Me despierto y es un domingo lluvioso. Sigo teniendo la misma rutina desde hace ya cinco años. No diría que mi vida es exitosa. Vivo para trabajar, trabajo para vivir. Los domingos son mi día de franco.
Me limito a moverme,
porque afuera hace frío y las sabanas tienen ese peculiar calorcito que impide levantarse.
Miro hacia la mesita de luz
y lo veo, ni siquiera sé por qué me lo quedé en su momento. Claro, se le había caído
a esa mujer y yo sin más lo agarré para entregárselo, pero dobló muy rápido entre
el tumulto de gente y desapareció. Debería haberlo tirado. No soy una persona
que lea, más allá de el diario.
Hasta ese momento no había reparado en él. Observé
que no tenía titulo. Tenía tapas duras, de un verde apagado, en aparente
anonimato. Me decidí a leerlo para
sacarme el aburrimiento y la monotonía que venía arrastrando desde hace tiempo.
Matías, un joven veinteañero, ayudante en una biblioteca,
era una persona enamorada de la lectura. Le fascinaban las historias de
aventuras. Anhelaba el momento en que su realidad se convirtiera en una de esas
historias tan emocionantes que solía leer.
Y así como así, su vida dio un vuelco inesperado. El mismo día que su madre murió, quedando huérfano, apareció en el funeral un señor con traje
gris que desentonaba con el negro de su entorno. El señor era un escribano. Fue a comunicarle que tras quedar como único heredero, los papeles habían sido
puestos a su nombre. Entre las propiedades adjuntas, se encontraba una isla
en el medio del océano Pacífico.
Al pasar de página, se deslizó hacia el suelo, un sobre blanco
con un sello rojo. La curiosidad me picaba, pero opté por seguir con la
historia.
Matías decidió que quizá esa era la aventura que andaba
buscando. A primera hora de la mañana siguiente, ya estaba escuchando a los
altavoces del aeropuerto. Se solicita a los pasajeros del vuelo 527, arribar por
la puerta 3.
Dejé de leer, abrí el
sobre y saqué el contenido. Un pasaje de avión, sin nombre registrado, programado para el lunes al mediodía. Y la escritura de la Isla Quimey, situada en
el océano Pacífico.
Miré el libro, miré los pasajes y pensé, inspirado por Matías: ¿Por qué no?
El lunes a la mañana, lo dejé en el banco de una plaza cerca
de donde lo encontré. Subí al taxi, y partí.
Sol, Aylén: sorpresa al leer una historia completamente diferente a la del borrador que presentaron.
ResponderEliminarElaboran un texto en el que predomina el decir sobre el narrar, no hay suspenso ni tensión y las acciones se tornan previsibles y no logran conmover. El narrador habla sobre lo que sucedió o sucede pero no hacen que los hechos sucedan. Repensar qué hace que el "cómo" se cuenta sea tan importante como la historia contada. Rever la verosimilitud, ya que, si bien intentan encadenar lógicamente los sucesos. las reacciones del protagonista son injustificadas o muy bruscas.
Rever uso de puntuación, construcción de párrafos, vocabulario, algunos tiempos verbales.
Si bien esta instancia pone punto final a la actividad, no lo hace con el trabajo de reescritura sobre el texto, ya que, si quieren, hay mucho todavía que puede mejorar. Ojalá tengan las ganas y el entusiasmo, porque a escribir se aprende escribiendo.
Nota final: 6 (seis)