Mundos
Yo, Félix, me encontraba volviendo a mi casa tras
una pesada jornada laboral. Por la mañana concurría a una escuela técnica. Por
la tarde trabajaba como ayudante de un mecánico del barrio que me daba unos
pesos a fin de mes. No era mucha plata, pero tampoco necesitaba el dinero. Buscaba
cualquier excusa para no estar en casa. Quedarme ahí adentro me sumía en una
tristeza que me desbordaba. Me sentía perdido. Mi apariencia física reflejaba la
inmensa tristeza que me inundaba, y a su vez, contagiaba y afectaba a todos
aquellos que me rodeaban. Por este
motivo la gente se alejaba de mí. La causa de mi depresión (o una de ellas) se hallaba
en el poco afecto que recibía por parte de mis padres, lo cual me desmotivaba.
No encontraba una razón suficiente para seguir en este mundo, pero, por otro
lado, era muy cobarde para dejarlo.
Una compañera de mi escuela, Camila, intentó acercarse
a mí. En un principio, sus intentos fallaron. Pero ella no se iba a rendir tan
fácil: le gustaban los desafíos y quería ayudarme a toda costa. Un día me la
crucé a la salida. No voy a mentir, años después me enteré de que ese encuentro
“casual” había sido planeado. Me disculpé al tropezarme con ella y avancé dando
pasos largos para alejarme. Me sentía avergonzado por haberla chocado. Pero
Camila me alcanzó y se interpuso en mi camino. Estaba desconcertado por aquella
aproximación. Ahí estaba ella, con una expresión que irradiaba dulzura. Estiró
su mano para entregarme un libro titulado Brooklyn
Follies de Paul Auster. No entendía
nada, pensaba que tal vez me estaba jugando una broma. Pero la actitud de
Camila era serena y al mismo tiempo determinante, decidida a no apartarse hasta
que aceptase el libro. Lo agarré y se fue sin emitir palabra.
Recuerdo que no tardé mucho en abrirlo, pues
la intriga me desbordaba. Me introduje en la lectura con mucha facilidad y
pronto me encontré identificado con el personaje principal. Nathan Glass un
hombre viejo que va hasta Brooklyn para morir (tiene cáncer). Está muy solo,
deprimido y sin nadie ni nada. Pronto su vida va cambiando y, a pesar de la
vejez, logra formar nuevos lazos afectivos, comenzando con su sobrino Tom y con
un nuevo amigo, Harry.
Finalmente dejé de trabajar. Salía de casa
bien temprano y me iba a un parque que quedaba cerca. Ahí estaba el banco
esperándome. Madera tallada a mano, sin rastros de pintura. Rojiza con manchas blancas horizontales, amorfas. Suave, con un perfecto lijado. El mismo aroma de
los muebles de la casa de mis abuelos. El sol formaba un aura sobre ese banco. Las
hojas caían dejando un manto bajo mis pies. Luego el viento frío me hacía
perder la página. Luego el olor de los jazmines y el zumbido de las abejas. La
transpiración que humedecía las hojas del libro. Y luego la lluvia que me
obligaba a refugiarme bajo algún techo para después regresar.
Recuerdo muy bien un día como ningún otro. Salí
corriendo a casa para buscar el libro. No lo llevaba al colegio porque temía
verme tentado a leerlo en clase. Cuando llegué,
lo saqué de un cajoncito (no quería que se estropeara, además era
prestado) y fui al parque. Mi lectura del día anterior había terminado en medio
de una conversación entre los personajes de Tom y Nathan, quienes se
encontraban en un auto viajando hacia el norte. En el camino discutían sobre
escritores. Fue entonces cuando Tom narró una anécdota sobre Kafka que me marcó
hasta el día de hoy:
Kafka se encuentra a una niña en un parque
que está llorando porque perdió a su muñeca. Este, para consolarla, le dice que
no está perdida, que se fue de viaje y que le dejó escrita una carta. Le
promete que al día siguiente se la va a llevar. Cuando Kafka vuelve a su casa
empieza a escribir la carta, poniéndole mucho empeño (como si estuviera
trabajando en alguno de sus escritos). Como prometió, a la mañana siguiente va
al parque y le lee la carta a la niña. La muñeca expresaba que la quería mucho
pero su sueño siempre había sido el de salir, ver el mundo y hacer nuevos
amigos. Y se comprometió a escribirle todos los días para mantenerla a la
corriente de sus actividades.
Durante tres semanas Kafka mantiene su
compromiso y le escribe cartas a la niña preparándola para el día en que la
muñeca desaparezca de su vida para siempre. Finalmente, decide casar a la
muñeca y en su última carta se despide de su amiga. Para este entonces la niña
ya no está triste.
Tal como el
personaje Tom dice: “La
niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para
vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de
este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad deja
de existir.”
Verónica: al leer tu texto, resulta obvio que no improvisaste y que le dedicaste tiempo a la construcción de estos mundos que le proponés a los lectores. Sin embargo, falta que trabajes más el discurso, que por momentos se torna explicativo, se preocupa demasiado por la claridad y descuida un uso más estético y lúdico del lenguaje. Esto contrasta con algún pasaje con vuelo poético, que destaca por ser la excepción. Repensar el subrayado de la última oración y "tal como el personaje", creo que innecesario; también el comienzo, "yo, Félix", pues no es creíble que se autopresente. El narrador no está escribiendo ni hablando con otro.
ResponderEliminarOjalá tengas ganas de volver y practiques la reescritura, porque a escribir se aprende escribiendo.
¡Buen trabajo!
Nota: 7