viernes, 2 de mayo de 2014

Una atraccion peligrosa- Micaela Ortino y Florencia Balveran



          
         Desde muy chica siempre me gustaron aquellos vertebrados. Me resultaban realmente fascinantes, tan solo por su textura y su estructura corporal. Ellos fueron los que me inspiraron a escribir toda clase de historias fantásticas, formando parte de cada una de las escenas, con sus pelajes exóticos y sus espontáneos movimientos.
          Aún recuerdo el día en el que me lo dieron. Podría describir con exactitud, el contenido de sus páginas, con ese color café que me inspiraba a degustar esos símbolos impresos, y al mismo tiempo recordar aquellas tardes con la abuela.
          A simple viste solo era un cuadernillo de terciopelo azul, repleto de información des interesante para el resto. Pero para mí, era el objeto más preciado de mi vida.
          Mamá siempre me decía que era un animal muy peligroso. No es que vaya a contradecir su opinión pero para mí, todo era producto de su fobia hacia ellos, igual así no me interesaba lo que ella pensara. Supongo que fue por esa razón que papa me regalo el libro, seguramente sabría bien que nunca vería tal espécimen en persona. Es por ello que atribuyo el nacimiento de mi adicción gracias a él y por eso siempre sentí hacia su persona una preferencia inigualable.
          Todavía proyecto en mi mente, el día en el que empezaron las subidas de tono, los portazos repentinos y aquellas interminables charlas en el cuarto.
          Ella pensaba que yo era demasiado pequeña como para entender lo que estaba pasando, pero no tenía idea de quién y cómo era yo. Como tampoco papa sabia de esos viernes ennegrecidos en los que venía él a hacernos compañía, o por lo menos así lo decía ella. Pero yo sabía muy bien que no era así, que todos esos cuchicheos por lo bajo y esos colores repentinos en la mejilla de mama, eran por algo, que no era solo su “compañerito de trabajo”. Pero claro, nunca dije nada al respecto.
          El día que nos dejo estaba muy feliz, pensaba que yodos los problemas cavarían, pero las lágrimas en los ojos de papa me demostraron lo contrario. Pasaba horas y horas encerrado en su cuarto y cuando yo jugaba a las escondidas con la abuela, lo primero que hacía era atravesar el pasillo de las habitaciones para comprobar si aún seguía allí.
           Cuando comenzó todo esto, pensaba que finalmente yo y el podríamos ser felices. Sin embargo me entusiasmaba mas la idea de cumplir mi gran sueño, conocer a mi animal favorito. Pero al cabo de un tiempo, empecé a sentir nostalgia y la soledad me invadía completamente, ya que papa no me prestaba la atención que necesitaba. Así comprendí que la felicidad no estaba a mi alcance y que para gozarla debía hacer algo al respecto. Fue por ello que me propuse ir a conocerlo de una vez por todas, sin avisarle a papa y demostrarle a ella que yo no le tenía miedo ni fobia.
          No fue muy difícil convencer a la abuela de que no me cuidara aquella tarde, solo le dije que papa no iría a trabajar ese día. Luego le escribí a él una nota informándole de donde iba a estar, sabiendo que no la leería hasta las cinco.
          Finalmente salí y me sentí sola. Iba a ser la primera vez que caminaría totalmente. Me arme de valor y camine esas treinta cuadras. Al principio tenía miedo, pero me regocijaba la idea de llegar al lugar que más había esperado y como el recorrido no era problema, gracias a mi libro, lo único que me quedaba, era caminar.
          Me dolían las piernas y estaba cansada, pero al cruzar la avenida, llegue. Ahí estaba, dentro de esa carpa enorme de forma ovoide4al, con sus rayas rojas y blancas similares al embase de pochoclos. Gracias a las historias relatadas por papa, sabía que estábamos en temporada por lo que lo que suponía que lo estarían preparando para la función.
          Atravesé la pesada cortina y me sumergí en el mundo de la imaginación.  Pero su interior, no era como me lo esperaba, era un verdadero escenario penitenciario. Había animales de todas las clases, desde los trompudos, corceles, liebres,  hasta los simios pequeños y todos ellos estaban recluidos dentro de los barrotes del horror. Mientras atravesaba esos pasillos llenos de jaulas con barreras oxidadas, las lágrimas brotaban de mis ojos como una catarata sin control, viendo la realidad aterradora de esos animales. Al llegar al final del pasillo, lo encontré y eso me consoló demasiado. Allí estaba, con su melena platinada, sus enormes dientes, y su cuerpo de color castaño, por fin lo estaba admirando, al gran felino. El también se encontraba recluido en ese campo de concentración, lo que me dio mucha tristeza, pero no duro mucho, porque en ese instante paso por mi cabeza la idea más descabellada que hubiera imaginado, domarlo…
  

   

1 comentario:

  1. Micaela, Florencia: construyen una protagonista sensible e ingeniosa, con una voz original, que atrae y lleva cuidadosamente al lector por su relato. Sin embargo, el efecto logrado se desmorona con la resolución final: ¡domarlo! ¿Qué tendría de descabellada esta idea que surge repentinamente dentro del circo? No solo no es coherente con la protagonista y su amor por los leones, sino que, además, confunde: si está en un circo, ya está domado. La intencionalidad resulta incomprensible.
    Rever puntuación, construcción de párrafos, tildes.
    Nota: 7

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