Salió de su
casa, como de costumbre, abrigado y con su mochila. Dio unos pasos, caminando
en contra del viento, pero no llegó a una cuadra cuando decidió que no iría al
colegio, no ese día. Su vida en general era aburrida y solitaria, y no podía
pensar en ningún aspecto de ella que valiera la pena, pero hoy, después de una
pelea que no llevó a nada con su familia, se sentía completamente desalentado y
enfurecido. Tampoco podía volver a casa, porque su madre estaba allí, así que dio
media vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria, por donde nunca iba.
Se dejó
guiar por el viento, tratando de no pensar, pero se sentía aburrido y pateado,
despreciado por sus familiares y compañeros. Nadie lo quería como era. Lo único
que quería en ese momento era estar solo.
No supo
cuánto tiempo o distancia había caminado, cuando llegó a un parque con una gran
arboleda, del que no tenía ningún recuerdo, casi desierto de gente. Se internó
entre los árboles y llegó a un claro por donde caía la luz del sol de la
mañana, con un pequeño banco en el medio. Pasó junto al banco y vio un libro
apoyado delicadamente sobre él. Intrigado, lo tomó con una mano y leyó el
título “If I Look Back”, aparte de eso, no tenía ningún diseño ni ilustración,
y tampoco nombraba al autor o editorial en el lomo o la contratapa.
Miró
alrededor, pero no vio a nadie. Se sentó con el libro entre sus manos. Se
sentía a gusto sólo. No sabría decir si
era viejo o no, pero estaba muy desgastado y definitivamente había pasado por
muchas manos. Abrió la tapa y se encontró con una nota que rezaba “Espero que
disfrutes este libro, con la única condición de que cuando lo termines pase de
tus manos a las de otra persona para que pueda disfrutarlo también”. Eso era
más que suficiente para interesarlo, y tenía todo el día; mientras tuviese luz,
podría leer hasta hartarse.
La novela
contaba la historia de una joven que decidió abandonar su pueblo, donde no
tenía más futuro que el mismo aburrido de toda persona a la que conocía, y
probar suerte en la ciudad; la chica sufrió muchas caídas y fue herida por
mucha gente, pero, orgullosa y obstinada, no dejó que nadie la viera llorar y
nunca se paró a mirar atrás, porque allí no había nada para ella, porque los
recuerdos la harían ser más fría, más salvaje, más despiadada, y así no es como
quería ser.
Después
de horas, mientras la última luz calentaba el césped, se dio cuenta de que
había olvidado todos sus problemas. La historia de esta chica, que nunca se
rindió, y que mediante esfuerzo y sudor logró ser la persona quería ser, lo
había inspirado a mejorar su vida.
Cuando
terminó, la sombra ya se cernía sobre él. Dio un hondo respiro y se puso a
meditar. <Si en el mundo hay algo para mí, tengo que salir a encontrarlo>.
Se paró y apoyó cariñosamente el libro sobre el banco, tal y como lo había
encontrado. Salió por la arboleda, en la misma dirección en la que caminaba
antes y observó, maravillado, cómo la noche había cobrado vida en el parque.
Vio a hombres y mujeres, pequeños y grandes, jugando, riendo y bebiendo. Miró
sonriendo a las sombras bailar bajo la luna de plata.
Pero no se
quedó mucho tiempo a observar. No tenía ningún plan todavía, pero no podía
quedarse quieto. Así comenzó su búsqueda de la felicidad. Ni por un instante
tuvo una sombra de duda.
<Si miro
atrás… si miro atrás, estoy perdido> se repitió a sí mismo sin cesar la
frase que había leído. Porque si continuaba mirando hacia atrás, no podría ver
el camino que tenía por delante; se perdería el bosque, los ríos, las montañas,
y no vería las piedras que pudiera tener el camino. Si continuaba mirando hacia
atrás, continuaría tropezando una y otra vez.
Por eso, y
siguiendo ese sabio consejo, mirará hacia adelante y si algo se derrumba será a
sus espaldas y jamás se girará a mirar; con la vista al frente, y la mirada
alta... siempre adelante.









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