Su
caldero le mostraba todo lo que ella quisiera ver: podía explorar vastos
desiertos, junglas, selvas, océanos y ciudades, escuchar insignificantes
conversaciones que sucedían tanto en la proximidad como en la lejanía, espiar
hechos que tuvieron lugar tanto en un tiempo pasado como los que ocurrirán en
el futuro. Esa olla de metal era milagrosa, bastaba solo con pedirle algo para
que lo realizara. Giovanna, la dueña de ese pedazo de magia metalizada, a pesar
de las infinitas facultades que le podía brindar, no lo utilizaba con la misma
frecuencia que las demás hechiceras, porque consideraba que el simple hecho de
poseerlo ponía en desventaja a aquellas personas que no gozaban de los
beneficios del oráculo.
Una
noche de abril, el agua que llenaba la olla se tiñó de rojo. Giovanna buscó,
rebuscó y volvió a buscar en diversos libros qué podía significar este
repentino e inesperado cambio. Ningún texto mencionaba siquiera que el agua
podía cambiar de color, por lo que pronto atravesó pantanos y bosques para llegar
hasta la casa de Rufa, la mujer que le brindó todos los conocimientos de
hechicería que posee hoy.
La
puerta estaba entreabierta, por la pequeña franja que daba paso al interior
penumbroso no se podía vislumbrar nada, a excepción del brillo del pelaje de un
gato que dormía en el piso. A pesar de la invitación y curiosidad que genera
una puerta sin cerrar se resistió a la tentación de entrar sin anunciarse y,
por educación, golpeó con los nudillos tres veces la madera resquebrajada.
Nadie respondió. Toc-toc. Silencio. Un frío le recorrió el cuerpo y su instinto
la apuró a correr pero permaneció allí, golpeó otra vez e ingresó. El pequeño
cuarto estaba destrozado: hojas rotas tapizaban el suelo, los muebles
desparramados y despedazados hacían que caminar por la habitación fuese una
travesía, pedacitos de vidrios que antes fueron frascos contenedores de
ingredientes exóticos, necesarios para la mayoría de las brujerías, ahora adornaban todas las superficies. Luego
de recorrer todo el desbarajuste concluyó que el caldero había desaparecido, y
lo único que permanecía en el mismo lugar en el que lo conoció era su base.
Asustada,
se dirigió a la casa de cada bruja a la que conocía, pero ninguna le supo
responder qué le había ocurrido a Rufa ni por qué el agua de su caldero se
había vuelto roja. Inmediatamente, todas juntas emprendieron una exhaustiva
búsqueda por el bosque y el pantano que rodeaba al conjunto de casas
cuidadosamente separadas pero también cercanas para facilitar la comunicación,
que llegó a su fin al encontrar, en una hoguera, un cuerpo carbonizado, que
bajo sus ropajes tenía una tobillera de oro. Estimaron que el cadáver era de
Rufa, porque ella solía usar vestidos largos, con muchas capas y había heredado
de su madre una joya similar que siempre llevaba para recordarla.
Rufa,
la hechicera más sabia, de la que todas las brujas habían aprendido, a la que
habían querido y preguntado todas sus inquietudes, ahora estaba muerta, la
habían matado. Sin poder llegar a resolver quién, quiénes o por qué,
recurrieron todas juntas a la casa más cercana a la hoguera, para despejar sus
dudas con el caldero, que les aclaró las incógnitas: La cacería había empezado,
las brujas ahora eran el objetivo de la Inquisición. Bastaba solo una denuncia
vecinal, aunque ninguna poseía más vecinos que el grupo de brujas mismas, para
que fueran quemadas vivas en la hoguera.
Alguien había denunciado a Rufa. El agua
seguía roja. No podía confiar en nadie. Pensó en huir ahora, que por el momento
estaba a salvo y ninguna hechicera sospecharía que ese es su plan. Pero el
caldero, él tiene el poder de responder cualquier cosa que le preguntes, él
podría contarles su ubicación, en caso de que escapara, también podría decirles
que está pensando en irse. Concluyó que debía comenzar a usarlo ella también.
Pasó
días estudiando las maneras correctas de usarlo, y, cuando terminó de
instruirse , el agua continuaba roja, lo que hacía que ninguna pregunta o
hechizo fuera respondido. Estaba inutilizado, el tiempo pasó y no se llevó el
color. Estaba segura de que eso era un hechizo de la misma bruja que denunció a
Rufa y que, probablemente, todas ahora estén en la misma situación que ella,
pero tenía miedo de ver alguna bruja devuelta, así que no podía confirmar
ninguna teoría.
La
idea de escapar se hacía cada vez más presente ya que la ventaja que tenía
contra las demás personas ahora había desaparecido o inutilizado y había un
peligro inminente hasta en el respirar dentro de su propia casa. Así que tomó
las cosas más esenciales: un libro de hechizos, comida y unas pocas ropas y se
marchó sin saber a dónde.
El
bosque, que siempre la había acogido cuando era niña en sus horas tristes, y
había logrado convertir esa amargura en felicidad, ahora la aterraba: se veía
quemándose viva atada a cualquier árbol, perseguida por cualquier persona o
animal, muriéndose de hambre. Su terror era tal que no logró dormir ningún día
ni ninguna noche y tras intensas jornadas de caminata casi sonámbula llegó a
una ciudad, pero ¿era la ciudad lo que estaba buscando? ¿no huía justamente de
los vecinos?
Sin
embargo necesitaba un lugar para dormir, porque el sueño acumulado de los días
que pasó en el bosque le dificultaba cualquier tarea que se propusiera
realizar, por eso fue a un hotel que quedaba en las afueras de la ciudad, próximo
al bosque del que salió. Se hospedó, con el plan de pasar allí una noche y
volver descansada al bosque para hallar el camino hacia su casa, comprobar cómo
estaban las demás brujas, desde una distancia prudencial y controlar si su
caldero seguía inutilizable.
Subió
a la habitación que le asignaron, y a penas cerró los ojos se quedó dormida.
Cuando se despertó era de mañana, tenía la sensación de haber dormido poco. El
dinero que tenía le alcanzaba solo para pagar una noche. Se dirigió a la
recepción para abonar y no pudo evitar sorprenderse al oír que había
permanecido durmiendo cinco días. Le dijo a la mujer, quien esperaba cobrarle
en ese momento, que quería usar el cuarto una noche más. Ella aceptó y Giovanna
subió las escaleras que conducían a la habitación para pensar cómo podía
escaparse de allí, y resolvió que la mejor opción sería utilizar un hechizo
para volar y caer en directamente en el bosque, pasando desapercibida. Sacó el
libro del pequeño bolso que llevaba, pronunció las palabras y saltó.
Flotó
unos pocos segundos, luego sintió cómo el hechizo se debilitaba, el aire
intentando llevarla hasta la tierra y el dolor que iba a sufrir al caer. La
poca gente que estaba presente la observó derrumbarse, impresionada de que alguien
pudiera volar.
Los
habitantes prepararon la hoguera sin demora y Giovanna fue quemada junto con
todas sus vecinas, quienes también habían sido descubiertas.
Mora: la idea es interesante pero no construís una época, sino que la das por sobreentendida. El relato da por sentada la existencia de poderes sobrenaturales y estas hechiceras poco tienen que ver con aquellas, sabias conocedoras de las plantas curativas y venenosas, con saberes médicos, químicos, de alquimia, que fueron quemadas en la hoguera durante años. ¿En qué época pensaste?
ResponderEliminarDesconcierta la vacilación en el comportamiento de la protagonista, la existencia de un hotel, la ingenuidad con que se dirige al peligro. No hay causas concretas para la delación, el debilitamiento de sus poderes. Resulta contradictorio "la observó derrumbarse, impresionada de que alguien pudiera volar"; esos segundos que permanece en el aire, después de lanzarse al vacío, ¿pueden llamarse vuelo?
Momentos en que la escritura logra ser ingeniosa y atractiva.
Rever preposiciones, párrafos y algunos términos mal usados.
Nota: 7