domingo, 26 de octubre de 2014

Tarea

Hamlet, de Shakespeare


Trabajo en equipo


  Todo texto, como representante del período histórico al que pertenece, acarrea una serie de significados implícitos  acerca de los valores de la época en que fue escrito; presenta una visión de los ideales y valores en conflicto y por lo tanto es una representación valiosa de la época histórica.  Así, nuestra interpretación de Hamlet  se verá afectada por nuestra comprensión de la época isabelina. Por ejemplo,  como una crítica de la cultura de la corte o el cuestionamiento de la religión, que el autor no podía hacer "en sus propias palabras", a través de algunos de los personajes, o la distinción entre poder legítimo e ilegítimo.
     Por esto y para profundizar nuestra lectura de Hamlet, vamos a investigar sobre Shakespeare y la Inglaterra de su tiempo.


Consigna:

Realizar entre todos una presentación en Power Point que informe sobre el autor, la época, la obra ( género,  temas, personajes, actualidad, transposición a otros discursos).
Para lograrlo, traerán a la clase del miércoles 29: imágenes, información útil, videos. No olvidar registrar direcciones de donde se obtiene el material a utilizar. Traer las netbooks.

Edipo Rey, de Sófocles




Después de la lectura y  del trabajo realizado en el aula, los invito a ver una presentación  en el siguiente enlace:

EDIPO

lunes, 11 de agosto de 2014

Sentimientos de Dachau - Macarena Costantini

Recuerdo el día en que allanamos su hogar. Ella permanecía escondida detrás de un armario, sentí su miedo; temblaba, estaba asustada, su mirada era vacía. La agarre de los brazos con violencia, se ahogo en un llanto desesperado. Hizo un grito de injusticia ajena, pero de un cachetazo le tuve que dar vuelta la cara, tape toda su cabeza con una manta y la metí en el camión verde. Debo confesar que estoy acostumbrado a tratar así los judíos, pero nunca había sentido lo que sentí por Anna Brulovsky en ese momento. Pena y amor, odio y rencor. Disfruto de la tortura día a día; amo matar gente con armas, me excito violando mujeres para sentirme más fuerte. Veo el dolor, el trabajo y el sufrimiento ajeno para realmente confirmar que soy una raza superior. Pero al momento en que Anna llega a la sala de tortura, me siento frágil y vacio por dentro. ¿Por qué con ella siento cosas diferentes al resto de las ratas inmundas que hay en este lugar? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a ella? Miles de preguntas se cruzan en mi mente pero tengo que seguir adelante, tengo que verla sufrir. Es una orden. Las tropas enemigas avanzan. Todo se está saliendo de control. El jefe quiere a todos muertos. Me siento y muevo el pie rápidamente en sentido de ansiedad. Aprieto los dientes con bronca, respiro entrecortado y dejo caer lágrimas por mis mejillas, hoy, diez de junio, la tengo que matar. Veo al grupo entrar a la sala. Reconozco su mirada llena de temor y miles de cosas pasan por mi macabra mente. Los sentimientos son totalmente diferentes; en mi existe una mezcla de amor y compasión. En ella solo existe el odio. Es el momento. Me dan una orden concreta: “Mátala. Pero antes, hacela sufrir” Anna me mira entregándose a la muerte, comienzo a violarla violentamente y en lo más profundo de mi alma le estoy haciendo el amor. Mis compañeros me apuran, en un abrir y cerrar de ojos estamos enfrentados, tengo que disparar. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a ella? No soporto este calvario, el amor ha vencido al odio. Jalo el gatillo. A diez años de mi liberación camino por el lugar donde sucedió todo. Encuentro este escrito. Se me eriza el vello y me siento apenas mareada. Anna Brulovsky soy yo.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Desde adentro - Camila Centurión


                Recostada en el sillón, Bärbel tomó el control y presionó el protuberante botón rojo encendiendo la voz de Schabowski, quien anunciaba palabras que ella atribuía ajenas a su discurso general. Hubiese querido que las repitiera, para asegurarse, pero fue su entusiasmo el que las confirmó. No había necesidad de pedir permisos.
En ese momento oyó el zumbido de un cuerpo rompiendo el aire. Lo siguió fuera del departamento, hasta la calle. Creyó que se silenciaría allí, más bien que se perdería entre otros ruidos, pero se volvió más fuerte, más claro. Miró hacia arriba e incrédula distinguió una figura equilibrista del tamaño del pie de un niño a unos metros de su cabeza, su aspecto era brillante, estaba bañada en color plata, tenía un potente par de élitros metalizados y un casco acaracolado. Comenzó a moverse, dio vueltas a su alrededor invitándola a acompañarla. Bärbel dudó, pero se dijo que a sí misma que, fortuitamente, todo podía suceder ese día.
Con la velocidad y la precisión de una flecha guió a Bärbel quien corría con gran agitación. Ambas sabían hacia dónde se dirigían. Sus alas eran veloces, sus pasos eran decisivos, no desperdiciaban sus movimientos. Y allí estaba, imponente, cuántos abrazos habría impedido, cuántos encuentros, cuánta desesperación habría en los gritos esperando una respuesta del otro lado, y luego de gastar su voz llegando hartazgo, cuántos habrían caído intentando buscarla. Allí estaba y se mantenía porque al perecer estos no eran cuestionamientos relevantes.
Bärbel se detuvo a cierta distancia, en cambio, su fugaz compañera aún más diminuta comparada a las proporciones de su blanco se aproximó más y más, dispuesta a destrozarlo comenzó a girar sobre su propio eje, y el aire se volvió turbio a su alrededor. Lo acaracolado de su cabecilla era indistinguible, dirigía una especie de remolino horizontal con un impulso infinito. Dañó lo que había sido impenetrable acero, bien podría haberlo sobrevolado, pero no era ese su cometido. Ingresó. Bärbel, todavía atónita, se acercó, apoyó sus manos en los bordes ásperos e irregulares y sus dedos se resintieron por las bajas temperaturas de la superficie. Miró a través de la brecha.
Definitivamente no esperaba presenciar aquel pandemónium. El clima era propicio para el crecimiento de albas edelweiss de cubierta azucarada pero insípida. El núcleo de la estructura estaba poblado por seres muy similares a su compañera quien se había mezclado en la multitud. Estos parecían piezas de ingeniería y pese a que un pequeño yelmo ocultaba sus expresiones faciales, podía deducirse que estaban atrapados en un ambiente de tensión.
El aliento de Bärbel producía vapor caliente. Su rostro asomaba desde una cómoda perspectiva, contemplaba cómo el roce de las vestimentas de estos seres que andaban a empujones liberaba chispas, desgastándolas. Hacia el este, había fuertes enfrentamientos, disparaban retos peligrosos y lanzaban amenazas con sabor a tercera guerra mundial. La función de las ideas era inalienable. Los conflictos se contagiaban, no podían estar juntos, necesitaban límites. Lucharon por ellos.
Algunos vomitaban quejas mientras ocultaban sus intenciones de oscuro petróleo. Otros, agobiados por las batallas, se sentaban y pensaban, al dejar circular sus ocurrencias, la superficie de sus yelmos comenzó a deformarse, un surco se dibujaba, progresivamente aumentaba su profundidad, dando origen a una distintiva espiral, ya conocida por Bärbel. Estos últimos se codearon con otros para comunicar las novedades. Pudieron sentir cómo en sus espaldas algo interno vencía el metal, luego el esmalte, abriendo dos orificios paralelos de los cuales brotaron sus alas encapulladas y finalmente, se desplegaron. Comenzaron a ascender y a agruparse, sin miedo, la cacería de brujas era historia.
Una vez completos, se movieron con fervor, elevándose a la altura del rostro de Bärbel, quien levantó la mirada y creyó que se atropellarían por salir a través de la grieta, estaba a punto de moverse cuando sintió el viento provocado por los aleteos mover su cabello; estaban de frente a la otra cara del muro y sin tomar impulso, arremetieron contra ella, abriéndola.
                Apartó su mirada de la brecha, que crecía como la euforia de sus vecinos. Volteó y la multitud se aproximaba. En un instante estaban a su lado y sus golpes se hundían en años de retención, de distanciamiento, de golpes recibidos; en el cemento. Los represores se paralizaron y, en un gesto cómplice, se abrió el telón.

martes, 5 de agosto de 2014

Sin título - Mora

Su caldero le mostraba todo lo que ella quisiera ver: podía explorar vastos desiertos, junglas, selvas, océanos y ciudades, escuchar insignificantes conversaciones que sucedían tanto en la proximidad como en la lejanía, espiar hechos que tuvieron lugar tanto en un tiempo pasado como los que ocurrirán en el futuro. Esa olla de metal era milagrosa, bastaba solo con pedirle algo para que lo realizara. Giovanna, la dueña de ese pedazo de magia metalizada, a pesar de las infinitas facultades que le podía brindar, no lo utilizaba con la misma frecuencia que las demás hechiceras, porque consideraba que el simple hecho de poseerlo ponía en desventaja a aquellas personas que no gozaban de los beneficios del oráculo.
Una noche de abril, el agua que llenaba la olla se tiñó de rojo. Giovanna buscó, rebuscó y volvió a buscar en diversos libros qué podía significar este repentino e inesperado cambio. Ningún texto mencionaba siquiera que el agua podía cambiar de color, por lo que pronto atravesó pantanos y bosques para llegar hasta la casa de Rufa, la mujer que le brindó todos los conocimientos de hechicería que posee hoy.
La puerta estaba entreabierta, por la pequeña franja que daba paso al interior penumbroso no se podía vislumbrar nada, a excepción del brillo del pelaje de un gato que dormía en el piso. A pesar de la invitación y curiosidad que genera una puerta sin cerrar se resistió a la tentación de entrar sin anunciarse y, por educación, golpeó con los nudillos tres veces la madera resquebrajada. Nadie respondió. Toc-toc. Silencio. Un frío le recorrió el cuerpo y su instinto la apuró a correr pero permaneció allí, golpeó otra vez e ingresó. El pequeño cuarto estaba destrozado: hojas rotas tapizaban el suelo, los muebles desparramados y despedazados hacían que caminar por la habitación fuese una travesía, pedacitos de vidrios que antes fueron frascos contenedores de ingredientes exóticos, necesarios para la mayoría de las brujerías,  ahora adornaban todas las superficies. Luego de recorrer todo el desbarajuste concluyó que el caldero había desaparecido, y lo único que permanecía en el mismo lugar en el que lo conoció era su base.
Asustada, se dirigió a la casa de cada bruja a la que conocía, pero ninguna le supo responder qué le había ocurrido a Rufa ni por qué el agua de su caldero se había vuelto roja. Inmediatamente, todas juntas emprendieron una exhaustiva búsqueda por el bosque y el pantano que rodeaba al conjunto de casas cuidadosamente separadas pero también cercanas para facilitar la comunicación, que llegó a su fin al encontrar, en una hoguera, un cuerpo carbonizado, que bajo sus ropajes tenía una tobillera de oro. Estimaron que el cadáver era de Rufa, porque ella solía usar vestidos largos, con muchas capas y había heredado de su madre una joya similar que siempre llevaba para recordarla.
Rufa, la hechicera más sabia, de la que todas las brujas habían aprendido, a la que habían querido y preguntado todas sus inquietudes, ahora estaba muerta, la habían matado. Sin poder llegar a resolver quién, quiénes o por qué, recurrieron todas juntas a la casa más cercana a la hoguera, para despejar sus dudas con el caldero, que les aclaró las incógnitas: La cacería había empezado, las brujas ahora eran el objetivo de la Inquisición. Bastaba solo una denuncia vecinal, aunque ninguna poseía más vecinos que el grupo de brujas mismas, para que fueran quemadas vivas en la hoguera.
 Alguien había denunciado a Rufa. El agua seguía roja. No podía confiar en nadie. Pensó en huir ahora, que por el momento estaba a salvo y ninguna hechicera sospecharía que ese es su plan. Pero el caldero, él tiene el poder de responder cualquier cosa que le preguntes, él podría contarles su ubicación, en caso de que escapara, también podría decirles que está pensando en irse. Concluyó que debía comenzar a usarlo ella también.
Pasó días estudiando las maneras correctas de usarlo, y, cuando terminó de instruirse , el agua continuaba roja, lo que hacía que ninguna pregunta o hechizo fuera respondido. Estaba inutilizado, el tiempo pasó y no se llevó el color. Estaba segura de que eso era un hechizo de la misma bruja que denunció a Rufa y que, probablemente, todas ahora estén en la misma situación que ella, pero tenía miedo de ver alguna bruja devuelta, así que no podía confirmar ninguna teoría.
La idea de escapar se hacía cada vez más presente ya que la ventaja que tenía contra las demás personas ahora había desaparecido o inutilizado y había un peligro inminente hasta en el respirar dentro de su propia casa. Así que tomó las cosas más esenciales: un libro de hechizos, comida y unas pocas ropas y se marchó sin saber a dónde.
El bosque, que siempre la había acogido cuando era niña en sus horas tristes, y había logrado convertir esa amargura en felicidad, ahora la aterraba: se veía quemándose viva atada a cualquier árbol, perseguida por cualquier persona o animal, muriéndose de hambre. Su terror era tal que no logró dormir ningún día ni ninguna noche y tras intensas jornadas de caminata casi sonámbula llegó a una ciudad, pero ¿era la ciudad lo que estaba buscando? ¿no huía justamente de los vecinos?
Sin embargo necesitaba un lugar para dormir, porque el sueño acumulado de los días que pasó en el bosque le dificultaba cualquier tarea que se propusiera realizar, por eso fue a un hotel que quedaba en las afueras de la ciudad, próximo al bosque del que salió. Se hospedó, con el plan de pasar allí una noche y volver descansada al bosque para hallar el camino hacia su casa, comprobar cómo estaban las demás brujas, desde una distancia prudencial y controlar si su caldero seguía inutilizable.
Subió a la habitación que le asignaron, y a penas cerró los ojos se quedó dormida. Cuando se despertó era de mañana, tenía la sensación de haber dormido poco. El dinero que tenía le alcanzaba solo para pagar una noche. Se dirigió a la recepción para abonar y no pudo evitar sorprenderse al oír que había permanecido durmiendo cinco días. Le dijo a la mujer, quien esperaba cobrarle en ese momento, que quería usar el cuarto una noche más. Ella aceptó y Giovanna subió las escaleras que conducían a la habitación para pensar cómo podía escaparse de allí, y resolvió que la mejor opción sería utilizar un hechizo para volar y caer en directamente en el bosque, pasando desapercibida. Sacó el libro del pequeño bolso que llevaba, pronunció las palabras y saltó.
Flotó unos pocos segundos, luego sintió cómo el hechizo se debilitaba, el aire intentando llevarla hasta la tierra y el dolor que iba a sufrir al caer. La poca gente que estaba presente la observó derrumbarse, impresionada de que alguien pudiera volar.

Los habitantes prepararon la hoguera sin demora y Giovanna fue quemada junto con todas sus vecinas, quienes también habían sido descubiertas.

lunes, 4 de agosto de 2014

Dioses Humanos -- Luna Mendez

   Mis padres militaban en Montoneros. Ella era María, tenía veinte años. El se llamaba Pedro, cumplía veintitrés el día que se los llevaron. Yo tenía solo cinco años.
   De mi corta vida con ellos no me quedo mucho. Recuerdo como mi mamá me cantaba en las noches,  como mi papá me lanzaba hacía arriba para luego agarrarme y abrazarme fuerte. Recuerdo la sonrisa de ella, enorme y perfecta. La risa de él, fuerte y alta, llena de vida. Me acuerdo del día en que me dijeron que iba a tener un hermanito, yo estaba muy feliz, quería tener un hermano. Pero por culpa de ellos no pude.
   Estábamos en casa, los tres, festejando el cumpleaños de mi papá. Mi mama le había hecho una torta y yo la había ayudado. Ella se acariciaba mucho la panza en esos momentos, faltaba poco para que naciera.
   Entraron rompiendo la puerta, gritándonos; después aparecí en la casa de mi abuela. De lo que paso en el medio no me acuerdo nada.
   Hoy es el peor día del año para mí. Hoy, 27 de Junio, es el cumpleaños de mi papá. Es el aniversario número treinta del día en el que yo perdí a mi familia, del día en que lo perdí todo.
   Pero este año es distinto, la fecha ya no es lo primordial hoy. Voy a encontrarme con mi hermano. Ya se hizo el ADN, ya dio positivo, ya lo acepto, ya es mi hermano. Es el primer día que nos vemos fuera del ámbito burocrático, como familia. Nuestro primer encuentro verdadero diría yo.
   Me pongo linda, quiero que me vea bien, quiero que se alegre de que yo sea su hermana. Me tomo el bondi, cuento las paradas. Estoy muy nerviosa. Bajo del colectivo, camino hacia el café en el que acordamos encontrarnos. Entro y lo veo sentado, mirando por la ventana.
 -Hola ¿Cómo estás?- Cuando levanta la cabeza y me ve. Al principio estaba serio, pensativo. Luego eso da paso a una gran sonrisa. El corazón se me para un instante, nunca lo había visto sonreír. Tiene la misma sonrisa que ella. Eso me duele, pero a la vez me gusta.
   Él me saludo, hicimos nuestro pedido. Mientras esperábamos hablamos de cosas triviales. Como había sido mi semana, como estaba su mujer, como le estaba yendo estudiando para ser abogado, como me estaba yendo a mí con mi carrera de psicóloga, que raro estaba el clima, entre otros.
   Llego el café. Reino el silencio por unos minutos, hasta que lo rompió.
 - ¿Cómo eran?- Levante la mirada y lo que vi en sus ojos me sorprende, pero lo entiendo. Dolor, angustia, desesperación.
 - Es difícil describírtelos, no me acuerdo mucho. Para mi eran perfectos, pero yo era una nena, la perfección en mi mundo estaba representada por ellos. Te puedo decir que cuando ella sonreía el mundo brillaba diferente; que cuando él te abrazaba, lo demás dejaba de asustar. Pero después no sé.
Volvimos a estar callados un rato, el volvió a romper el silencio.
 - ¿Sabes que es lo que más me duele? Perdí una familia de mentira para encontrarme con una familia que no está. Solo te tengo a vos ahora.- Intente mirarlo a los ojos, pero él estaba mirando su café.
 - Pero ellos si están. Están en vos, en mí, en nuestros abuelos. Están en todos los que no olvidan. Yo te entien…
 - No lo digas, no digas que me entendés. No me pueden entender, vos no viviste toda tu vida en una mentira, para enterarte de ella veintisiete años tarde. No te das una idea del dolor que siento.
- Vos no te atrevas a decir que no tengo ni idea del dolor que sentís. Puede que no sintamos el mismo dolor, pero la magnitud es idéntica. No sos el único que sufre acá, yo perdí a mi familia de un día para el otro. Vos sos lo más fuerte y nítido que me queda de ellos.- Una lagrima cae por mi mejilla, borro su rastro rápidamente.
   Clavó sus ojos en los míos y los dejo ahí por un rato. Me duele que piense así.
-        -- Tenes razón, discúlpame. Es que a veces esta situación me sobre pasa. Cuanto más pasa el tiempo más difícil es. Pensar que ahora soy más grande de lo que ellos fueron también es complicado. Quiero hablar con ellos para saber que pensaban; si me querían. Mi apropiador nunca fue como un padre; mi papá biológico probablemente no me conoció ¿Cómo puedo vivir yo sabiendo que alguien por jugar a ser dios me saco la posibilidad de una vida normal?- Es una persona fuerte, eso se nota.
      Mire mi café, el cual seguía intacto ¿Qué responder a eso?
      Nada, absolutamente nada.
      Me pare, él se paró y nos abrazamos. Y ese abrazo dijo todo.

martes, 29 de julio de 2014

La Primera Libertad - Luciano Funez

Corría el invierno de 1917 en Rusia. Teníamos una casa muy pequeña en la capital de Petrogrado, donde vivíamos con mi compañero  y nuestro hijo. Ambos militábamos en la fracción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata.
La revolución era nuestra causa en la vida, el marxismo había llegado a nosotros  al calor de las discusiones que tenía la clase obrera de la época. Ya habíamos tenido nuestras experiencias con el socialismo “reformista” que propugnaban los mencheviques, tan cómodamente adaptados al régimen, que habían abandonado la causa revolucionaria por un par de cargos en la Duma. En cambio los bolcheviques seguían firmes en las calles, luchando por derrotar a la burguesía sin alianzas.
La primera guerra mundial había traído tras sí uno de los inviernos más crudos. Escaseaba la comida y los salarios de miseria apenas alcanzaban para sobrevivir. La censura y la represión, por el contrario, crecían. Eran tiempos difíciles, muchos se exiliaban y otros terminaban presos.
En esos tiempos yo trabajaba en una fábrica textil de la ciudad. Éramos todas mujeres. Con la guerra, los hombres habían dejado sus puestos de trabajo, y muchos nunca regresaron. Nosotras peleábamos por el fin de la misma, nos oponíamos a matar a nuestros hermanos y hermanas de otras naciones solo por los intereses de los gobiernos,  que poco tenían que ver con los nuestros. Queríamos que la guerra imperialista se transformara en guerra civil para que las armas se volvieran contra nuestros explotadores. ”Guerra a la Guerra” era nuestra consigna.
El soviet de Petrogrado, asamblea popular, crecía cada nuevo día en número de comunistas,  eso nos indicaba que la insurrección estaba cerca.
Esa noche después de una reunión organizativa de lo que iba a ser una de las primeras movilizaciones por el día internacional de la mujer trabajadora en nuestro país, me separé de mi compañero porque unos policías nos seguían. La militancia clandestina se volvía cada día más difícil. Nos interceptaban nuestras prensas, nos cerraban imprentas, incendiaban lugares de reunión y hacían listas negras. Esa noche el frio se sentía como cuchillos entrando en la garganta. Plejánov y yo habíamos discutido y tomado caminos distintos. Caminaba en la soledad nocturna, temiendo en cada esquina. Tarareaba “La Internacional” para sentir fuerza, para pensar que el final estaba cerca y que tiempos nuevos se acercaban. “La tierra será el paraíso, patria de la humanidad” me repetía. Llegué a casa, mi hermana cuidaba de mi hijo. Plejánov no había llegado aún, lo imaginé discutiendo con algún compañero, con algún vecino,” siempre difundiendo las novedades y preparando la lucha que se viene” me dije. A las cuatro de la mañana no podía dormir: algo había pasado, se lo habían llevado.
A primer hora de la mañana fui a buscarlo a la cárcel, ahí estaba, no me dejaron verlo. Les grité a los policías, “reaccionarios, traidores”. Nada funcionó, casi me encierran a mí también. No lo hicieron, lo consideraron un regalo, era 8 de marzo. Claro, esperaban devolvérmelo en la calle, preparaban una represión sangrienta.
Cuando el sol de la tarde se encontraba en su mejor lugar, nosotras ya estábamos listas para arrancar. Llevábamos nuestras pancartas y una bandera que encabezaba “Pan, Paz, y Trabajo”.  Queríamos poder comer, queríamos poder vivir, pero nuestros horizontes estaban tanto más lejos. Soñábamos con la emancipación femenina, y con la de toda la humanidad, no queríamos más prostitución, ni explotación, ni muertes por abortos clandestinos: queríamos el voto y los mismos privilegios que los hombres.
Esa mañana junto con los “festejos” del día, optamos por  la huelga en nuestra fábrica, hecho que se extendió a muchas fábricas de la ciudad. La movilización que nosotros pensábamos incipiente se había transformado para las cuatro de la tarde en centenares de obreras y obreros que abrazaban la causa.
La protesta fue interceptada por la policía, intentamos cambiar el rumbo pero estábamos rodeados, no podíamos avanzar. Piedras, palos, balas. Y comenzaron a apresar mujeres. Una a una se las iban llevando. Empezamos a correr cada uno en una dirección distinta.
Yo hui sin ser vista, di vuelta una esquina y caminé tres calles mientras sostenía una pancarta. Caminaba tranquila, cuando repente, en una esquina, ahí estaba. El mismo policía que había conocido horas atrás en la cárcel, él mismo que horas antes no había hecho nada conmigo, a pesar de mi escándalo en la cárcel, ahora me apresaba.
Me llevaron junto con muchas mujeres a unos aposentos oscuros, todo era lúgubre, y frío. Teníamos hambre, teníamos sed pero sobretodo el sentimiento de derrota. Hacía que el tiempo ahí se volviera insoportable y triste. ¿Nos iban a exiliar? ¿Nos iban a exterminar? Qué era peor, yo no tenía dinero para escapar a ningún país. Mi hijo en casa, con sus padres encarcelados, ¿quién se ganaría el pan ahora? Lloraba, lloraba, y me secaba los sueños. La gloria, la revolución, ¿dónde estaban?
A las once de la noche ruidos y olor a pólvora me despertaron mientras dormitaba con mis compañeras de celda. Una explosión, y los cantos de millones se escuchaban a los lejos, eran cantos de alegría, ¿habíamos triunfado?
A la medianoche volvíamos a sentir la brisa nocturna de la calle una vez más. Los obreros y obreras habían tomado las calles, y liberado a los presos políticos. Horas más tarde me rencontré con mi hijo y su padre.
¡Habíamos triunfado! Quién hubiera dicho que el primer día de la revolución rusa empezaría con los festejos del día de la mujer.

Así nacía el primer estado obrero de la historia. El soviet de Petrogrado había vencido.  El poder desde abajo, el de los oprimidos, había levantado, en su pugna, todo lo que estaba por encima de él.

viernes, 25 de julio de 2014

Recuerdos del sur- Micaela ortino


Desgraciadamente me toco nacer en un momento en que la vida se compraba y se vendía, por un par de monedas. Para ellos, solo era un objeto comercial intercambiable, eso era lo que éramos, solo objetos.
Al principio era un soñador en desarrollo. Creía que las cosas cambiarían y veía mi situación de la mejor manera posible, sin perder la fe. Y gracias a ella, no deje de sonreír ni cuando vi la cara de papa al ver el barco. Ese barco que nos llevaría a nuestro nuevo hogar, ese barco en el que la mugre y la suciedad se notaban más que la luz del día, ese barco en el que no existía comodidad alguna y donde papa no emitió ni una palabra.
Al llegar el panorama no era el esperado. Estábamos rodeados de cientos de campos de cultivo, en los que hombres de piel oscura trabajaban sin parar. No tuvimos presentación alguna, solo un hombre muy bien vestido se acercó hacia nosotros y dirigiéndose a mi padre y a mí nos gritó: “A trabajar”.
 Al principio pensaba que nuestros días no se basarían solo en la cosecha de aquellos campos. Además, pensaba que por ser pequeño me dejarían ir a jugar con los demás niños, amigos de ella, la hija del señor Christopher .Pero con el correr de los días me di cuenta de que me equivocaba.
El tiempo transcurría y nosotros estábamos en los campos desde la salida hasta la puesta del sol, sin importar si hacia frio o calor. Mama era una de las criadas que se encargaba de hacer la comida y el resto de las tareas domésticas. Dormíamos en una especie de casa, lo suficientemente grande para albergar a uno cien esclavos entre niños y adultos, donde el suelo era nuestra cama y en donde nuestros cuerpos se hallaban a la intemperie soportando los fríos climas invernales y los calores abrumadores que traía consigo el verano.  Todos los días nos daban solo un plato de guiso y un plato con agua, lo que nos llevaba a fraccionar la comida para que nos alcanzara para el resto del día y no nos muriéramos de hambre. Nunca nos bañábamos, no teníamos agua para hacerlo, por lo que bebíamos un poco de agua del plato y utilizábamos lo demás para asearnos con un trozo de tela que habíamos arrancado de nuestra ropa.
De vez en cuando, el descontento y el malestar se hacían notar entre todos.  Las quejas y los llantos no cesaban, pero cuando todos bajaban los brazos y se daban por vencidos, él se largaba a dar uno de sus discursos, esos en los que la esperanza volvía a ser el único pilar que nos mantenía  unidos y fuertes para luchar contra las fuerzas opresoras que nos alejaban de aquello que nos habían arrebatado, eso que nos enorgullecía con tan solo nombrar, nuestra libertad. Y era por aquel ser humano tan fuerte y decidido que sacaba la fuerza para seguir luchando contra la injusticia, contra la maldad y la tortura que representaba ser un emarginado social. Es por ello, que papa, representaba tanto para mí como para muchos otros un ejemplo a seguir, un ejemplo de lucha, de sacrificio, de sudor y esfuerzo.

Un día en el que como los demás arriaba la tierra buscándola a ella. Luego de un tiempo, la vi. Ahí estaba, con su vestido morado, y su hermosa sonrisa, era toda una princesa y yo decidí no quedarme atrás, sería su príncipe. Mientras el maestro de tareas junto con los peones nos llevaban al único receso que teníamos para almorzar, logre escabullirme entre las interminables filas de aquellos cuerpos desnudos y alcance a esconderme detrás del tronco de uno de los árboles del camino.
Recuerdo que espere hasta que se dispersaran hacia esa casa en la que dormíamos y fui tanteándome entre árbol y árbol hasta que llegue a la casa central y la distinguí. Estaba con sus demás amigos y corrían de un lado al otro, con toda la alegría y la belleza que la caracterizaba. En el preciso instante en que  la vi acercarse de espaldas, salí a su encuentro y la salude amablemente para no sobresaltarla.  Ella voltio y tras vacilar un momento me devolvió el saludo y me invito a jugar con ellos. En ese momento, la mirada de los demás niños se había detenido en mí y no me importaba su indiferencia porque ella me trataba como a cualquier otro, por lo que proseguí preguntando  sobre que se trataba.  Me explico que el juego consistía en esconderse en algún lugar mientras uno llevaba la cuenta y salía en búsqueda de todos. Me pareció divertido y como no me detuve a analizar la situación que estaba viviendo solo mire a mí alrededor buscando algún escondite. Nunca voy a olvidar el momento en el que me agarro de la mano y con su linda sonrisa nos llevó a escondernos a aquel quincho. Como tampoco voy a olvidar como se fue con la excusa de fijarse como marchaba el juego y no regresar jamás. Pero lo que si voy a recordar por el resto de mi vida es la imagen de las puertas del quincho abriéndose de par en par y como el señor Christopher hacia presencia por primera vez ante mí con un látigo que colgaba de su mano derecha. Lo que siguió a continuación fue tan doloroso que mi mente decidió omitir algunas escenas, pero el ardor y el dolor, sumado a mis gemidos fueron más intensos y no lograron librar a mi mente de aquellos horrorosos recuerdos. Recuerdo como mi puño cerrado presionaba con fuerza los pajares del piso, como mi cuerpo que yacía de espaldas en el lecho de aquel tronco, se sumergía en un mar de sufrimientos desgarradores que se hacían notar entre suplicas y sollozos y como el sentimiento de venganza, de resentimiento y de traición se apoderaban de mi mente, no podía creer a la vez, que ella me hubiera traicionado y eso era algo que nunca olvidaría.
Después de ese día ya nada era como antes. Mi padre miraba las cosas con un rencor casi indescriptible y con un dolor que lo estaba consumiendo por dentro. Sus discursos de lucha  ya no eran los mismos, pero a pesar de todo seguía en pie gracias a esa valentía que lo caracterizaba.
Ese día, terminaba de arriar la tierra junto con papa antes del receso alimentario, pero algo nos detuvo a todos a escuchar atentamente. Se oían bullicios a lo lejos, tiros y una humareda que se acercaba lentamente hacia nosotros. Los peones se montaron en sus caballos y empezaron a cabalgar velozmente como en una especie de huida.
Ninguno de nosotros entendía con exactitud lo que estaba pasando, pero cuando los vimos, confirmamos todas nuestras sospecha. Allí estaban, montados a caballo, con sus instrumentos desdoblados, que lanzaban una polvoreada al aire en señal de victoria.
Todos exclamaban gritos de alegría y una sonrisa de dibujaba poco a poco en la cara de toda la gente, porque eso éramos, gente. Hasta papa se mostraba gratificado y contento, algo que no notaba hacia mucho y eso me llenaba de felicidad. En cambio, yo estaba feliz pero todavía los aires libertadores no dejaban atrás mis aspiraciones, tenía un objetivo preciso y necesitaba cumplirlo.
Mientras las tropas  del norte revisaban la casa y apresaban a los ex mandatarios de la confederación yo lo buscaba. No hallaban ni un rastro de el por ningún lado, pero solo yo, tras pensarlo un momento, sabia donde estaba y di en blanco. En el descuido de uno de los guardias tome un fusil  y lo lleve conmigo hasta aquel lugar.
Al abrir la trastabillada puerta de esa deplorable casa que nos había acobijado en los últimos meses, lo distinguí, trato de escapar por la parte trasera pero se halló arrinconado y se detuvo. Recuerdo como me suplico arrodillado en el piso y como el poder del fusil culminaba en mí, por lo que sin pensarlo dos veces, accione la palanca. En el preciso instante, en el que el cartucho calibre 44 salía expulsado de la boca del fusil con una carga propulsora de28 gramos de pólvora negra un cuerpo se interpuso en su camino y le termino dando al blanco equivocado. En el piso con un tiro en el medio del pecho, yacía mi padre, con mirada vacilante. Nunca voy a entender porque lo hizo, pero la libertad no valía nada sin su compañía.
El 9 de mayo de 1865 no solo significo, el reconocimiento de mi dignidad como persona y la libertad esperada por muchos esclavos sino también la pérdida de un hombre que me enseño como enfrentar la vida en busca de mis sueños.


jueves, 24 de julio de 2014

(sin título) - Sol Psiurski

 Esa noche no había podido conciliar el sueño. Sabía que al otro día iba a tener que dejar el país. Ya lo tenía resuelto hacía meses. La idea estaba en mi cabeza, pero dolía igual. Tener que dejar a Felisa con los chicos sin saber si los iba a volver a ver, me desgarraba. Entre silenciosas lágrimas y el final del cigarrillo, me prometí hacer lo posible por regresar.  
  Al alba me sequé las lágrimas, no podía ablandarme enfrente de ellos. Me asomé por la ventana y contemplé a Felisa que labraba la huerta. Sus cabellos recogidos, sus pequeñas manos agrietadas, el brillo de sus ojos. Cómo iba a extrañarla.
  Mis hijos dormidos con tan inocente paz me daban la fuerza que me faltaba. Si me estaba yendo a América, era por ellos. Desde allá iba a poder darles lo que desde Italia no podía.
  No los quise despertar, ver en sus facciones la tristeza. No quería dar lugar a los sentimientos encontrados: la bronca, el enojo frente a un sistema que daba asco.
  Con un beso en la frente a los seis, me despedí.
  Felisa me estaba esperando en la puerta. Estaba a punto de estallar. La conjunción entre la ira, la desesperación y el desamparo. La rodeé con mis brazos sin intención de soltarla, de ella brotó un mar que humedeció mi saco gris. En mi bolsillo puso una foto vieja y polvorienta de ella.
  Con un 'volveré' y un beso en la frente lleno de esperanzas, me despedí.
  Ocho largas horas en ferrocarril me esperaban. En el viaje conocí a Nicola, un joven piamontés con el mismo destino que yo, Argentina. Las razones eran distintas, a él lo perseguían por cuestiones políticas e ideológicas, y había sido obligado a exiliarse para proteger a su madre.
  En el trayecto desde mi pueblo a Génova, fuimos ganando confianza y terminamos contándonos historias anecdóticas. En un cuarto de día llegué a llamarlo amigo, quizás por la necesidad de no sentirme solo. Quizás porque me sentía comprendido, quizás porque...
  El viaje en ultramar se hizo tedioso e incómodo en todos los sentidos. En el barco, los pasajeros éramos separados por sexo. Los hombres éramos ubicados en grandes dormitorios comunes y las mujeres y los niños en otros. Toda la vida a bordo estaba reglamentada. Había horarios para estar en la cubierta, para comer, dormir e higienizarse. Sólo podíamos usar el agua una vez al día, puedo contar con los dedos la cantidad de veces que me bañé en ese mes.
  A veces en la cubierta, me sentaba solo y pasaba horas mirando la foto que Felisa me había dado antes de partir. Le escribía cartas todos los días contándole sobre Nicola, sobre los juegos de cartas que había aprendido y acerca de lo mucho que la extrañaba a ella y a los chicos.
  José, un comerciante genovés que se dirigía a hacer la América, todos los días nos enseñaba frases en castellano que nos serían útiles cuando arribáramos y tuviéramos que echarnos a la suerte del inmigrante.
  Ya en suelo americano, nos dieron indicaciones de los lugares a donde teníamos que ir para legalizar nuestra presencia. A todo respondí muchas gracias. Después de haber pasado por la Aduana, me encontré con Nicola y dos muchachos y nos dirigimos al hotel.
  El complejo era gigante, me intimidaba el solo estar ahí. Nos recibieron como si no mereciésemos estar en el lugar. Nos gritaron las pautas de convivencia pero yo estaba muy desconcertado como para enojarme por el trato. Nos asignaron un dormitorio en el cual dormiríamos durante cinco días. Las camas me daban la sensación de que eran incómodas y duras como piedra.
  A las seis de la tarde, nos llamaron a cenar. Un comedor larguísimo y un guiso de carne. Nicola al lado mío, ya planeaba el día de mañana: la búsqueda de trabajo y vivienda. Yo solo quería saber dónde estaba el correo, quería enviar las cartas que le había escrito a mi familia. En el manual que nos habían dado en Italia no mencionaban cómo llegar.
  Al otro día, en la ciudad, ya habíamos conseguido dos puestos de trabajo como obreros en una fábrica gracias a Pietro, un italiano que había llegado al país un mes antes que nosotros, y había logrado que nos aceptaran rápidamente.
  Al cabo de una semana, estábamos viviendo en un conventillo en La Boca, cerca de la fábrica. El salario me alcanzaba para pagar el alquiler, pasar el día a día y enviarles un poco a mi familia.
  Un domingo por la noche se cumplieron tres meses desde que había llegado a Buenos Aires, y cuatro desde la última vez que estuve en mi hogar. El tiempo había ido pasando, los días eran intensos, pero cada día me sentía mejor. Un extraño sentimiento de que estaba viviendo una nueva vida, una vida mejor, donde me sentía bien con lo que hacía y con quien era, me sorprendía y emocionaba.
  Nicola y yo salimos a caminar. Nos mantuvimos en las manzanas próximas por miedo a perdernos. Teníamos por delante un océano; detrás de él, toda nuestra vida, de donde veníamos, lo que habíamos sido hasta llegar a esta tierra. Pero con él me sentía seguro. Podía descargarme con la certeza de que no me iba a juzgar. Me era incómodo, pero lindo. Varias veces me había encontrado observándolo. Sus gestos, su forma de hablar, de caminar.
  Nos detuvimos frente al río. Encendimos un cigarrillo y quedamos en silencio. Ya no tuve miedo. Decidí que era el momento.
  Pensé que desde hacía mucho tiempo venía ocultando quien era de los ojos de mi familia, Felisa, y mis amigos. Incluso de mí. Me sentía avergonzado de la verdad.
  Ese día, lejos de mi ciudad natal, en un nuevo continente, me di permiso. Me había dado cuenta que Nicola era la persona a la que siempre había buscado. No sentía culpa por Felisa. Ella había sido mi mejor amiga, mi compañera, mi mejor hazaña pero no la deseaba. La vida era más que una dulce compañera.
  Cerré los ojos y sentí que jamás me olvidaría de ellos, pero este viaje, la distancia me habían llevado a encontrarme con quien realmente yo era. Nunca los abandonaría, pero me quedaría aquí, intentando este nuevo camino.
  Abrí los ojos, y frente a mí estaba Nicola, sonriendo. Nos reconocimos en ese silencio, en ese abrazo interminable. Y ese fue el principio de una nueva historia.

miércoles, 23 de julio de 2014

Cuento - Guido Di Marco

Toda la vida por delante

1383
– ¡Guerra, plaga y desgracias! El fin del mundo se acerca, recuerden mis palabras.
El ruido de las conversaciones llenaba la taberna, cuando un hombre entró, sin que nadie se fijara en él.
–Miren, yo vi a la muerte; perdí a la mitad de mi aldea a la peste negra y peleé en la guerra contra Castilla, y ya saben el desastre que fue. No es como si no conociera a la muerte.
–Sos un tonto, Geoffrey. La muerte alcanza a todos. Treinta años, si escapas a la plaga y a los franceses. Cincuenta, con buena fortuna, y si a Dios le place. Más no vas a durar.
El recién llegado observó a la gente, escuchando sus conversaciones, pero sin hablar con nadie.
–La única razón por la que la gente muere, es porque todos los demás lo hacen. Tan sólo están siguiendo la corriente –respondió –. La muerte no sirve para nada. No quiero nada que ver con ella –dijo mientras tomaba un trago –. Digo, ¿para qué sirve? Piénsenlo. Yo tomé mi decisión en la última batalla contra Castilla. “Geoffrey Gidlow,” me dije, “todos los hombres y mujeres mueren, dicen--”
–Excepto por el judío errante, que le negó agua a nuestro señor –señaló un viejo.
–Bueno… todos mueren, excepto tal vez por el judío errante, pero ¿por qué tengo que hacerlo yo? Tal vez tenga suerte; siempre hay un primera vez –dijo con una sonrisa –. Hay tanto por lo que vivir, tantas cosas que ver, tanta gente con la que beber. Ustedes tal vez mueran –otro trago –probablemente lo hagan, porque son estúpidos, pero no yo –dijo riendo, pero muy en serio.
–¿Te escuché decir que no tienes intención de morir nunca? –el hombre recién llegado se había acercado sin que nadie se diera cuenta, y estaba parado al lado de Geoffrey, inclinado sobre él.
–Em… sí, así es –respondió, sorprendido. No lo había visto, pese a lo llamativo de su elegante vestimenta, completamente gris, de su piel, blanca como la nieve, y de su cabello, negro como la noche más oscura –. Es un juego de tontos, y no voy a tomar parte en él.
–Entonces tenés que decirme cómo se siente. Juntémonos otra vez. En esta misma taberna. En cien años.
Todos los que escuchaban comenzaron a reír:
–¡Ahí te agarró, Geoff!
–¡Cien años, sí, y yo soy el papa Urbano!
Pero Geoffrey no escuchó. Miró al hombre, que le sostuvo la mirada, con sus ojos indescifrables, tan negros que no se podía distinguir entre su pupila y su iris, y respondió:
–No les prestes atención. Son necios como mulas. Cien años, en este día. Te veré en el año 1483 de nuestro señor, entonces –se miraron por unos segundos, y luego el hombre de gris se marchó.
–¿Quién era ese, Geoff?
–No tengo ni la más mínima idea. Pero te diré qué, Abraham. Se lo preguntaré la próxima vez que lo vea, en cien años.
–Jajajajajaja… para, por favor. No puedo reír más, me vas a matar.

1483
–¿Cómo supiste? ¿Quién sos? ¿Un brujo? ¿Un santo? ¿Un demonio? ¿Hice involuntariamente un trato con el diablo? –increpó Geoffrey.
–No, simplemente estoy… interesado. Veo que no has muerto –respondió el hombre, sentado al otro lado de la mesa en su característico tono inexpresivo.
–Ja. No. Diría lo mismo de vos, pero estás tan pálido que tal vez me equivoque –se veía exactamente igual, excepto por sus ropas, que eran más modernas, pero del mismo color gris.
–Sí, podrías. Vine porque estoy interesado. La muerte no te va a tocar, Geoffrey Gidlow, a menos que eso es lo que quieras –por primera vez, Geoffrey se quedó callado, sin dar crédito a lo que oía –. Así que… ¿qué estuviste haciendo estos últimos cien años?
–Mismo trabajo que antes. Mercenario, más que nada, y bandido, cuando no podía encontrar lo que llamarías exactamente una guerra. Hace poco empecé a trabajar para un amigo, en un nuevo negocio. Se llama impresión. No va a durar, pero es mucho mejor que cultivar zanahorias en la tierra.
–¿Así que todavía querés vivir?
–Sí.
–¿Cien años, entonces?
–Oh sí.

1583
El sujeto de gris entró a la taberna, considerablemente más limpia, con una chimenea, y ya sin agujeros en las paredes.
–¡Mi amigo! Siéntate, tengo un par de botellas para nosotros, ya empecé con una –lo recibió Geoffrey, rebosante de alegría.
–Hola, Geoffrey.
–Eso me lleva atrás algunos años. Ahora es Sir Wilhelm Manning. Oh, los dioses han sonreído sobre mí. Veamos… la última vez que nos vimos estaba trabajando en la imprenta, hice algo de oro con eso, lo puse en los barcos de transporte de mercancías, hice un pila. Fui al norte, volví como mi hijo y seguí con el negocio de las naves de comercio –contó –. ¡Doncella, más vino! Hice una pequeña fortuna, y una generosa donación a la corona me valió el título de caballero. ¡La vida es tan buena! Y eso no es todo, mira esto –sacó de un bolsillo un pequeño retrato de él junto a una mujer con un bebé en brazos –. Mi hermosa Lisbeth, y mi pequeño Austin. Es curioso… así es como soñé que sería el cielo… hace doscientos años. Las calles son limpias y seguras, hay mucha comida y buen vino. La vida es tan buena.
Habló y habló, mientras comía, pero no le preguntó nada; era un hombre simple, y su vida iba bien, así que se limitó a cumplir su parte del trato. Luego de que el sujeto de gris se marchara, Wilhelm se quedó comiendo.
–Pan blanco –dijo, con la boca llena, en voz alta –. Podría haber matado por un poco hace doscientos años. De hecho creo que lo hice, un par de veces –reflexionó –. Tengo todo por delante para vivir. Y ningún lugar para ir, excepto arriba.

1683
–¡Déjenme pasar, estúpidos! –un tumulto en la entrada atrajo todas las miradas del salón.
–¡Vete, roñoso! Esta taberna es para gente decente.
–Déjenlo, es mi invitado –ordenó el hombre de gris desde su mesa, con la comida ya servida.
–Sabía que estarías aquí –dijo groseramente –. ¿Tienes idea de lo hambriento que se puede poner un hombre si no se muere, pero no come? –dijo groseramente Wilhelm, mientras ignoraba los cubiertos y tomaba con sus manos una pata de pollo de la mesa.
<<Ella murió. En el parto. Lisbeth. Ni siquiera recuerdo cómo se veía. Empeñé su retrato hace más de cincuenta años –relató, entre bocados –. Austin murió en un riña en una taberna, a los veinte años. No salí mucho después de eso. Estuve allí por cuarenta años, me confié demasiado. Trataron de ahogarme por brujo. Salí con mi piel y poco más. Después se puso peor, y peor, y –tragó un bocado –… peor. Luego luché por el rey en la guerra del Parlamento, un gran error, sí. Odié cada segundo de los últimos ocho años. Cada maldito segundo. ¿Tienes idea de lo que es eso?
–¿Y todavía deseas vivir? ¿No deseas el descanso de la muerte?
–¿Estás loco? La muerte es un juego de tontos. Tengo tanto por lo que vivir.

1783
–Es un negocio. Magnífico sistema, realmente. Llevamos productos de algodón a África, subimos un cargo de negros, el mismo barco los lleva a través del Atlántico, y vuelve con tabaco, azúcar y algodón en bruto –explicó Wilhelm, sentado en un sillón en un cuarto privado muy elegante, tomando pequeños sorbos de una taza de té.
–¿Tomas orgullo en tratar a tus compañeros humanos como menos de animales? –por primera vez en cuatrocientos años, Wilhelm sintió que su antiguo conocido lo juzgaba, pero sus palabras, sin rastro de emoción alguna, podrían no indicar nada más que curiosidad, o quizás algo más.
–Como dije, es un negocio –la entrevista siguió como siempre, y Wilhelm le relató todo lo que pudo recordar. Su situación había mejorado de nuevo. Así es la vida. Pero luego llevó la conversación a donde a él le interesaba, para satisfacer sus propias dudas –. Han pasado cuatrocientos años ya, y hay tanto que todavía no sé. ¿Quién sos, realmente? ¿Cuál es tu nombre? –pero fue interrumpido por la intrusión al cuarto de tres hombres, uno rubio y delgado, y otros dos, corpulentos y de aspecto amenazador.
–¡Ah! Tal vez les pregunte eso mismo a los dos –prorrumpió el muchacho rubio, mientras los otros dos los tomaban por detrás y les ponían navajas junto al cuello –. No se molesten en levantarse.
–No creo haber tenido el placer de conocerlo, señor –dijo Wil, con una sonrisa, a pesar de sentir el metal contra su yugular. Ya sabía que nada le podía pasar.
–Cuentan  una historia, en éstas partes de Londres, que el diablo y el judío errante se juntan, una vez cada cien años, en una taberna. Por tres años planeé nuestro rendez vous –explicó el joven, con tono satisfecho –. Bueno, ¿no tienen nada que decir?
–Yo no soy ningún demonio –dijo el hombre de gris, con su rostro de mármol blanco.
–Y yo no soy judío –bromeó Wil.
–Ya descubriremos qué clase de criaturas son. Ahora síganme, hay mucho que pueden contarme. Hay tanto por aprender… –dijo el muchacho, impaciente.
No. No lo creo –exclamó, imponente, el hombre de gris mientras soplaba de su mano un polvo que durante un segundo iluminó la habitación.
Sin tener tiempo para reaccionar, los tres captores cayeron al suelo. Los dos viejos conocidos se levantaron y se sacudieron. Wilhelm miró con desdén al joven rubio. Tenía los ojos en blanco y parecía temblar.
–¿Qué les has hecho?
–Sus cuerpos siguen aquí, pero sus mentes están en un lugar muy lejano. Se encuentran reunidos con sus fantasmas del pasado –respondió, con las manos en los bolsillos, sin un ápice de interés por lo que les sucediera a esos sujetos. Luego se dio vuelta y lo miró directamente a los ojos –. Es una cosa muy mala, el esclavizar a otro. Te sugiero que encuentres otra línea de trabajo.

1883
–Me di cuenta de que no soy el único que no muere. Hay una mujer, que habré visto una docena de veces, aunque no siempre me recuerda. También está el viejo Noam DeWitt, en Goldfarb Street. Debe haber estado allí por lo menos ciento cincuenta años. ¿La muerte es caprichosa, no? –dijo Wilhelm, llevándose un puro a la boca.
–Sí, así es.
–Creo que sé porque nos encontramos aquí, siglo tras siglo. No es porque vos quieras saber qué es lo que le pasa a una persona cuando no muere; ya viste lo que pasa. Dudo ser más sabio que lo que era hace quinientos años. Aprendí de mis errores, pero tuve más tiempo para cometer más errores. Tenías razón acerca del tráfico de esclavos. Nunca me voy a restituir de eso, pero…  –dudó un momento, y volvió a empezar –conozco a la gente, y no cambiamos, no en las cosas más importantes. Dudo alguna vez querer morir. Vos lo supiste desde el comienzo. Yo creo que estás acá por otra cosa.
–¿Y eso qué sería? –su rostro de mármol levantó un ceja, y Wil se entusiasmó.
–Amistad. Creo que estás solo.
–¿Insinuás que yo me haría amigo de un mortal? ¿Que uno de mi clase necesitaría compañía? ¿Te atrevés a llamarme solitario? –se levantó, colérico. Se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta.
–Sí, me atrevo. Te digo que. Estaré aquí en cien años. Si vos estas aquí también es porque somos amigos. Ninguna otra razón, ¿No?... ¿No?

1983
–Yo… no estaba seguro de que fueses a venir –dijo el mismo Wil sonriente de siempre, excepto esta vez vestido de traje y corbata completamente azules y con un L&B en la boca.
–¿En serio? Siempre escuché que es descortés dejar a los amigos esperando. ¿Querés un trago?