sabía que al otro día iba a tener que dejar el país. Ya lo tenía resuelto hacía
meses. La idea estaba en mi cabeza, pero dolía igual. Tener que dejar a Felisa
con los chicos sin saber si los iba a volver a ver, me desgarraba. Entre
silenciosas lágrimas y el final del cigarrillo, me prometí hacer lo posible por
regresar.
Al alba
me sequé las lágrimas, no podía ablandarme enfrente de ellos. Me asomé por la
ventana y contemplé a Felisa que labraba la huerta. Sus cabellos recogidos, sus
pequeñas manos agrietadas, el brillo de sus ojos. Cómo iba a extrañarla.
Mis hijos
dormidos con tan inocente paz me daban la fuerza que me faltaba. Si me estaba
yendo a América, era por ellos. Desde allá iba a poder darles lo que desde Italia
no podía.
No los
quise despertar, ver en sus facciones la tristeza. No quería dar lugar a los
sentimientos encontrados: la bronca, el enojo frente a un sistema que daba asco.
Con un
beso en la frente a los seis, me despedí.
Felisa
me estaba esperando en la puerta. Estaba a punto de estallar. La conjunción
entre la ira, la desesperación y el desamparo. La rodeé con mis brazos sin
intención de soltarla, de ella brotó un mar que humedeció mi saco gris. En mi
bolsillo puso una foto vieja y polvorienta de ella.
Con
un 'volveré' y un beso en la frente lleno de esperanzas, me despedí.
Ocho largas
horas en ferrocarril me esperaban. En el viaje conocí a Nicola, un joven piamontés
con el mismo destino que yo, Argentina. Las razones eran distintas, a él lo
perseguían por cuestiones políticas e ideológicas, y había sido obligado a
exiliarse para proteger a su madre.
En el trayecto desde mi pueblo a Génova, fuimos
ganando confianza y terminamos contándonos historias anecdóticas. En un cuarto
de día llegué a llamarlo amigo, quizás por la necesidad de no sentirme solo.
Quizás porque me sentía comprendido, quizás porque...
El
viaje en ultramar se hizo tedioso e incómodo en todos los sentidos. En el
barco, los pasajeros éramos separados por sexo. Los hombres éramos ubicados en
grandes dormitorios comunes y las mujeres y los niños en otros. Toda la vida a
bordo estaba reglamentada. Había horarios para estar en la cubierta, para comer,
dormir e higienizarse. Sólo podíamos usar el agua una vez al día, puedo contar
con los dedos la cantidad de veces que me bañé en ese mes.
A veces en la cubierta, me sentaba solo y
pasaba horas mirando la foto que Felisa me había dado antes de partir. Le escribía
cartas todos los días contándole sobre Nicola, sobre los juegos de cartas que
había aprendido y acerca de lo mucho que la extrañaba a ella y a los chicos.
José, un comerciante genovés que se dirigía a
hacer la América, todos los días nos enseñaba frases en castellano que nos
serían útiles cuando arribáramos y tuviéramos que echarnos a la suerte del
inmigrante.
Ya en suelo americano, nos dieron
indicaciones de los lugares a donde teníamos que ir para legalizar nuestra
presencia. A todo respondí muchas gracias.
Después de haber pasado por la Aduana, me encontré con Nicola y dos muchachos y
nos dirigimos al hotel.
El complejo era gigante, me intimidaba el
solo estar ahí. Nos recibieron como si no mereciésemos estar en el lugar. Nos
gritaron las pautas de convivencia pero yo estaba muy desconcertado como para
enojarme por el trato. Nos asignaron un dormitorio en el cual dormiríamos
durante cinco días. Las camas me daban la sensación de que eran incómodas y
duras como piedra.
A las seis de la tarde, nos llamaron a cenar.
Un comedor larguísimo y un guiso de carne. Nicola al lado mío, ya planeaba el
día de mañana: la búsqueda de trabajo y vivienda. Yo solo quería saber dónde
estaba el correo, quería enviar las cartas que le había escrito a mi familia. En
el manual que nos habían dado en Italia no mencionaban cómo llegar.
Al otro día, en la ciudad, ya habíamos
conseguido dos puestos de trabajo como obreros en una fábrica gracias a Pietro,
un italiano que había llegado al país un mes antes que nosotros, y había logrado que
nos aceptaran rápidamente.
Al cabo de una semana, estábamos viviendo en
un conventillo en La Boca, cerca de la fábrica. El salario me alcanzaba para
pagar el alquiler, pasar el día a día y enviarles un poco a mi familia.
Un
domingo por la noche se cumplieron tres meses desde que había llegado a Buenos
Aires, y cuatro desde la última vez que estuve en mi hogar. El tiempo había ido
pasando, los días eran intensos, pero cada día me sentía mejor. Un extraño
sentimiento de que estaba viviendo una nueva vida, una vida mejor, donde me
sentía bien con lo que hacía y con quien era, me sorprendía y emocionaba.
Nicola y yo salimos a caminar. Nos mantuvimos
en las manzanas próximas por miedo a perdernos. Teníamos por delante un océano;
detrás de él, toda nuestra vida, de donde veníamos, lo que habíamos sido hasta
llegar a esta tierra. Pero con él me sentía seguro. Podía descargarme con la
certeza de que no me iba a juzgar. Me era incómodo, pero lindo. Varias veces me
había encontrado observándolo. Sus gestos, su forma de hablar, de caminar.
Nos detuvimos frente al río. Encendimos un
cigarrillo y quedamos en silencio. Ya
no tuve miedo. Decidí que era el momento.
Pensé que desde hacía mucho tiempo venía
ocultando quien era de los ojos de mi familia, Felisa, y mis amigos. Incluso de
mí. Me sentía avergonzado de la verdad.
Ese día, lejos de mi ciudad natal, en un nuevo
continente, me di permiso. Me había dado cuenta que Nicola era la persona a la
que siempre había buscado. No sentía culpa por Felisa. Ella había sido mi mejor
amiga, mi compañera, mi mejor hazaña pero no la deseaba. La vida era más que
una dulce compañera.
Cerré los ojos y sentí que jamás me olvidaría
de ellos, pero este viaje, la distancia me habían llevado a encontrarme con
quien realmente yo era. Nunca los abandonaría, pero me quedaría aquí,
intentando este nuevo camino.
Abrí los ojos, y frente a mí estaba Nicola,
sonriendo. Nos reconocimos en ese silencio, en ese abrazo interminable. Y ese
fue el principio de una nueva historia.
Sol: construís una historia que logra sorprender con su resolución; sin embargo, no resulta creíble pues el personaje no logra sostener tal cambio. Actúa y reflexiona de manera actual, sin relación con el marco en que se desarrollan los hechos y tan bruscamente que desconcierta y no conmueve. Al leer, da la impresión que la idea surge a medida que escribís la historia y no volvés atrás para ajustar indicios que vayan sutilmente preparando el desenlace. No me refiero a que se enamore de otro hombre, aunque la naturalidad tampoco es verosímil, sino al plano familiar que impulsa el viaje. Hay un desconocimiento sobre el tema que debilita el relato y no da cuenta de la época..
ResponderEliminarRever puntuación, párrafos, conectores.
Nota: 7