miércoles, 6 de agosto de 2014

Desde adentro - Camila Centurión


                Recostada en el sillón, Bärbel tomó el control y presionó el protuberante botón rojo encendiendo la voz de Schabowski, quien anunciaba palabras que ella atribuía ajenas a su discurso general. Hubiese querido que las repitiera, para asegurarse, pero fue su entusiasmo el que las confirmó. No había necesidad de pedir permisos.
En ese momento oyó el zumbido de un cuerpo rompiendo el aire. Lo siguió fuera del departamento, hasta la calle. Creyó que se silenciaría allí, más bien que se perdería entre otros ruidos, pero se volvió más fuerte, más claro. Miró hacia arriba e incrédula distinguió una figura equilibrista del tamaño del pie de un niño a unos metros de su cabeza, su aspecto era brillante, estaba bañada en color plata, tenía un potente par de élitros metalizados y un casco acaracolado. Comenzó a moverse, dio vueltas a su alrededor invitándola a acompañarla. Bärbel dudó, pero se dijo que a sí misma que, fortuitamente, todo podía suceder ese día.
Con la velocidad y la precisión de una flecha guió a Bärbel quien corría con gran agitación. Ambas sabían hacia dónde se dirigían. Sus alas eran veloces, sus pasos eran decisivos, no desperdiciaban sus movimientos. Y allí estaba, imponente, cuántos abrazos habría impedido, cuántos encuentros, cuánta desesperación habría en los gritos esperando una respuesta del otro lado, y luego de gastar su voz llegando hartazgo, cuántos habrían caído intentando buscarla. Allí estaba y se mantenía porque al perecer estos no eran cuestionamientos relevantes.
Bärbel se detuvo a cierta distancia, en cambio, su fugaz compañera aún más diminuta comparada a las proporciones de su blanco se aproximó más y más, dispuesta a destrozarlo comenzó a girar sobre su propio eje, y el aire se volvió turbio a su alrededor. Lo acaracolado de su cabecilla era indistinguible, dirigía una especie de remolino horizontal con un impulso infinito. Dañó lo que había sido impenetrable acero, bien podría haberlo sobrevolado, pero no era ese su cometido. Ingresó. Bärbel, todavía atónita, se acercó, apoyó sus manos en los bordes ásperos e irregulares y sus dedos se resintieron por las bajas temperaturas de la superficie. Miró a través de la brecha.
Definitivamente no esperaba presenciar aquel pandemónium. El clima era propicio para el crecimiento de albas edelweiss de cubierta azucarada pero insípida. El núcleo de la estructura estaba poblado por seres muy similares a su compañera quien se había mezclado en la multitud. Estos parecían piezas de ingeniería y pese a que un pequeño yelmo ocultaba sus expresiones faciales, podía deducirse que estaban atrapados en un ambiente de tensión.
El aliento de Bärbel producía vapor caliente. Su rostro asomaba desde una cómoda perspectiva, contemplaba cómo el roce de las vestimentas de estos seres que andaban a empujones liberaba chispas, desgastándolas. Hacia el este, había fuertes enfrentamientos, disparaban retos peligrosos y lanzaban amenazas con sabor a tercera guerra mundial. La función de las ideas era inalienable. Los conflictos se contagiaban, no podían estar juntos, necesitaban límites. Lucharon por ellos.
Algunos vomitaban quejas mientras ocultaban sus intenciones de oscuro petróleo. Otros, agobiados por las batallas, se sentaban y pensaban, al dejar circular sus ocurrencias, la superficie de sus yelmos comenzó a deformarse, un surco se dibujaba, progresivamente aumentaba su profundidad, dando origen a una distintiva espiral, ya conocida por Bärbel. Estos últimos se codearon con otros para comunicar las novedades. Pudieron sentir cómo en sus espaldas algo interno vencía el metal, luego el esmalte, abriendo dos orificios paralelos de los cuales brotaron sus alas encapulladas y finalmente, se desplegaron. Comenzaron a ascender y a agruparse, sin miedo, la cacería de brujas era historia.
Una vez completos, se movieron con fervor, elevándose a la altura del rostro de Bärbel, quien levantó la mirada y creyó que se atropellarían por salir a través de la grieta, estaba a punto de moverse cuando sintió el viento provocado por los aleteos mover su cabello; estaban de frente a la otra cara del muro y sin tomar impulso, arremetieron contra ella, abriéndola.
                Apartó su mirada de la brecha, que crecía como la euforia de sus vecinos. Volteó y la multitud se aproximaba. En un instante estaban a su lado y sus golpes se hundían en años de retención, de distanciamiento, de golpes recibidos; en el cemento. Los represores se paralizaron y, en un gesto cómplice, se abrió el telón.

1 comentario:

  1. Camila: impacta la creación de un universo propio, tan personal y rico en imágenes y ritmo. Muy bien articulada la relación entre lo que sucede y el discurso vertiginoso que lo sostiene. Sin embargo, resulta muy difícil conmoverse: hay una clara decisión de atraer al lector a una lectura que no le da todo "masticado", pero la información es tan novedosa en su lógica que se hace abstracta, distante.
    Repensar puntuación y construcción de algunas oraciones.
    Nota: 8

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