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| Nuestro trabajo colaborativo |
lunes, 17 de noviembre de 2014
domingo, 26 de octubre de 2014
Tarea
Hamlet, de Shakespeare
Trabajo en equipo
Todo texto, como representante del período histórico al que pertenece, acarrea una serie de significados implícitos acerca de
los valores de la época en que fue escrito; presenta una visión de los ideales y valores en conflicto y
por lo tanto es una representación valiosa de la época histórica. Así, nuestra interpretación de Hamlet se verá afectada por nuestra comprensión de la época isabelina. Por ejemplo, como una
crítica de la cultura de la corte o el cuestionamiento de la religión, que el autor no podía hacer "en sus propias palabras", a través de algunos de los personajes, o la distinción entre poder legítimo e ilegítimo.
Por esto y para profundizar nuestra lectura de Hamlet, vamos a investigar sobre Shakespeare y la Inglaterra de su tiempo.
Consigna:
Realizar entre todos una presentación en Power Point que informe sobre el autor, la época, la obra ( género, temas, personajes, actualidad, transposición a otros discursos).
Para lograrlo, traerán a la clase del miércoles 29: imágenes, información útil, videos. No olvidar registrar direcciones de donde se obtiene el material a utilizar. Traer las netbooks.
Edipo Rey, de Sófocles
Después de la lectura y del trabajo realizado en el aula, los invito a ver una presentación en el siguiente enlace:
EDIPO
lunes, 11 de agosto de 2014
Sentimientos de Dachau - Macarena Costantini
Recuerdo el día en que allanamos su hogar. Ella permanecía escondida detrás de un armario, sentí su miedo; temblaba, estaba asustada, su mirada era vacía. La agarre de los brazos con violencia, se ahogo en un llanto desesperado. Hizo un grito de injusticia ajena, pero de un cachetazo le tuve que dar vuelta la cara, tape toda su cabeza con una manta y la metí en el camión verde. Debo confesar que estoy acostumbrado a tratar así los judíos, pero nunca había sentido lo que sentí por Anna Brulovsky en ese momento. Pena y amor, odio y rencor.
Disfruto de la tortura día a día; amo matar gente con armas, me excito violando mujeres para sentirme más fuerte. Veo el dolor, el trabajo y el sufrimiento ajeno para realmente confirmar que soy una raza superior. Pero al momento en que Anna llega a la sala de tortura, me siento frágil y vacio por dentro. ¿Por qué con ella siento cosas diferentes al resto de las ratas inmundas que hay en este lugar? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a ella? Miles de preguntas se cruzan en mi mente pero tengo que seguir adelante, tengo que verla sufrir. Es una orden.
Las tropas enemigas avanzan. Todo se está saliendo de control. El jefe quiere a todos muertos. Me siento y muevo el pie rápidamente en sentido de ansiedad. Aprieto los dientes con bronca, respiro entrecortado y dejo caer lágrimas por mis mejillas, hoy, diez de junio, la tengo que matar.
Veo al grupo entrar a la sala. Reconozco su mirada llena de temor y miles de cosas pasan por mi macabra mente. Los sentimientos son totalmente diferentes; en mi existe una mezcla de amor y compasión. En ella solo existe el odio.
Es el momento. Me dan una orden concreta: “Mátala. Pero antes, hacela sufrir” Anna me mira entregándose a la muerte, comienzo a violarla violentamente y en lo más profundo de mi alma le estoy haciendo el amor. Mis compañeros me apuran, en un abrir y cerrar de ojos estamos enfrentados, tengo que disparar. ¿Por qué a mí? ¿Por qué a ella? No soporto este calvario, el amor ha vencido al odio. Jalo el gatillo.
A diez años de mi liberación camino por el lugar donde sucedió todo. Encuentro este escrito. Se me eriza el vello y me siento apenas mareada. Anna Brulovsky soy yo.
miércoles, 6 de agosto de 2014
Desde adentro - Camila Centurión
Recostada
en el sillón, Bärbel tomó el control y presionó el protuberante botón rojo encendiendo
la voz de Schabowski, quien anunciaba palabras que ella atribuía ajenas a su
discurso general. Hubiese querido que las repitiera, para asegurarse, pero fue
su entusiasmo el que las confirmó. No había necesidad de pedir permisos.
En ese momento
oyó el zumbido de un cuerpo rompiendo el aire. Lo siguió fuera del
departamento, hasta la calle. Creyó que se silenciaría allí, más bien que se
perdería entre otros ruidos, pero se volvió más fuerte, más claro. Miró hacia
arriba e incrédula distinguió una figura equilibrista del tamaño del pie de un
niño a unos metros de su cabeza, su aspecto era brillante, estaba bañada en
color plata, tenía un potente par de élitros metalizados y un casco
acaracolado. Comenzó a moverse, dio vueltas a su alrededor invitándola a
acompañarla. Bärbel dudó, pero se dijo que a sí misma que, fortuitamente, todo
podía suceder ese día.
Con la
velocidad y la precisión de una flecha guió a Bärbel quien corría con gran
agitación. Ambas sabían hacia dónde se dirigían. Sus alas eran veloces, sus
pasos eran decisivos, no desperdiciaban sus movimientos. Y allí estaba,
imponente, cuántos abrazos habría impedido, cuántos encuentros, cuánta desesperación
habría en los gritos esperando una respuesta del otro lado, y luego de gastar
su voz llegando hartazgo, cuántos habrían caído intentando buscarla. Allí
estaba y se mantenía porque al perecer estos no eran cuestionamientos
relevantes.
Bärbel se
detuvo a cierta distancia, en cambio, su fugaz compañera aún más diminuta
comparada a las proporciones de su blanco se aproximó más y más, dispuesta a
destrozarlo comenzó a girar sobre su propio eje, y el aire se volvió turbio a
su alrededor. Lo acaracolado de su cabecilla era indistinguible, dirigía una
especie de remolino horizontal con un impulso infinito. Dañó lo que había sido
impenetrable acero, bien podría haberlo sobrevolado, pero no era ese su cometido.
Ingresó. Bärbel, todavía atónita, se acercó, apoyó sus manos en los bordes
ásperos e irregulares y sus dedos se resintieron por las bajas temperaturas de
la superficie. Miró a través de la brecha.
Definitivamente
no esperaba presenciar aquel pandemónium. El clima era propicio para el
crecimiento de albas edelweiss de cubierta azucarada pero insípida. El núcleo
de la estructura estaba poblado por seres muy similares a su compañera quien se
había mezclado en la multitud. Estos parecían piezas de ingeniería y pese a que
un pequeño yelmo ocultaba sus expresiones faciales, podía deducirse que estaban
atrapados en un ambiente de tensión.
El aliento de Bärbel
producía vapor caliente. Su rostro asomaba desde una cómoda perspectiva,
contemplaba cómo el roce de las vestimentas de estos seres que andaban a
empujones liberaba chispas, desgastándolas. Hacia el este, había fuertes
enfrentamientos, disparaban retos peligrosos y lanzaban amenazas con sabor a
tercera guerra mundial. La función de las ideas era inalienable. Los conflictos
se contagiaban, no podían estar juntos, necesitaban límites. Lucharon por
ellos.
Algunos
vomitaban quejas mientras ocultaban sus intenciones de oscuro petróleo. Otros,
agobiados por las batallas, se sentaban y pensaban, al dejar circular sus
ocurrencias, la superficie de sus yelmos comenzó a deformarse, un surco se
dibujaba, progresivamente aumentaba su profundidad, dando origen a una
distintiva espiral, ya conocida por Bärbel. Estos últimos se codearon con otros
para comunicar las novedades. Pudieron sentir cómo en sus espaldas algo
interno vencía el metal, luego el esmalte, abriendo dos orificios paralelos de
los cuales brotaron sus alas encapulladas y finalmente, se desplegaron. Comenzaron
a ascender y a agruparse, sin miedo, la cacería de brujas era historia.
Una vez
completos, se movieron con fervor, elevándose a la altura del rostro de Bärbel,
quien levantó la mirada y creyó que se atropellarían por salir a través de la
grieta, estaba a punto de moverse cuando sintió el viento provocado por los
aleteos mover su cabello; estaban de frente a la otra cara del muro y sin tomar
impulso, arremetieron contra ella, abriéndola.
Apartó
su mirada de la brecha, que crecía como la euforia de sus vecinos. Volteó y la
multitud se aproximaba. En un instante estaban a su lado y sus golpes se hundían
en años de retención, de distanciamiento, de golpes recibidos; en el cemento.
Los represores se paralizaron y, en un gesto cómplice, se abrió el telón.
martes, 5 de agosto de 2014
Sin título - Mora
Su
caldero le mostraba todo lo que ella quisiera ver: podía explorar vastos
desiertos, junglas, selvas, océanos y ciudades, escuchar insignificantes
conversaciones que sucedían tanto en la proximidad como en la lejanía, espiar
hechos que tuvieron lugar tanto en un tiempo pasado como los que ocurrirán en
el futuro. Esa olla de metal era milagrosa, bastaba solo con pedirle algo para
que lo realizara. Giovanna, la dueña de ese pedazo de magia metalizada, a pesar
de las infinitas facultades que le podía brindar, no lo utilizaba con la misma
frecuencia que las demás hechiceras, porque consideraba que el simple hecho de
poseerlo ponía en desventaja a aquellas personas que no gozaban de los
beneficios del oráculo.
Una
noche de abril, el agua que llenaba la olla se tiñó de rojo. Giovanna buscó,
rebuscó y volvió a buscar en diversos libros qué podía significar este
repentino e inesperado cambio. Ningún texto mencionaba siquiera que el agua
podía cambiar de color, por lo que pronto atravesó pantanos y bosques para llegar
hasta la casa de Rufa, la mujer que le brindó todos los conocimientos de
hechicería que posee hoy.
La
puerta estaba entreabierta, por la pequeña franja que daba paso al interior
penumbroso no se podía vislumbrar nada, a excepción del brillo del pelaje de un
gato que dormía en el piso. A pesar de la invitación y curiosidad que genera
una puerta sin cerrar se resistió a la tentación de entrar sin anunciarse y,
por educación, golpeó con los nudillos tres veces la madera resquebrajada.
Nadie respondió. Toc-toc. Silencio. Un frío le recorrió el cuerpo y su instinto
la apuró a correr pero permaneció allí, golpeó otra vez e ingresó. El pequeño
cuarto estaba destrozado: hojas rotas tapizaban el suelo, los muebles
desparramados y despedazados hacían que caminar por la habitación fuese una
travesía, pedacitos de vidrios que antes fueron frascos contenedores de
ingredientes exóticos, necesarios para la mayoría de las brujerías, ahora adornaban todas las superficies. Luego
de recorrer todo el desbarajuste concluyó que el caldero había desaparecido, y
lo único que permanecía en el mismo lugar en el que lo conoció era su base.
Asustada,
se dirigió a la casa de cada bruja a la que conocía, pero ninguna le supo
responder qué le había ocurrido a Rufa ni por qué el agua de su caldero se
había vuelto roja. Inmediatamente, todas juntas emprendieron una exhaustiva
búsqueda por el bosque y el pantano que rodeaba al conjunto de casas
cuidadosamente separadas pero también cercanas para facilitar la comunicación,
que llegó a su fin al encontrar, en una hoguera, un cuerpo carbonizado, que
bajo sus ropajes tenía una tobillera de oro. Estimaron que el cadáver era de
Rufa, porque ella solía usar vestidos largos, con muchas capas y había heredado
de su madre una joya similar que siempre llevaba para recordarla.
Rufa,
la hechicera más sabia, de la que todas las brujas habían aprendido, a la que
habían querido y preguntado todas sus inquietudes, ahora estaba muerta, la
habían matado. Sin poder llegar a resolver quién, quiénes o por qué,
recurrieron todas juntas a la casa más cercana a la hoguera, para despejar sus
dudas con el caldero, que les aclaró las incógnitas: La cacería había empezado,
las brujas ahora eran el objetivo de la Inquisición. Bastaba solo una denuncia
vecinal, aunque ninguna poseía más vecinos que el grupo de brujas mismas, para
que fueran quemadas vivas en la hoguera.
Alguien había denunciado a Rufa. El agua
seguía roja. No podía confiar en nadie. Pensó en huir ahora, que por el momento
estaba a salvo y ninguna hechicera sospecharía que ese es su plan. Pero el
caldero, él tiene el poder de responder cualquier cosa que le preguntes, él
podría contarles su ubicación, en caso de que escapara, también podría decirles
que está pensando en irse. Concluyó que debía comenzar a usarlo ella también.
Pasó
días estudiando las maneras correctas de usarlo, y, cuando terminó de
instruirse , el agua continuaba roja, lo que hacía que ninguna pregunta o
hechizo fuera respondido. Estaba inutilizado, el tiempo pasó y no se llevó el
color. Estaba segura de que eso era un hechizo de la misma bruja que denunció a
Rufa y que, probablemente, todas ahora estén en la misma situación que ella,
pero tenía miedo de ver alguna bruja devuelta, así que no podía confirmar
ninguna teoría.
La
idea de escapar se hacía cada vez más presente ya que la ventaja que tenía
contra las demás personas ahora había desaparecido o inutilizado y había un
peligro inminente hasta en el respirar dentro de su propia casa. Así que tomó
las cosas más esenciales: un libro de hechizos, comida y unas pocas ropas y se
marchó sin saber a dónde.
El
bosque, que siempre la había acogido cuando era niña en sus horas tristes, y
había logrado convertir esa amargura en felicidad, ahora la aterraba: se veía
quemándose viva atada a cualquier árbol, perseguida por cualquier persona o
animal, muriéndose de hambre. Su terror era tal que no logró dormir ningún día
ni ninguna noche y tras intensas jornadas de caminata casi sonámbula llegó a
una ciudad, pero ¿era la ciudad lo que estaba buscando? ¿no huía justamente de
los vecinos?
Sin
embargo necesitaba un lugar para dormir, porque el sueño acumulado de los días
que pasó en el bosque le dificultaba cualquier tarea que se propusiera
realizar, por eso fue a un hotel que quedaba en las afueras de la ciudad, próximo
al bosque del que salió. Se hospedó, con el plan de pasar allí una noche y
volver descansada al bosque para hallar el camino hacia su casa, comprobar cómo
estaban las demás brujas, desde una distancia prudencial y controlar si su
caldero seguía inutilizable.
Subió
a la habitación que le asignaron, y a penas cerró los ojos se quedó dormida.
Cuando se despertó era de mañana, tenía la sensación de haber dormido poco. El
dinero que tenía le alcanzaba solo para pagar una noche. Se dirigió a la
recepción para abonar y no pudo evitar sorprenderse al oír que había
permanecido durmiendo cinco días. Le dijo a la mujer, quien esperaba cobrarle
en ese momento, que quería usar el cuarto una noche más. Ella aceptó y Giovanna
subió las escaleras que conducían a la habitación para pensar cómo podía
escaparse de allí, y resolvió que la mejor opción sería utilizar un hechizo
para volar y caer en directamente en el bosque, pasando desapercibida. Sacó el
libro del pequeño bolso que llevaba, pronunció las palabras y saltó.
Flotó
unos pocos segundos, luego sintió cómo el hechizo se debilitaba, el aire
intentando llevarla hasta la tierra y el dolor que iba a sufrir al caer. La
poca gente que estaba presente la observó derrumbarse, impresionada de que alguien
pudiera volar.
Los
habitantes prepararon la hoguera sin demora y Giovanna fue quemada junto con
todas sus vecinas, quienes también habían sido descubiertas.
lunes, 4 de agosto de 2014
Dioses Humanos -- Luna Mendez
Mis padres militaban en Montoneros. Ella era María,
tenía veinte años. El se llamaba Pedro, cumplía veintitrés el día que se los
llevaron. Yo tenía solo cinco años.
De mi corta vida con ellos no me quedo mucho. Recuerdo
como mi mamá me cantaba en las noches,
como mi papá me lanzaba hacía arriba para luego agarrarme y abrazarme
fuerte. Recuerdo la sonrisa de ella, enorme y perfecta. La risa de él, fuerte y
alta, llena de vida. Me acuerdo del día en que me dijeron que iba a tener un
hermanito, yo estaba muy feliz, quería tener un hermano. Pero por culpa de
ellos no pude.
Estábamos en casa, los tres, festejando el cumpleaños de
mi papá. Mi mama le había hecho una torta y yo la había ayudado. Ella se
acariciaba mucho la panza en esos momentos, faltaba poco para que naciera.
Entraron rompiendo la puerta, gritándonos; después
aparecí en la casa de mi abuela. De lo que paso en el medio no me acuerdo nada.
Hoy es el peor día del año para mí. Hoy, 27 de Junio, es
el cumpleaños de mi papá. Es el aniversario número treinta del día en el que yo
perdí a mi familia, del día en que lo perdí todo.
Pero este año es distinto, la fecha ya no es lo
primordial hoy. Voy a encontrarme con mi hermano. Ya se hizo el ADN, ya dio
positivo, ya lo acepto, ya es mi hermano. Es el primer día que nos vemos fuera
del ámbito burocrático, como familia. Nuestro primer encuentro verdadero diría
yo.
Me pongo linda, quiero que me vea bien, quiero que se
alegre de que yo sea su hermana. Me tomo el bondi, cuento las paradas. Estoy muy
nerviosa. Bajo del colectivo, camino hacia el café en el que acordamos
encontrarnos. Entro y lo veo sentado, mirando por la ventana.
-Hola ¿Cómo estás?- Cuando levanta la cabeza y me ve. Al
principio estaba serio, pensativo. Luego eso da paso a una gran sonrisa. El
corazón se me para un instante, nunca lo había visto sonreír. Tiene la misma
sonrisa que ella. Eso me duele, pero a la vez me gusta.
Él me saludo, hicimos nuestro pedido. Mientras
esperábamos hablamos de cosas triviales. Como había sido mi semana, como estaba
su mujer, como le estaba yendo estudiando para ser abogado, como me estaba
yendo a mí con mi carrera de psicóloga, que raro estaba el clima, entre otros.
Llego el café. Reino el silencio por unos minutos, hasta
que lo rompió.
- ¿Cómo eran?- Levante la mirada y lo que vi en sus ojos
me sorprende, pero lo entiendo. Dolor, angustia, desesperación.
- Es difícil describírtelos, no me acuerdo mucho. Para
mi eran perfectos, pero yo era una nena, la perfección en mi mundo estaba
representada por ellos. Te puedo decir que cuando ella sonreía el mundo
brillaba diferente; que cuando él te abrazaba, lo demás dejaba de asustar. Pero
después no sé.
Volvimos a estar callados un rato, el volvió a romper el
silencio.
- ¿Sabes que es lo que más me duele? Perdí una familia
de mentira para encontrarme con una familia que no está. Solo te tengo a vos
ahora.- Intente mirarlo a los ojos, pero él estaba mirando su café.
- Pero ellos si están. Están en vos, en mí, en nuestros
abuelos. Están en todos los que no olvidan. Yo te entien…
- No lo digas, no digas que me entendés. No me pueden
entender, vos no viviste toda tu vida en una mentira, para enterarte de ella
veintisiete años tarde. No te das una idea del dolor que siento.
- Vos no te atrevas a decir que no tengo ni idea del
dolor que sentís. Puede que no sintamos el mismo dolor, pero la magnitud es
idéntica. No sos el único que sufre acá, yo perdí a mi familia de un día para
el otro. Vos sos lo más fuerte y nítido que me queda de ellos.- Una lagrima cae
por mi mejilla, borro su rastro rápidamente.
Clavó sus ojos en los míos y los dejo ahí por un rato.
Me duele que piense así.
- -- Tenes
razón, discúlpame. Es que a veces esta situación me sobre pasa. Cuanto más pasa
el tiempo más difícil es. Pensar que ahora soy más grande de lo que ellos
fueron también es complicado. Quiero hablar con ellos para saber que pensaban;
si me querían. Mi apropiador nunca fue como un padre; mi papá biológico
probablemente no me conoció ¿Cómo puedo vivir yo sabiendo que alguien por jugar
a ser dios me saco la posibilidad de una vida normal?- Es una persona fuerte,
eso se nota.
Mire mi café, el cual
seguía intacto ¿Qué responder a eso?
Nada, absolutamente nada.
Me pare, él se paró y nos
abrazamos. Y ese abrazo dijo todo.
martes, 29 de julio de 2014
La Primera Libertad - Luciano Funez
Corría el invierno de 1917 en Rusia. Teníamos una casa muy
pequeña en la capital de Petrogrado, donde vivíamos con mi compañero y nuestro hijo. Ambos militábamos en la
fracción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata.
La revolución era nuestra causa en la vida, el marxismo
había llegado a nosotros al calor de las
discusiones que tenía la clase obrera de la época. Ya habíamos tenido nuestras
experiencias con el socialismo “reformista” que propugnaban los mencheviques,
tan cómodamente adaptados al régimen, que habían abandonado la causa
revolucionaria por un par de cargos en la Duma. En cambio los bolcheviques
seguían firmes en las calles, luchando por derrotar a la burguesía sin alianzas.
La primera guerra mundial había traído tras sí uno de los
inviernos más crudos. Escaseaba la comida y los salarios de miseria apenas
alcanzaban para sobrevivir. La censura y la represión, por el contrario,
crecían. Eran tiempos difíciles, muchos se exiliaban y otros terminaban presos.
En esos tiempos yo trabajaba en una fábrica textil de la
ciudad. Éramos todas mujeres. Con la guerra, los hombres habían dejado sus
puestos de trabajo, y muchos nunca regresaron. Nosotras peleábamos por el fin
de la misma, nos oponíamos a matar a nuestros hermanos y hermanas de otras
naciones solo por los intereses de los gobiernos, que poco tenían que ver con los nuestros.
Queríamos que la guerra imperialista se transformara en guerra civil para que
las armas se volvieran contra nuestros explotadores. ”Guerra a la Guerra” era
nuestra consigna.
El soviet de Petrogrado, asamblea popular, crecía cada nuevo
día en número de comunistas, eso nos
indicaba que la insurrección estaba cerca.
Esa noche después de una reunión organizativa de lo que iba
a ser una de las primeras movilizaciones por el día internacional de la mujer
trabajadora en nuestro país, me separé de mi compañero porque unos policías nos
seguían. La militancia clandestina se volvía cada día más difícil. Nos
interceptaban nuestras prensas, nos cerraban imprentas, incendiaban lugares de
reunión y hacían listas negras. Esa noche el frio se sentía como cuchillos
entrando en la garganta. Plejánov y yo habíamos discutido y tomado caminos
distintos. Caminaba en la soledad nocturna, temiendo en cada esquina. Tarareaba
“La Internacional” para sentir fuerza, para pensar que el final estaba cerca y
que tiempos nuevos se acercaban. “La tierra será el paraíso, patria de la
humanidad” me repetía. Llegué a casa, mi hermana cuidaba de mi hijo. Plejánov
no había llegado aún, lo imaginé discutiendo con algún compañero, con algún
vecino,” siempre difundiendo las novedades y preparando la lucha que se viene”
me dije. A las cuatro de la mañana no podía dormir: algo había pasado, se lo
habían llevado.
A primer hora de la mañana fui a buscarlo a la cárcel, ahí
estaba, no me dejaron verlo. Les grité a los policías, “reaccionarios,
traidores”. Nada funcionó, casi me encierran a mí también. No lo hicieron, lo
consideraron un regalo, era 8 de marzo. Claro, esperaban devolvérmelo en la
calle, preparaban una represión sangrienta.
Cuando el sol de la tarde se encontraba en su mejor lugar,
nosotras ya estábamos listas para arrancar. Llevábamos nuestras pancartas y una
bandera que encabezaba “Pan, Paz, y Trabajo”.
Queríamos poder comer, queríamos poder vivir, pero nuestros horizontes
estaban tanto más lejos. Soñábamos con la emancipación femenina, y con la de
toda la humanidad, no queríamos más prostitución, ni explotación, ni muertes
por abortos clandestinos: queríamos el voto y los mismos privilegios que los
hombres.
Esa mañana junto con los “festejos” del día, optamos por la huelga en nuestra fábrica, hecho que se
extendió a muchas fábricas de la ciudad. La movilización que nosotros
pensábamos incipiente se había transformado para las cuatro de la tarde en
centenares de obreras y obreros que abrazaban la causa.
La protesta fue interceptada por la policía, intentamos
cambiar el rumbo pero estábamos rodeados, no podíamos avanzar. Piedras, palos,
balas. Y comenzaron a apresar mujeres. Una a una se las iban llevando.
Empezamos a correr cada uno en una dirección distinta.
Yo hui sin ser vista, di vuelta una esquina y caminé tres
calles mientras sostenía una pancarta. Caminaba tranquila, cuando repente, en
una esquina, ahí estaba. El mismo policía que había conocido horas atrás en la
cárcel, él mismo que horas antes no había hecho nada conmigo, a pesar de mi
escándalo en la cárcel, ahora me apresaba.
Me llevaron junto con muchas mujeres a unos aposentos
oscuros, todo era lúgubre, y frío. Teníamos hambre, teníamos sed pero sobretodo
el sentimiento de derrota. Hacía que el tiempo ahí se volviera insoportable y
triste. ¿Nos iban a exiliar? ¿Nos iban a exterminar? Qué era peor, yo no tenía
dinero para escapar a ningún país. Mi hijo en casa, con sus padres
encarcelados, ¿quién se ganaría el pan ahora? Lloraba, lloraba, y me secaba los
sueños. La gloria, la revolución, ¿dónde estaban?
A las once de la noche ruidos y olor a pólvora me despertaron
mientras dormitaba con mis compañeras de celda. Una explosión, y los cantos de
millones se escuchaban a los lejos, eran cantos de alegría, ¿habíamos
triunfado?
A la medianoche volvíamos a sentir la brisa nocturna de la
calle una vez más. Los obreros y obreras habían tomado las calles, y liberado a
los presos políticos. Horas más tarde me rencontré con mi hijo y su padre.
¡Habíamos triunfado! Quién hubiera dicho que el primer día
de la revolución rusa empezaría con los festejos del día de la mujer.
Así nacía el primer estado obrero de la historia. El soviet
de Petrogrado había vencido. El poder
desde abajo, el de los oprimidos, había levantado, en su pugna, todo lo que estaba
por encima de él.
viernes, 25 de julio de 2014
Recuerdos del sur- Micaela ortino
Desgraciadamente me toco nacer en un momento en que la vida
se compraba y se vendía, por un par de monedas. Para ellos, solo era un objeto
comercial intercambiable, eso era lo que éramos, solo objetos.
Al principio era un soñador en desarrollo. Creía que las
cosas cambiarían y veía mi situación de la mejor manera posible, sin perder la
fe. Y gracias a ella, no deje de sonreír ni cuando vi la cara de papa al ver el
barco. Ese barco que nos llevaría a nuestro nuevo hogar, ese barco en el que la
mugre y la suciedad se notaban más que la luz del día, ese barco en el que no
existía comodidad alguna y donde papa no emitió ni una palabra.
Al llegar el panorama no era el esperado. Estábamos rodeados
de cientos de campos de cultivo, en los que hombres de piel oscura trabajaban
sin parar. No tuvimos presentación alguna, solo un hombre muy bien vestido se acercó
hacia nosotros y dirigiéndose a mi padre y a mí nos gritó: “A trabajar”.
Al principio pensaba
que nuestros días no se basarían solo en la cosecha de aquellos campos. Además,
pensaba que por ser pequeño me dejarían ir a jugar con los demás niños, amigos
de ella, la hija del señor Christopher .Pero con el correr de los días me di
cuenta de que me equivocaba.
El tiempo transcurría y nosotros estábamos en los campos
desde la salida hasta la puesta del sol, sin importar si hacia frio o calor.
Mama era una de las criadas que se encargaba de hacer la comida y el resto de
las tareas domésticas. Dormíamos en una especie de casa, lo suficientemente
grande para albergar a uno cien esclavos entre niños y adultos, donde el suelo
era nuestra cama y en donde nuestros cuerpos se hallaban a la intemperie
soportando los fríos climas invernales y los calores abrumadores que traía
consigo el verano. Todos los días nos
daban solo un plato de guiso y un plato con agua, lo que nos llevaba a
fraccionar la comida para que nos alcanzara para el resto del día y no nos
muriéramos de hambre. Nunca nos bañábamos, no teníamos agua para hacerlo, por
lo que bebíamos un poco de agua del plato y utilizábamos lo demás para asearnos
con un trozo de tela que habíamos arrancado de nuestra ropa.
De vez en cuando, el descontento y el malestar se hacían
notar entre todos. Las quejas y los
llantos no cesaban, pero cuando todos bajaban los brazos y se daban por
vencidos, él se largaba a dar uno de sus discursos, esos en los que la
esperanza volvía a ser el único pilar que nos mantenía unidos y fuertes para luchar contra las
fuerzas opresoras que nos alejaban de aquello que nos habían arrebatado, eso
que nos enorgullecía con tan solo nombrar, nuestra libertad. Y era por aquel
ser humano tan fuerte y decidido que sacaba la fuerza para seguir luchando
contra la injusticia, contra la maldad y la tortura que representaba ser un
emarginado social. Es por ello, que papa, representaba tanto para mí como para
muchos otros un ejemplo a seguir, un ejemplo de lucha, de sacrificio, de sudor
y esfuerzo.
Un día en el que como los demás arriaba la tierra buscándola
a ella. Luego de un tiempo, la vi. Ahí estaba, con su vestido morado, y su
hermosa sonrisa, era toda una princesa y yo decidí no quedarme atrás, sería su
príncipe. Mientras el maestro de tareas junto con los peones nos llevaban al
único receso que teníamos para almorzar, logre escabullirme entre las
interminables filas de aquellos cuerpos desnudos y alcance a esconderme detrás
del tronco de uno de los árboles del camino.
Recuerdo que espere hasta que se dispersaran hacia esa casa
en la que dormíamos y fui tanteándome entre árbol y árbol hasta que llegue a la
casa central y la distinguí. Estaba con sus demás amigos y corrían de un lado
al otro, con toda la alegría y la belleza que la caracterizaba. En el preciso
instante en que la vi acercarse de
espaldas, salí a su encuentro y la salude amablemente para no sobresaltarla. Ella voltio y tras vacilar un momento me
devolvió el saludo y me invito a jugar con ellos. En ese momento, la mirada de
los demás niños se había detenido en mí y no me importaba su indiferencia
porque ella me trataba como a cualquier otro, por lo que proseguí
preguntando sobre que se trataba. Me explico que el juego consistía en
esconderse en algún lugar mientras uno llevaba la cuenta y salía en búsqueda de
todos. Me pareció divertido y como no me detuve a analizar la situación que
estaba viviendo solo mire a mí alrededor buscando algún escondite. Nunca voy a
olvidar el momento en el que me agarro de la mano y con su linda sonrisa nos
llevó a escondernos a aquel quincho. Como tampoco voy a olvidar como se fue con
la excusa de fijarse como marchaba el juego y no regresar jamás. Pero lo que si
voy a recordar por el resto de mi vida es la imagen de las puertas del quincho
abriéndose de par en par y como el señor Christopher hacia presencia por
primera vez ante mí con un látigo que colgaba de su mano derecha. Lo que siguió
a continuación fue tan doloroso que mi mente decidió omitir algunas escenas,
pero el ardor y el dolor, sumado a mis gemidos fueron más intensos y no
lograron librar a mi mente de aquellos horrorosos recuerdos. Recuerdo como mi
puño cerrado presionaba con fuerza los pajares del piso, como mi cuerpo que
yacía de espaldas en el lecho de aquel tronco, se sumergía en un mar de
sufrimientos desgarradores que se hacían notar entre suplicas y sollozos y como
el sentimiento de venganza, de resentimiento y de traición se apoderaban de mi
mente, no podía creer a la vez, que ella me hubiera traicionado y eso era algo
que nunca olvidaría.
Después de ese día ya nada era como antes. Mi padre miraba
las cosas con un rencor casi indescriptible y con un dolor que lo estaba
consumiendo por dentro. Sus discursos de lucha ya no eran los mismos, pero a pesar de todo
seguía en pie gracias a esa valentía que lo caracterizaba.
Ese día, terminaba de arriar la tierra junto con papa antes
del receso alimentario, pero algo nos detuvo a todos a escuchar atentamente. Se
oían bullicios a lo lejos, tiros y una humareda que se acercaba lentamente
hacia nosotros. Los peones se montaron en sus caballos y empezaron a cabalgar
velozmente como en una especie de huida.
Ninguno de nosotros entendía con exactitud lo que estaba
pasando, pero cuando los vimos, confirmamos todas nuestras sospecha. Allí
estaban, montados a caballo, con sus instrumentos desdoblados, que lanzaban una
polvoreada al aire en señal de victoria.
Todos exclamaban gritos de alegría y una sonrisa de dibujaba
poco a poco en la cara de toda la gente, porque eso éramos, gente. Hasta papa
se mostraba gratificado y contento, algo que no notaba hacia mucho y eso me
llenaba de felicidad. En cambio, yo estaba feliz pero todavía los
aires libertadores no dejaban atrás mis aspiraciones, tenía un objetivo preciso
y necesitaba cumplirlo.
Mientras las tropas del norte revisaban la casa y apresaban a los
ex mandatarios de la confederación yo lo buscaba. No hallaban ni un rastro de
el por ningún lado, pero solo yo, tras pensarlo un momento, sabia donde estaba
y di en blanco. En el descuido de uno de los guardias tome un fusil y lo lleve conmigo hasta aquel lugar.
Al abrir la trastabillada puerta de esa deplorable casa que nos
había acobijado en los últimos meses, lo distinguí, trato de escapar por la
parte trasera pero se halló arrinconado y se detuvo. Recuerdo como me suplico
arrodillado en el piso y como el poder del fusil culminaba en mí, por lo que
sin pensarlo dos veces, accione la palanca. En el preciso instante, en el que
el cartucho calibre 44 salía expulsado de la boca del fusil con una carga
propulsora de28 gramos de pólvora negra un cuerpo se interpuso en su camino y
le termino dando al blanco equivocado. En el piso con un tiro en el medio del
pecho, yacía mi padre, con mirada vacilante. Nunca voy a entender porque lo
hizo, pero la libertad no valía nada sin su compañía.
El 9 de mayo de 1865 no solo significo, el reconocimiento de
mi dignidad como persona y la libertad esperada por muchos esclavos sino también
la pérdida de un hombre que me enseño como enfrentar la vida en busca de mis
sueños.
jueves, 24 de julio de 2014
(sin título) - Sol Psiurski
Esa noche no había podido conciliar el sueño.
Sabía que al otro día iba a tener que dejar el país. Ya lo tenía resuelto hacía
meses. La idea estaba en mi cabeza, pero dolía igual. Tener que dejar a Felisa
con los chicos sin saber si los iba a volver a ver, me desgarraba. Entre
silenciosas lágrimas y el final del cigarrillo, me prometí hacer lo posible por
regresar.
Al alba
me sequé las lágrimas, no podía ablandarme enfrente de ellos. Me asomé por la
ventana y contemplé a Felisa que labraba la huerta. Sus cabellos recogidos, sus
pequeñas manos agrietadas, el brillo de sus ojos. Cómo iba a extrañarla.
Mis hijos
dormidos con tan inocente paz me daban la fuerza que me faltaba. Si me estaba
yendo a América, era por ellos. Desde allá iba a poder darles lo que desde Italia
no podía.
No los
quise despertar, ver en sus facciones la tristeza. No quería dar lugar a los
sentimientos encontrados: la bronca, el enojo frente a un sistema que daba asco.
Con un
beso en la frente a los seis, me despedí.
Felisa
me estaba esperando en la puerta. Estaba a punto de estallar. La conjunción
entre la ira, la desesperación y el desamparo. La rodeé con mis brazos sin
intención de soltarla, de ella brotó un mar que humedeció mi saco gris. En mi
bolsillo puso una foto vieja y polvorienta de ella.
Con
un 'volveré' y un beso en la frente lleno de esperanzas, me despedí.
Ocho largas
horas en ferrocarril me esperaban. En el viaje conocí a Nicola, un joven piamontés
con el mismo destino que yo, Argentina. Las razones eran distintas, a él lo
perseguían por cuestiones políticas e ideológicas, y había sido obligado a
exiliarse para proteger a su madre.
En el trayecto desde mi pueblo a Génova, fuimos
ganando confianza y terminamos contándonos historias anecdóticas. En un cuarto
de día llegué a llamarlo amigo, quizás por la necesidad de no sentirme solo.
Quizás porque me sentía comprendido, quizás porque...
El
viaje en ultramar se hizo tedioso e incómodo en todos los sentidos. En el
barco, los pasajeros éramos separados por sexo. Los hombres éramos ubicados en
grandes dormitorios comunes y las mujeres y los niños en otros. Toda la vida a
bordo estaba reglamentada. Había horarios para estar en la cubierta, para comer,
dormir e higienizarse. Sólo podíamos usar el agua una vez al día, puedo contar
con los dedos la cantidad de veces que me bañé en ese mes.
A veces en la cubierta, me sentaba solo y
pasaba horas mirando la foto que Felisa me había dado antes de partir. Le escribía
cartas todos los días contándole sobre Nicola, sobre los juegos de cartas que
había aprendido y acerca de lo mucho que la extrañaba a ella y a los chicos.
José, un comerciante genovés que se dirigía a
hacer la América, todos los días nos enseñaba frases en castellano que nos
serían útiles cuando arribáramos y tuviéramos que echarnos a la suerte del
inmigrante.
Ya en suelo americano, nos dieron
indicaciones de los lugares a donde teníamos que ir para legalizar nuestra
presencia. A todo respondí muchas gracias.
Después de haber pasado por la Aduana, me encontré con Nicola y dos muchachos y
nos dirigimos al hotel.
El complejo era gigante, me intimidaba el
solo estar ahí. Nos recibieron como si no mereciésemos estar en el lugar. Nos
gritaron las pautas de convivencia pero yo estaba muy desconcertado como para
enojarme por el trato. Nos asignaron un dormitorio en el cual dormiríamos
durante cinco días. Las camas me daban la sensación de que eran incómodas y
duras como piedra.
A las seis de la tarde, nos llamaron a cenar.
Un comedor larguísimo y un guiso de carne. Nicola al lado mío, ya planeaba el
día de mañana: la búsqueda de trabajo y vivienda. Yo solo quería saber dónde
estaba el correo, quería enviar las cartas que le había escrito a mi familia. En
el manual que nos habían dado en Italia no mencionaban cómo llegar.
Al otro día, en la ciudad, ya habíamos
conseguido dos puestos de trabajo como obreros en una fábrica gracias a Pietro,
un italiano que había llegado al país un mes antes que nosotros, y había logrado que
nos aceptaran rápidamente.
Al cabo de una semana, estábamos viviendo en
un conventillo en La Boca, cerca de la fábrica. El salario me alcanzaba para
pagar el alquiler, pasar el día a día y enviarles un poco a mi familia.
Un
domingo por la noche se cumplieron tres meses desde que había llegado a Buenos
Aires, y cuatro desde la última vez que estuve en mi hogar. El tiempo había ido
pasando, los días eran intensos, pero cada día me sentía mejor. Un extraño
sentimiento de que estaba viviendo una nueva vida, una vida mejor, donde me
sentía bien con lo que hacía y con quien era, me sorprendía y emocionaba.
Nicola y yo salimos a caminar. Nos mantuvimos
en las manzanas próximas por miedo a perdernos. Teníamos por delante un océano;
detrás de él, toda nuestra vida, de donde veníamos, lo que habíamos sido hasta
llegar a esta tierra. Pero con él me sentía seguro. Podía descargarme con la
certeza de que no me iba a juzgar. Me era incómodo, pero lindo. Varias veces me
había encontrado observándolo. Sus gestos, su forma de hablar, de caminar.
Nos detuvimos frente al río. Encendimos un
cigarrillo y quedamos en silencio. Ya
no tuve miedo. Decidí que era el momento.
Pensé que desde hacía mucho tiempo venía
ocultando quien era de los ojos de mi familia, Felisa, y mis amigos. Incluso de
mí. Me sentía avergonzado de la verdad.
Ese día, lejos de mi ciudad natal, en un nuevo
continente, me di permiso. Me había dado cuenta que Nicola era la persona a la
que siempre había buscado. No sentía culpa por Felisa. Ella había sido mi mejor
amiga, mi compañera, mi mejor hazaña pero no la deseaba. La vida era más que
una dulce compañera.
Cerré los ojos y sentí que jamás me olvidaría
de ellos, pero este viaje, la distancia me habían llevado a encontrarme con
quien realmente yo era. Nunca los abandonaría, pero me quedaría aquí,
intentando este nuevo camino.
Abrí los ojos, y frente a mí estaba Nicola,
sonriendo. Nos reconocimos en ese silencio, en ese abrazo interminable. Y ese
fue el principio de una nueva historia.
miércoles, 23 de julio de 2014
Cuento - Guido Di Marco
Toda la vida por delante
1383
– ¡Guerra, plaga y desgracias! El fin del
mundo se acerca, recuerden mis palabras.
El ruido de las conversaciones llenaba la
taberna, cuando un hombre entró, sin que nadie se fijara en él.
–Miren, yo vi a la muerte; perdí a la mitad de mi
aldea a la peste negra y peleé en la guerra contra Castilla, y ya saben el
desastre que fue. No es como si no conociera a la muerte.
–Sos un tonto, Geoffrey. La muerte alcanza a
todos. Treinta años, si escapas a la plaga y a los franceses. Cincuenta, con
buena fortuna, y si a Dios le place. Más no vas a durar.
El recién llegado observó a la gente,
escuchando sus conversaciones, pero sin hablar con nadie.
–La única razón por la que la gente muere,
es porque todos los demás lo hacen. Tan sólo están siguiendo la corriente
–respondió –. La muerte no sirve para nada. No quiero nada que ver con ella
–dijo mientras tomaba un trago –. Digo, ¿para qué sirve? Piénsenlo. Yo tomé mi
decisión en la última batalla contra Castilla. “Geoffrey Gidlow,” me dije,
“todos los hombres y mujeres mueren, dicen--”
–Excepto por el judío errante, que le negó
agua a nuestro señor –señaló un viejo.
–Bueno… todos mueren, excepto tal vez por
el judío errante, pero ¿por qué tengo que hacerlo yo? Tal vez tenga suerte;
siempre hay un primera vez –dijo con una sonrisa –. Hay tanto por lo que vivir,
tantas cosas que ver, tanta gente con la que beber. Ustedes tal vez mueran
–otro trago –probablemente lo hagan, porque son estúpidos, pero no yo –dijo
riendo, pero muy en serio.
–¿Te escuché decir que no tienes intención
de morir nunca? –el hombre recién llegado se había acercado sin que nadie se
diera cuenta, y estaba parado al lado de Geoffrey, inclinado sobre él.
–Em… sí, así es –respondió, sorprendido.
No lo había visto, pese a lo llamativo de su elegante vestimenta, completamente
gris, de su piel, blanca como la nieve, y de su cabello, negro como la noche
más oscura –. Es un juego de
tontos, y no voy a tomar parte en él.
–Entonces tenés que decirme cómo se
siente. Juntémonos otra vez. En esta misma taberna. En cien años.
Todos los que escuchaban comenzaron a reír:
–¡Ahí te agarró, Geoff!
–¡Cien años, sí, y yo soy el papa Urbano!
Pero Geoffrey no escuchó. Miró al hombre,
que le sostuvo la mirada, con sus ojos indescifrables, tan negros que no se
podía distinguir entre su pupila y su iris, y respondió:
–No les prestes atención. Son necios como
mulas. Cien años, en este día. Te veré en el año 1483 de nuestro señor,
entonces –se miraron por unos segundos, y luego el hombre de gris se marchó.
–¿Quién era ese, Geoff?
–No tengo ni la más mínima idea. Pero te
diré qué, Abraham. Se lo preguntaré la próxima vez que lo vea, en cien años.
–Jajajajajaja… para, por favor. No puedo
reír más, me vas a matar.
1483
–¿Cómo supiste? ¿Quién sos? ¿Un brujo?
¿Un santo? ¿Un demonio? ¿Hice involuntariamente un trato con el diablo?
–increpó Geoffrey.
–No, simplemente estoy… interesado. Veo que no has
muerto –respondió el hombre, sentado al otro lado de la mesa en su
característico tono inexpresivo.
–Ja. No. Diría lo mismo de vos, pero estás
tan pálido que tal vez me equivoque –se veía exactamente igual, excepto por sus
ropas, que eran más modernas, pero del mismo color gris.
–Sí, podrías. Vine porque estoy
interesado. La muerte no te va a tocar, Geoffrey Gidlow, a menos que eso es lo
que quieras –por primera vez, Geoffrey se quedó callado, sin dar crédito a lo
que oía –. Así que… ¿qué estuviste haciendo estos últimos cien años?
–Mismo trabajo que antes. Mercenario, más
que nada, y bandido, cuando no podía encontrar lo que llamarías exactamente una
guerra. Hace poco empecé a trabajar para un amigo, en un nuevo negocio. Se llama
impresión. No va a durar, pero es mucho mejor que cultivar zanahorias en la
tierra.
–¿Así que todavía querés vivir?
–Sí.
–¿Cien años, entonces?
–Oh sí.
1583
El sujeto de gris entró a la taberna,
considerablemente más limpia, con una chimenea, y ya sin agujeros en las
paredes.
–¡Mi amigo! Siéntate, tengo un par de
botellas para nosotros, ya empecé con una –lo recibió Geoffrey, rebosante de
alegría.
–Hola, Geoffrey.
–Eso me lleva atrás algunos años. Ahora es
Sir Wilhelm Manning. Oh, los dioses han sonreído sobre mí. Veamos… la última
vez que nos vimos estaba trabajando en la imprenta, hice algo de oro con eso,
lo puse en los barcos de transporte de mercancías, hice un pila. Fui al norte,
volví como mi hijo y seguí con el negocio de las naves de comercio –contó –.
¡Doncella, más vino! Hice una pequeña fortuna, y una generosa donación a la
corona me valió el título de caballero. ¡La vida es tan buena! Y eso no es
todo, mira esto –sacó de un bolsillo un pequeño retrato de él junto a una mujer
con un bebé en brazos –. Mi hermosa Lisbeth, y mi pequeño Austin. Es curioso…
así es como soñé que sería el cielo… hace doscientos años. Las calles son
limpias y seguras, hay mucha comida y buen vino. La vida es tan buena.
Habló y habló, mientras comía, pero no le
preguntó nada; era un hombre simple, y su vida iba bien, así que se limitó a
cumplir su parte del trato. Luego de que el sujeto de gris se marchara, Wilhelm
se quedó comiendo.
–Pan blanco –dijo, con la boca llena, en
voz alta –. Podría haber matado por un poco hace doscientos años. De hecho creo
que lo hice, un par de veces –reflexionó –. Tengo todo por delante para vivir.
Y ningún lugar para ir, excepto arriba.
1683
–¡Déjenme pasar, estúpidos! –un tumulto en
la entrada atrajo todas las miradas del salón.
–¡Vete, roñoso! Esta taberna es para gente
decente.
–Déjenlo, es mi invitado –ordenó el hombre
de gris desde su mesa, con la comida ya servida.
–Sabía que estarías aquí –dijo
groseramente –. ¿Tienes idea de lo hambriento que se puede poner un hombre si
no se muere, pero no come?
–dijo groseramente Wilhelm, mientras ignoraba los cubiertos y tomaba con sus
manos una pata de pollo de la mesa.
<<Ella murió. En el parto. Lisbeth. Ni
siquiera recuerdo cómo se veía. Empeñé su retrato hace más de cincuenta años
–relató, entre bocados –. Austin murió en un riña en una taberna, a los veinte
años. No salí mucho después de eso. Estuve allí por cuarenta años, me confié
demasiado. Trataron de ahogarme por brujo. Salí con mi piel y poco más. Después
se puso peor, y peor, y –tragó un bocado –… peor. Luego luché por el rey en la
guerra del Parlamento, un gran error, sí. Odié cada segundo de los últimos ocho
años. Cada maldito segundo.
¿Tienes idea de lo que es eso?
–¿Y todavía deseas vivir? ¿No deseas el
descanso de la muerte?
–¿Estás loco? La muerte es un juego de tontos.
Tengo tanto por lo que vivir.
1783
–Es un negocio. Magnífico sistema,
realmente. Llevamos productos de algodón a África, subimos un cargo de negros,
el mismo barco los lleva a través del Atlántico, y vuelve con tabaco, azúcar y
algodón en bruto –explicó Wilhelm, sentado en un sillón en un cuarto
privado muy elegante, tomando pequeños sorbos de una taza de té.
–¿Tomas orgullo en tratar a tus compañeros
humanos como menos de animales? –por primera vez en cuatrocientos años, Wilhelm
sintió que su antiguo conocido lo juzgaba, pero sus palabras, sin rastro de
emoción alguna, podrían no indicar nada más que curiosidad, o quizás algo más.
–Como dije, es un negocio –la entrevista
siguió como siempre, y Wilhelm le relató todo lo que pudo recordar. Su
situación había mejorado de nuevo. Así es la vida. Pero luego llevó la
conversación a donde a él le interesaba, para satisfacer sus propias dudas –.
Han pasado cuatrocientos años ya, y hay tanto que todavía no sé. ¿Quién sos, realmente?
¿Cuál es tu nombre? –pero fue interrumpido por la intrusión al cuarto de tres
hombres, uno rubio y delgado, y otros dos, corpulentos y de aspecto amenazador.
–¡Ah! Tal vez les pregunte eso mismo a los
dos –prorrumpió el muchacho rubio, mientras los otros dos los tomaban por
detrás y les ponían navajas junto al cuello –. No se molesten en levantarse.
–No creo haber tenido el placer de
conocerlo, señor –dijo Wil, con una sonrisa, a pesar de sentir el metal contra
su yugular. Ya sabía que nada le podía pasar.
–Cuentan una historia, en éstas partes de
Londres, que el diablo y el judío errante se juntan, una vez cada cien años, en
una taberna. Por tres años planeé nuestro rendez
vous –explicó el joven, con
tono satisfecho –. Bueno, ¿no tienen nada que decir?
–Yo no soy ningún demonio –dijo el hombre
de gris, con su rostro de mármol blanco.
–Y yo no soy judío –bromeó Wil.
–Ya descubriremos qué clase de criaturas
son. Ahora síganme, hay mucho que pueden contarme. Hay tanto por aprender…
–dijo el muchacho, impaciente.
–No. No lo creo –exclamó, imponente, el hombre de gris
mientras soplaba de su mano un polvo que durante un segundo iluminó la
habitación.
Sin tener tiempo para reaccionar, los tres
captores cayeron al suelo. Los dos viejos conocidos se levantaron y se
sacudieron. Wilhelm miró con desdén al joven rubio. Tenía los ojos en blanco y
parecía temblar.
–¿Qué les has hecho?
–Sus cuerpos siguen aquí, pero sus mentes
están en un lugar muy lejano. Se encuentran reunidos con sus fantasmas del
pasado –respondió, con las manos en los bolsillos, sin un ápice de interés por
lo que les sucediera a esos sujetos. Luego se dio vuelta y lo miró directamente
a los ojos –. Es una cosa muy mala, el esclavizar a otro. Te sugiero que
encuentres otra línea de trabajo.
1883
–Me di cuenta de que no soy el único que
no muere. Hay una mujer, que habré visto una docena de veces, aunque no siempre
me recuerda. También está el viejo Noam DeWitt, en Goldfarb Street. Debe haber
estado allí por lo menos ciento cincuenta años. ¿La muerte es caprichosa, no? –dijo
Wilhelm, llevándose un puro a la boca.
–Sí, así es.
–Creo que sé porque nos encontramos aquí,
siglo tras siglo. No es porque vos quieras saber qué es lo que le pasa a una
persona cuando no muere; ya viste lo que pasa. Dudo ser más sabio que lo que
era hace quinientos años. Aprendí de mis errores, pero tuve más tiempo para
cometer más errores. Tenías razón acerca del tráfico de esclavos. Nunca me voy
a restituir de eso, pero… –dudó
un momento, y volvió a empezar –conozco a la gente, y no cambiamos, no en las
cosas más importantes. Dudo alguna vez querer morir. Vos lo supiste desde el
comienzo. Yo creo que estás acá por otra cosa.
–¿Y eso qué sería? –su rostro de mármol
levantó un ceja, y Wil se entusiasmó.
–Amistad. Creo que estás solo.
–¿Insinuás que yo me haría amigo de un
mortal? ¿Que uno de mi clase necesitaría compañía? ¿Te atrevés a llamarme
solitario? –se levantó, colérico. Se dio media vuelta y se dirigió hacia la
puerta.
–Sí, me atrevo. Te digo que. Estaré aquí
en cien años. Si vos estas aquí también es porque somos amigos. Ninguna otra
razón, ¿No?... ¿No?
1983
–Yo… no estaba seguro de que fueses a
venir –dijo el mismo Wil sonriente de siempre, excepto esta vez vestido de
traje y corbata completamente azules y con un L&B en la boca.
–¿En serio? Siempre escuché que es descortés
dejar a los amigos esperando. ¿Querés un trago?
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