martes, 29 de julio de 2014

La Primera Libertad - Luciano Funez

Corría el invierno de 1917 en Rusia. Teníamos una casa muy pequeña en la capital de Petrogrado, donde vivíamos con mi compañero  y nuestro hijo. Ambos militábamos en la fracción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata.
La revolución era nuestra causa en la vida, el marxismo había llegado a nosotros  al calor de las discusiones que tenía la clase obrera de la época. Ya habíamos tenido nuestras experiencias con el socialismo “reformista” que propugnaban los mencheviques, tan cómodamente adaptados al régimen, que habían abandonado la causa revolucionaria por un par de cargos en la Duma. En cambio los bolcheviques seguían firmes en las calles, luchando por derrotar a la burguesía sin alianzas.
La primera guerra mundial había traído tras sí uno de los inviernos más crudos. Escaseaba la comida y los salarios de miseria apenas alcanzaban para sobrevivir. La censura y la represión, por el contrario, crecían. Eran tiempos difíciles, muchos se exiliaban y otros terminaban presos.
En esos tiempos yo trabajaba en una fábrica textil de la ciudad. Éramos todas mujeres. Con la guerra, los hombres habían dejado sus puestos de trabajo, y muchos nunca regresaron. Nosotras peleábamos por el fin de la misma, nos oponíamos a matar a nuestros hermanos y hermanas de otras naciones solo por los intereses de los gobiernos,  que poco tenían que ver con los nuestros. Queríamos que la guerra imperialista se transformara en guerra civil para que las armas se volvieran contra nuestros explotadores. ”Guerra a la Guerra” era nuestra consigna.
El soviet de Petrogrado, asamblea popular, crecía cada nuevo día en número de comunistas,  eso nos indicaba que la insurrección estaba cerca.
Esa noche después de una reunión organizativa de lo que iba a ser una de las primeras movilizaciones por el día internacional de la mujer trabajadora en nuestro país, me separé de mi compañero porque unos policías nos seguían. La militancia clandestina se volvía cada día más difícil. Nos interceptaban nuestras prensas, nos cerraban imprentas, incendiaban lugares de reunión y hacían listas negras. Esa noche el frio se sentía como cuchillos entrando en la garganta. Plejánov y yo habíamos discutido y tomado caminos distintos. Caminaba en la soledad nocturna, temiendo en cada esquina. Tarareaba “La Internacional” para sentir fuerza, para pensar que el final estaba cerca y que tiempos nuevos se acercaban. “La tierra será el paraíso, patria de la humanidad” me repetía. Llegué a casa, mi hermana cuidaba de mi hijo. Plejánov no había llegado aún, lo imaginé discutiendo con algún compañero, con algún vecino,” siempre difundiendo las novedades y preparando la lucha que se viene” me dije. A las cuatro de la mañana no podía dormir: algo había pasado, se lo habían llevado.
A primer hora de la mañana fui a buscarlo a la cárcel, ahí estaba, no me dejaron verlo. Les grité a los policías, “reaccionarios, traidores”. Nada funcionó, casi me encierran a mí también. No lo hicieron, lo consideraron un regalo, era 8 de marzo. Claro, esperaban devolvérmelo en la calle, preparaban una represión sangrienta.
Cuando el sol de la tarde se encontraba en su mejor lugar, nosotras ya estábamos listas para arrancar. Llevábamos nuestras pancartas y una bandera que encabezaba “Pan, Paz, y Trabajo”.  Queríamos poder comer, queríamos poder vivir, pero nuestros horizontes estaban tanto más lejos. Soñábamos con la emancipación femenina, y con la de toda la humanidad, no queríamos más prostitución, ni explotación, ni muertes por abortos clandestinos: queríamos el voto y los mismos privilegios que los hombres.
Esa mañana junto con los “festejos” del día, optamos por  la huelga en nuestra fábrica, hecho que se extendió a muchas fábricas de la ciudad. La movilización que nosotros pensábamos incipiente se había transformado para las cuatro de la tarde en centenares de obreras y obreros que abrazaban la causa.
La protesta fue interceptada por la policía, intentamos cambiar el rumbo pero estábamos rodeados, no podíamos avanzar. Piedras, palos, balas. Y comenzaron a apresar mujeres. Una a una se las iban llevando. Empezamos a correr cada uno en una dirección distinta.
Yo hui sin ser vista, di vuelta una esquina y caminé tres calles mientras sostenía una pancarta. Caminaba tranquila, cuando repente, en una esquina, ahí estaba. El mismo policía que había conocido horas atrás en la cárcel, él mismo que horas antes no había hecho nada conmigo, a pesar de mi escándalo en la cárcel, ahora me apresaba.
Me llevaron junto con muchas mujeres a unos aposentos oscuros, todo era lúgubre, y frío. Teníamos hambre, teníamos sed pero sobretodo el sentimiento de derrota. Hacía que el tiempo ahí se volviera insoportable y triste. ¿Nos iban a exiliar? ¿Nos iban a exterminar? Qué era peor, yo no tenía dinero para escapar a ningún país. Mi hijo en casa, con sus padres encarcelados, ¿quién se ganaría el pan ahora? Lloraba, lloraba, y me secaba los sueños. La gloria, la revolución, ¿dónde estaban?
A las once de la noche ruidos y olor a pólvora me despertaron mientras dormitaba con mis compañeras de celda. Una explosión, y los cantos de millones se escuchaban a los lejos, eran cantos de alegría, ¿habíamos triunfado?
A la medianoche volvíamos a sentir la brisa nocturna de la calle una vez más. Los obreros y obreras habían tomado las calles, y liberado a los presos políticos. Horas más tarde me rencontré con mi hijo y su padre.
¡Habíamos triunfado! Quién hubiera dicho que el primer día de la revolución rusa empezaría con los festejos del día de la mujer.

Así nacía el primer estado obrero de la historia. El soviet de Petrogrado había vencido.  El poder desde abajo, el de los oprimidos, había levantado, en su pugna, todo lo que estaba por encima de él.

1 comentario:

  1. Luciano: ¿Cómo interviene tu imaginación en la elaboración de esta historia? ¿Cuál es la transformación de la realidad que te propusiste al escribirla? Tu texto presenta una visión de la revolución rusa, mucha información y poco trabajo para el lector que recibe todo tan masticado que no se siente involucrado ni conmovido. Quizás ganaría si tuviera un conflicto más original que repetir hechos conocidos en boca de un personaje. Sugiero pensar conceptos como artificio y extrañamiento.
    Bien escrito.
    Nota: 7

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