Recostada
en el sillón, Bärbel tomó el control y presionó el protuberante botón rojo encendiendo
la voz de Schabowski, quien anunciaba palabras que ella atribuía ajenas a su
discurso general. Hubiese querido que las repitiera, para asegurarse, pero fue
su entusiasmo el que las confirmó. No había necesidad de pedir permisos.
En ese momento
oyó el zumbido de un cuerpo rompiendo el aire. Lo siguió fuera del
departamento, hasta la calle. Creyó que se silenciaría allí, más bien que se
perdería entre otros ruidos, pero se volvió más fuerte, más claro. Miró hacia
arriba e incrédula distinguió una figura equilibrista del tamaño del pie de un
niño a unos metros de su cabeza, su aspecto era brillante, estaba bañada en
color plata, tenía un potente par de élitros metalizados y un casco
acaracolado. Comenzó a moverse, dio vueltas a su alrededor invitándola a
acompañarla. Bärbel dudó, pero se dijo que a sí misma que, fortuitamente, todo
podía suceder ese día.
Con la
velocidad y la precisión de una flecha guió a Bärbel quien corría con gran
agitación. Ambas sabían hacia dónde se dirigían. Sus alas eran veloces, sus
pasos eran decisivos, no desperdiciaban sus movimientos. Y allí estaba,
imponente, cuántos abrazos habría impedido, cuántos encuentros, cuánta desesperación
habría en los gritos esperando una respuesta del otro lado, y luego de gastar
su voz llegando hartazgo, cuántos habrían caído intentando buscarla. Allí
estaba y se mantenía porque al perecer estos no eran cuestionamientos
relevantes.
Bärbel se
detuvo a cierta distancia, en cambio, su fugaz compañera aún más diminuta
comparada a las proporciones de su blanco se aproximó más y más, dispuesta a
destrozarlo comenzó a girar sobre su propio eje, y el aire se volvió turbio a
su alrededor. Lo acaracolado de su cabecilla era indistinguible, dirigía una
especie de remolino horizontal con un impulso infinito. Dañó lo que había sido
impenetrable acero, bien podría haberlo sobrevolado, pero no era ese su cometido.
Ingresó. Bärbel, todavía atónita, se acercó, apoyó sus manos en los bordes
ásperos e irregulares y sus dedos se resintieron por las bajas temperaturas de
la superficie. Miró a través de la brecha.
Definitivamente
no esperaba presenciar aquel pandemónium. El clima era propicio para el
crecimiento de albas edelweiss de cubierta azucarada pero insípida. El núcleo
de la estructura estaba poblado por seres muy similares a su compañera quien se
había mezclado en la multitud. Estos parecían piezas de ingeniería y pese a que
un pequeño yelmo ocultaba sus expresiones faciales, podía deducirse que estaban
atrapados en un ambiente de tensión.
El aliento de Bärbel
producía vapor caliente. Su rostro asomaba desde una cómoda perspectiva,
contemplaba cómo el roce de las vestimentas de estos seres que andaban a
empujones liberaba chispas, desgastándolas. Hacia el este, había fuertes
enfrentamientos, disparaban retos peligrosos y lanzaban amenazas con sabor a
tercera guerra mundial. La función de las ideas era inalienable. Los conflictos
se contagiaban, no podían estar juntos, necesitaban límites. Lucharon por
ellos.
Algunos
vomitaban quejas mientras ocultaban sus intenciones de oscuro petróleo. Otros,
agobiados por las batallas, se sentaban y pensaban, al dejar circular sus
ocurrencias, la superficie de sus yelmos comenzó a deformarse, un surco se
dibujaba, progresivamente aumentaba su profundidad, dando origen a una
distintiva espiral, ya conocida por Bärbel. Estos últimos se codearon con otros
para comunicar las novedades. Pudieron sentir cómo en sus espaldas algo
interno vencía el metal, luego el esmalte, abriendo dos orificios paralelos de
los cuales brotaron sus alas encapulladas y finalmente, se desplegaron. Comenzaron
a ascender y a agruparse, sin miedo, la cacería de brujas era historia.
Una vez
completos, se movieron con fervor, elevándose a la altura del rostro de Bärbel,
quien levantó la mirada y creyó que se atropellarían por salir a través de la
grieta, estaba a punto de moverse cuando sintió el viento provocado por los
aleteos mover su cabello; estaban de frente a la otra cara del muro y sin tomar
impulso, arremetieron contra ella, abriéndola.
Apartó
su mirada de la brecha, que crecía como la euforia de sus vecinos. Volteó y la
multitud se aproximaba. En un instante estaban a su lado y sus golpes se hundían
en años de retención, de distanciamiento, de golpes recibidos; en el cemento.
Los represores se paralizaron y, en un gesto cómplice, se abrió el telón.
Camila: impacta la creación de un universo propio, tan personal y rico en imágenes y ritmo. Muy bien articulada la relación entre lo que sucede y el discurso vertiginoso que lo sostiene. Sin embargo, resulta muy difícil conmoverse: hay una clara decisión de atraer al lector a una lectura que no le da todo "masticado", pero la información es tan novedosa en su lógica que se hace abstracta, distante.
ResponderEliminarRepensar puntuación y construcción de algunas oraciones.
Nota: 8